Hundimientos

En otros tiempos, aquello que se publicaba en las ocho columnas de un periódico, abría la transmisión de un noticiero radiofónico o iniciaba el resumen del día para el presentador televisivo, era lo que dominaba nuestra atención y conversación, pero en un mundo de ...

En otros tiempos, aquello que se publicaba en las ocho columnas de un periódico, abría la transmisión de un noticiero radiofónico o iniciaba el resumen del día para el presentador televisivo, era lo que dominaba nuestra atención y conversación, pero en un mundo de comunicación instantánea, el peso de la difusión de los acontecimientos se ha repartido como nunca entre otras fuentes y entre la misma audiencia que participa de manera directa en el desarrollo de los acontecimientos.

Antes, éramos receptores de un grupo de noticias que se jerarquizaban por el impacto que los editores pensaban que tendría en nuestras vidas y por la posibilidad de que atraparan nuestra atención para ganar público y confianza en un auditorio cada vez mayor, que pudiera volverse receptivo a otro tipo de mensajes, principalmente publicitarios, que son los que generaban, y generan, ingresos.

La noticia que los medios llamados tradicionales decidieron destacar esta semana fue el terrible accidente de un sumergible (que no submarino) utilizado para visitar los restos del famoso barco Titanic, símbolo del error humano, que cobró la vida de sus cinco tripulantes, dos de ellos turistas aficionados al riesgo que habían pagado un cuarto de millón de dólares para descender a mil 700 kilómetros de profundidad, en una de las zonas más complicadas del Atlántico Norte.

Probablemente, por la conmoción social que siempre despiertan las misiones de rescate, la pérdida de comunicación del sumergible Titán mientras, irónicamente, buscaba los restos del célebre transatlántico, merecía los titulares internacionales y, con una pizca adicional de dramatismo, cumpliría con el objetivo de mantenernos al filo del asiento en lo que se lograba la milagrosa recuperación o sucedía lo peor; que el director de cine James Cameron, artífice de la popular cinta con el gran hundimiento del fondo y de un interesante documental acerca del histórico accidente, sólo ayudaba a darle más interés.

Sin embargo, nosotros hemos cambiado como público y tenemos canales de comunicación abiertos e inmediatos, que nos permiten expresar otros puntos de vista acerca de lo presentado por los medios. En este caso, por cada mención de la primera tragedia, se alertaba sobre otra que no había tenido la misma cobertura: un barco con aproximadamente 700 personas que buscaban llegar a Grecia y también se había hundido unos días antes.

La diferencia en la movilización de recursos técnicos y humanos para recuperar al Titán era enorme comparada con las 72 horas de búsqueda que se le dedicaron a la embarcación atestada de migrantes que, como en muchos otros casos, intentaban llegar a costas europeas para comenzar una nueva vida. El debate sobre la desigualdad ha sido intenso, lo mismo que el tiempo y líneas ágata que se han dedicado al caso de las cinco víctimas, el cual hoy es la representación del sinsentido en el que podemos caer cuando lo que sobra es dinero.

En mi opinión no debemos aceptar la pérdida de ninguna vida humana, independientemente del segmento social a la que ésta pertenezca, y al mismo tiempo, podríamos reflexionar sobre lo que pensamos que es importante y merece nuestra valiosa atención, pero que en este episodio parece contradecir los criterios que prevalecieron durante mucho tiempo en la edición de las noticias.

De nuevo, podríamos encontrarnos en una situación de desequilibrio entre lo que preocupa a la mayoría y lo que se piensa que nos quita el sueño. Hubo momentos en que esos puntos de vista coincidían, creo que ya no tanto (aunque existen afortunadas excepciones como lo es esta casa editorial y Grupo Imagen, en general), y por eso la era de desinformación que vivimos y la paulatina pérdida de confianza, no sólo en los medios de comunicación, sino también en las redes sociales.

Nuestro papel como audiencias es pedir equidad en la presentación de los sucesos que pueden influir en nuestras vidas, no sólo en los que pueden mantenernos a la expectativa o entretenidos. Las y los ciudadanos tenemos una obligación como público para comunicar lo que nos es relevante; los medios tienen una tarea para balancear datos con ocio, y ambos, el pendiente de disminuir las distracciones, el ruido y las noticias falsas, con información confiable que nos ayude a construir una sociedad cada vez más solidaria, inteligente y preocupada por el bien común.

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