Ideas, ideales e ideologías

Estamos llenos de ideas sobre cómo resolver los problemas que más nos aquejan. Y no es por falta de diagnósticos, sino por una débil organización ciudadana que se basa en la desconfianza que tenemos en nosotros y en las instituciones. A esa fragilidad le debemos ...

Estamos llenos de ideas sobre cómo resolver los problemas que más nos aquejan. Y no es por falta de diagnósticos, sino por una débil organización ciudadana que se basa en la desconfianza que tenemos en nosotros y en las instituciones. A esa fragilidad le debemos añadir una crisis añeja, principios e ideales, que son los fundamentos de una sociedad cohesionada e inteligente. Aunque no es consuelo, ésta es una situación que afecta al mundo, debido a un cambio de época que se extiende por todo el planeta.

Durante varias décadas se nos dijo que la mejor “revolución” era la de las ideas, porque éstas daban paso a la innovación, permitían la competencia y podían generar oportunidades con base en el talento y los méritos. No fue así y rápidamente este impulso se transformó en una especie de filosofía simple que tomó el apodo de “échaleganismo”, para derivar después en la persecución de la riqueza instantánea por cualquier medio, como una justificación del cinismo institucionalizado que padecíamos.

Pusimos un alto como mayoría hace cinco años y hoy nos encontramos en el camino de recuperar valores, principios e ideales. Es un esfuerzo cotidiano, porque frente a las leyes, muchas sin el apoyo popular necesario para que se apliquen, otras no escritas se apoderaron de la sociedad mexicana hasta convertirse en las reglas auténticas de la convivencia.

Una de esas malas leyes tácitas, que todos comprendemos, pero no rechazamos, es el uso de la violencia cotidiana como forma de imponernos a los demás y ahorrarnos la supuesta molestia de dialogar o convencer. De esa forma, el agresor fue empoderado por la apatía civil y fortalecido por la impunidad que siempre se podía obtener gracias a un acto de corrupción. Lo de menos era pertenecer a una organización criminal, también puede gozarse de esos abominables beneficios si se tiene un arma de fuego, como lo hemos visto  por medio de las redes sociales.

Al darle la espalda a los ideales, esas metas que deseamos alcanzar para vivir en las mejores condiciones posibles sin traicionarlos, pusimos por delante un pragmatismo que nos permitía justificar el fin a pesar de que los medios nos perjudicaran y dejamos que un desinterés general nos arrebatara la iniciativa que quedó en manos de la delincuencia y las malas autoridades. Con el cambio de época, los extremos sociales nos han querido ubicar en la ideología, sea la que sea que responda a la forma en que percibimos la realidad. Si no estamos de acuerdo, bienvenidos a un extremo; si lo estamos, pero no sabemos por qué, podemos establecernos en el lado contrario. Sin embargo, cuando hablamos acerca de lo que podemos hacer para avanzar, llegamos a puntos en común que podemos poner en marcha si trabajamos en conjunto.

Ningún gobierno puede resolver los problemas sin la sociedad, pero ésta tampoco puede sustituir al gobierno y solucionar los problemas sola. Es un proceso de colaboración que debe estar basado en la confianza y ese es todavía nuestro talón de Aquiles. Las ideas, sin un plan y sin una ejecución, son buenas intenciones. Ya lo hemos escrito antes, no basta con subir un video a las redes sociales para denunciar un acto que nos afecta; ayuda mucho, porque antes no teníamos esa herramienta de comunicación inmediata, pero es un paso apenas hacia la denuncia oficial que obligue a que las autoridades correspondientes hagan su trabajo y apliquen la ley.

Por el contrario, los ideales son puntos de referencia que nos permiten mantenernos en la dirección correcta. Queremos cumplir con un objetivo, eso requiere un plan de acción y esfuerzo, pero al menos ya sabemos dónde está el final de la travesía. Esa meta es lo que nos impulsa, el viaje para concretarla con principios y valores es lo que nos da sentido.

El supuesto atajo es la ideología y ésa sólo es útil en tanto estamos dispuestos a abrirnos a otras formas de pensar, el problema es que la forma en que nos plantea la ideología exige que nos cerremos a los argumentos de los demás, no importa si son comprobables o son buenos; simplemente no son los que yo creo y por ello debemos alertar de un ataque a nuestros pensamientos, del regreso de formas de gobierno olvidadas o de maneras de actuar que nadie propone.

Hoy que estamos debatiendo muchos temas, el más reciente el de la educación pública, tenemos la obligación de hablar acerca de lo que nos enseñaron, lo que dejamos de enseñar y lo que las siguientes generaciones tienen no sólo derecho de saber, sino también de modificar en la construcción de un criterio que sea mejor y más útil para establecer esos valores y principios perdidos y renovados, que sirvan para conseguir esos ideales con los que hemos soñado siempre, pero habíamos perdido la confianza para alcanzarlos.

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