El país del potencial

La historia la hemos escuchado, creo, cientos de veces y en varios tonos, ninguno lo suficientemente noble como para estar conformes. Se trata de un país al que le dan todo, por encima de cualquier otro territorio, para que goce de costas, montañas, agua, tierra fértil, ...

La historia la hemos escuchado, creo, cientos de veces y en varios tonos, ninguno lo suficientemente noble como para estar conformes. Se trata de un país al que le dan todo, por encima de cualquier otro territorio, para que goce de costas, montañas, agua, tierra fértil, especies de plantas, flores y animales, sin comparación. Y justo cuando se cuestiona el darle tantas ventajas a un solo punto del planeta, la respuesta es que no habrá tales, porque seremos nosotros, las y los mexicanos, los que estaremos a cargo de esas bendiciones y las desaprovecharemos.

Qué tanto caló en nuestra llamada conciencia colectiva, que todavía hasta hoy que escribo estas líneas escucho y leo comentarios desanimados acerca de un futuro ominoso que nunca llega y la triste idea de que no tenemos remedio como sociedad. Incluso, los llamados a la unidad tienden a ser tibios cuando tocamos la superficie de los temas en los que deberíamos estar de acuerdo desde hace mucho tiempo.

¿Cuáles son estos asuntos que pareciera que nos dividen con sólo nombrarlos? El primero, distorsionado por las noticias falsas, una presunta polarización que sigo convencido de que no existe, pero se usa para manipular, es la política. Nada más que todos los días hablamos de ella y de sus diferentes ángulos para interpretar una realidad que, muchas veces, tratamos de acomodar a nuestros gustos y preferencias, pero no al objetivo que sí nos convoca a la mayoría, que es alcanzar la prosperidad que deberíamos tener por la pura conclusión lógica del potencial que disfrutamos como país.

Una propuesta para poder dialogar acerca de la política es centrarnos en las políticas públicas que tenemos y las que necesitamos en los próximos años para vivir mejor. Hablar acerca de los programas sociales, de la situación de las y los adultos mayores, de lo que significa apoyar a los jóvenes para que se queden en la escuela y no estén en las calles esperando ser reclutados por la delincuencia.

Concentramos mucha de nuestra energía en buscar que una sola persona represente, conduzca y solucione muchos de los retos que podemos atender nosotros como ciudadanos. Ahora, un segmento de la población que se sienta desplazada de la toma de decisiones llama a que participe una “sociedad civil” que no representa a la mayor parte de la gente que votó por un cambio de rumbo, sino que tiene antecedentes de inoperancia, cercanía a grupos de interés y hoy está mezclada con la politiquería (ésa sí la debemos evitar).

Se vuelve esquizofrénico pedir que no haya concentración de poder y, al mismo tiempo, apoyar el diseño de un perfil mercadotécnico que “conecte” con la mayoría y le dé tranquilidad al sector que se siente apartado la seguridad de que podrá regresar a concentrarlo nuevamente.

Aquellos que nos ofrecen, ahora sí, engrandecer al país tuvieron casi medio siglo de oportunidades para hacerlo, sin resultados notables. Más que personajes, las y los mexicanos pedimos un proyecto, con metas, con objetivos y, sobre todo, con valores y principios.

Si estamos de acuerdo en hablar del futuro del país y de nuestro papel de corresponsabilidad para cambiar, juntos, lo que no está bien, entonces podemos abandonar este axioma de “quítate tú, para ponerme yo”, que es muy similar en concepto con el relato del territorio que recibe las bendiciones de la naturaleza, pero con una sociedad desunida que no logrará sacarle provecho.

Construir un país es un proceso que lleva años, lo hemos vivido con altibajos, pero un acuerdo social indispensable es apartar los intereses de una minoría, para privilegiar los de la mayoría de la población. Es una decisión hasta económica, si aquellos menos favorecidos progresan, todos los hacemos.

Y faltan temas por discutir. La estrategia de pacificación, la consolidación de la soberanía, el desarrollo del sur, la administración del agua, el famoso nearshoring, y conseguir un equilibrio entre salud y educación públicas, para no inclinar la balanza sólo hacia el negocio, como sucedió.

Si dialogamos y dejamos aparte estas falsas diferencias que nos transmiten, podemos dar el siguiente paso a la prosperidad y no quedarnos, ni en la mente, ni en los hechos, en el cuento de que tenemos todo, pero no sabemos qué hacer con tanto. Sí podemos.

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