Menos desigualdad

México es un ejemplo de un capitalismo social.

No coincido con la afirmación que se ha hecho popular sobre lo imposible que es alcanzar una igualdad social plena porque, en un sistema democrático y de libre mercado, siempre habrá diferencias por origen o circunstancias, en las que a unos les irá mejor que a otros. Ni siquiera las cifras de los periodos que podrían considerarse como los “más capitalistas” de nuestra historia mundial reciente, validan esa idea. Sin embargo, es un pedazo de sabiduría convencional aceptar que todo reside en echarle ganas, cuando influyen muchos factores en el desarrollo de una sociedad.

En 1929, Estados Unidos sufrió una de sus peores crisis económicas. Por su magnitud, fue llamada la “Gran Depresión” y se extendió hacia casi todo el planeta. La recuperación llevó casi una década, tomando en cuenta una guerra mundial, que retrasó la estabilidad unos años más. Franklin D. Roosevelt fue electo en 1932 gracias, en parte, a su propuesta de establecer un “nuevo acuerdo” que diera paso a una transformación financiera y social en su país, empezando por acortar la brecha de desigualdad que había provocado el desastre económico.

Este momento se recuerda como uno de los momentos estelares del capitalismo, y lo menciono porque mi origen es empresarial, pero las medidas que asumió en ese momento el gobierno estadunidense estaban enfocadas en atender a los segmentos de la población más afectados por la crisis, impulsar el empleo rápidamente a través del presupuesto público y reactivar el mercado interno para que la gente pudiera consumir lo básico y el campo y las empresas no se deterioraran todavía más.

Las comparaciones son odiosas, pero algo similar ocurrió cuando Luiz Inácio Lula da Silva asumió la presidencia de Brasil después de varios intentos. Parece que su logro de sacar a 30 millones de sus compatriotas de la pobreza en ocho años no ha sido superado por ningún otro mandatario en la historia de su nación (y de otras). Y lo hizo en medio de uno de los periodos de mayor crecimiento económico del que se tenga memoria en la nación amazónica. Tal vez, precisamente por eso.

Por donde se le vea, la desigualdad es un mal negocio. Probablemente el peor para cualquier país. Desde que Roosevelt planteó su acuerdo nacional, la economía de EU ha girado en torno al consumo y al crédito, dos pilares del capitalismo, ya sea moderado o salvaje.

La otra cara de la moneda son los notorios fracasos que han provocado los modelos de estatización y de control de exportaciones e importaciones, pero esos tampoco fueron exclusivos de otros sistemas económicos diferentes a los que prevalecieron —y prevalecen— en occidente. Claro que Rusia y China, entre otros países orientales, son una mezcla particular que hoy están más cercanos a cualquier sistema financiero tradicional, que aquellos sostenidos en esa región cuando dominaba el llamado comunismo o socialismo.

La realidad es que disminuir la desigualdad es una de las medidas más representativas del capitalismo y una muestra del funcionamiento de mercados bien regulados. Un país de alta concentración de ingresos en pocos y de amplias necesidades en muchos, tarde o temprano, genera ciclos de violencia social difíciles de resolver.

México es un ejemplo de ejercicio de un capitalismo social que ha limitado los excesos de la concentración de la riqueza y, poco a poco, reduce la enorme desigualdad provocada en los últimos 50 años. De otra manera, no es posible atender las causas que deterioran el tejido social.

Vendrá una evaluación objetiva sobre la reducción de la desigualdad en nuestro país. Comparto la más reciente de la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (Cepal), una de cinco comisiones regionales de la ONU: la distancia entre los más ricos y los más pobre en México se redujo en tres años casi un punto porcentual (de 4.5 a 3.3%), que puede leerse como mínimo, pero significa una salida de la marginación de millones de personas, gracias al apoyo social a millones de familias; y a un crecimiento de la economía de 3.5% del PIB este año y un probable 5% acumulado.

Frente a los discursos que buscan dividirnos, pensemos dos cosas: invertir en la gente es la mejor manera de generar riqueza para la mayoría y acercar las oportunidades para que la gente pueda desarrollarse es la única forma en que se puede progresar. Y eso es, y será, el mejor de los negocios posible.

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