Lo que ha pasado y lo que podría pasar
Hace más de dos décadas, las adultas y los adultos mayores eran menos que invisibles y contar con una red de protección social era una posibilidad inexistente. En una nación joven, con un bono demográfico envidiable, los abuelos no eran de tanta importancia. Era lo que ...
Hace más de dos décadas, las adultas y los adultos mayores eran menos que invisibles y contar con una red de protección social era una posibilidad inexistente. En una nación joven, con un bono demográfico envidiable, los abuelos no eran de tanta importancia. Era lo que había y entre pensiones raquíticas y que el hogar no jubilaba, millones de mujeres y de hombres entraban en el último tramo de su existencia dependiendo de ahorros o de los hijos y de los nietos. Hasta que llegó un jefe de Gobierno que anunció una pensión universal al cumplir 68 años y después 65. Ahí se convirtieron en un segmento de la población que no sólo resurgía, sino que se volvieron valiosos para los programas asistenciales de todos los gobiernos.
Por esa época tampoco estaban en el radar de la vida pública las mujeres cabeza de familia, los jóvenes y muchos mexicanos que no entraban en la clasificación de no contar con trabajo y no acudir a la escuela, lo que se transformó en un estigma. Una madre soltera estaba apartada de los programas de ayuda oficial y las y los jóvenes comenzaron a engrosar las filas de la delincuencia ante un panorama de oportunidades escasas que era mejor probar suerte en la ilegalidad. Hasta que en el entonces Distrito Federal se lanzaron becas, créditos a la palabra, vales de útiles escolares y apoyos directos que llegaban a los beneficiarios bajo esa pésima filosofía del “echaleganismo”, que dicta que a quien le va mal es porque así lo quiere.
Impulsar el empleo por medio de grandes obras fue una de las herramientas de los gobiernos posteriores a la Revolución. Muchas administraciones no se olvidaban de que el sentido social era la base de la paz postrevolucionaria y por eso empujaron la transformación de la infraestructura y su actualización en varias de las regiones que despuntaron económicamente. Luego caímos en una etapa opuesta, que establecía que el camino era el de la privatización de empresas supuestamente poco rentables del Estado para que nos incorporáramos al fenómeno de la globalización. Ya habíamos intentado “administrar la abundancia”, así que la ruta podía ser que el progreso llegara de fuera. Nuestra posición en el mapa, con EU y Canadá de socios comerciales, lo hacía una apuesta segura. No lo fue.
La desigualdad creada durante la última década del siglo pasado hizo que el T-MEC fuera insuficiente y hasta perjudicial para muchas industrias nacionales. Lo sé de primera mano, porque perteneciendo en ese momento al sector textil, pude observar que la tecnología y la guerra de precios, junto con la de bajo salarios, iba a despedazar a esta industria; igual como sucedió con la zapatera y otras más, al tiempo que la maquila se volvía nuestro único caso de éxito por las mismas razones que otras ramas de la iniciativa privada se iban a pique. En esa situación, el discurso de poner primero a los menos favorecidos caló entre una población capitalina. Hasta que ese jefe de Gobierno propuso y construyó un segundo piso en el Periférico, la principal arteria citadina, remodeló el Centro Histórico y edificó puentes que conectan a la fecha amplias zonas de la ahora Ciudad de México, otras ciudades iniciaron con ese tipo de obras.
En los comienzos del nuevo siglo, hablar del sureste era hablar de pobreza extrema y de conflictos sin solución. Tratar cualquier tema sobre el norte, era llegar a la conclusión de que ahí se encontraba el futuro económico del país. No digo que no haya pasado de esa manera, pero en muchos estados del centro y de la frontera ese progreso dilapidó los recursos naturales, abarató una mano de obra nacional tan capaz como la de cualquier potencia mundial, y generó una violencia que sólo se explica con la pulverización del tejido social a manos del espejismo de hacer dinero a toda costa.
A esa debilidad civil, se le sumaba una institucional que logró crear grandes industrias, pero sobre la base de los peores problemas nacionales: la inseguridad, la falta de educación pública de calidad, de servicios de salud gratuitos y universales, a favor de intereses económicos que se vieron beneficiados hasta de contratos con centros de readaptación para hacer negocio. En ese sentido, las reuniones de gabinete de seguridad cada madrugada se volvieron un esfuerzo inédito que sí entiende la gente. El viernes se dio el Quinto Informe de Gobierno y un primer recorrido del Tren Maya. Hasta que, por una mayoría, decidimos cambiar de rumbo pudimos sentar las bases de lo que puede ser el país que habitamos, con el ejemplo de lo que fue una propuesta que hoy es gobierno y que podría, siguiendo las mismas políticas, consolidar una transformación que era urgente y que ahora es necesaria para alcanzar todo nuestro potencial.
