La última frontera

Mientras en la imaginación colectiva exista la ilusión de una “tierra de oportunidades”, que coincida con la ausencia de las mismas en el lugar de origen, la migración y sus riesgos seguirán presentes como un problema del mundo y, particularmente, de México y los ...

Mientras en la imaginación colectiva exista la ilusión de una “tierra de oportunidades", que coincida con la ausencia de las mismas en el lugar de origen, la migración y sus riesgos seguirán presentes como un problema del mundo y, particularmente, de México y los Estados Unidos.

La conclusión del llamado Título 42, justo después del levantamiento de la emergencia sanitaria en el país vecino, provocó que las olas de migrantes asentadas en nuestra frontera norte chocaran de nuevo con el río Bravo, en un intento desesperado por cruzar hacia un mejor futuro.

Ante la influencia cultural y de la industria del entretenimiento estadunidenses, desengañar a los miles de migrantes que viajan desde sus países hacia la línea divisoria es una tarea compleja, porque mezcla realidad con ilusión.

Los Estados Unidos son, en efecto, una nación edificada por inmigrantes de todos los rincones del planeta, pero esa formación de país no ha sido sencilla y ha provocado problemas sociales profundos al interior y en lo internacional.

Recordemos que la campaña anterior a la del actual presidente de EU se fundamentó en un rechazo a la migración desde México y a una fobia ampliamente estudiada contra personas que no son de las mismas características físicas de un segmento que, poco a poco, se ha vuelto minoritario frente a otras razas y credos.

“Hacer América grande otra vez” fue un eslogan que hizo resurgir un racismo que se pensó desterrado cuando ya se había elegido por dos periodos al primer presidente afroamericano. Desde entonces, el tema de la migración centroamericana y de México se colocó como la principal arma electoral en el bando del Partido Republicano y de varios perfiles en el Demócrata que, por la composición de su electorado, asumen una posición antiinmigrante. 

Esta amenaza no es reciente, la historia de ambos países cruza décadas de estires y aflojes para reconocer que la mano de obra migrante es indispensable para la economía estadunidense y que el empuje de millones de personas sin papeles, con ellos, y sus generaciones de nacidos como ciudadanos, son la causa de que siga siendo la más fuerte del globo.

Lo que ha empeorado esta relación es la salida de miles de personas desde América Central debido a crisis recurrentes, desigualdad y falta de oportunidades. La propuesta del gobierno de México ha sido la inversión conjunta en programas sociales y de microeconomía que reduzcan el atractivo de ese “sueño americano” que, muchas veces, sólo es una pesadilla.

Nadie se va de su país por gusto, a menos de que se trate de una oportunidad mejor y legal. Echar raíces es un rasgo de nuestra especie que poco o nada tiene que ver con el nacionalismo, sino más bien con una identidad que se construye desde pequeños sobre lo que significa el origen, la identidad y el sentido de pertenencia. Sin embargo, cuando las personas son obligadas a desarraigarse porque no encuentran salida para satisfacer sus necesidades básicas, viene la toma del riesgo al costo, incluso de la vida misma, con tal de lograr esa imagen de prosperidad, tranquilidad y bienestar económico.

No hay duda de que entre los más de 300 millones se estadunidenses existen miles de historias de superación y triunfo, pero hay las mismas, o más, de sobrevivencia y sacrificio continuo. Sólo que, en la balanza entre intentarlo o seguir igual, la determinación la inclinará a favor de lo primero.

Esa poderosa imagen de la isla de Ellis, con la estatua de La Libertad de fondo, no podrá ser sustituida por los anuncios oficiales de que la frontera sur no está abierta o un letrero enorme que indique “no hay vacantes”. La única alternativa es lograr que nadie se vea obligado a migrar corriendo riesgos y abandonar la tierra de uno sea una opción, nunca más el último recurso disponible.

Para muchos pueblos, lograr un territorio que puedan llamar país ha representado una lucha de siglos. En el caso del nuestro y de muchos otros, hablamos de culturas milenarias con valores y principios que se pierden en la travesía por entrar en un espejismo que habita sólo en las pantallas.

Antes, como ahora, la urgencia es el desarrollo del continente americano como un bloque, en la idea de Simón Bolívar, pero con la estrategia acorde a los tiempos que vivimos. Estados Unidos depende de los migrantes, quien diga lo contrario demuestra absoluta ignorancia, y de países que se desarrollen de forma autónoma para que la región sea un sólo mercado cooperante e integrado en verdad.

Ésa es la última frontera, no la que hoy aparece con alambre de púas y militares evitando los cruces. Tampoco la que promete una riqueza inmediata con sólo atravesar la línea divisoria, menos la que defienden quienes piensan que sin ellos ningún país sobreviviría o la que, por miedo, pide levantar muros que dejen fuera a otros que nada más buscan una oportunidad, por pequeña que sea, para cambiar su destino.

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