Actuar con justicia
Un principio de justicia es dar a cada persona lo que corresponde, de acuerdo con sus acciones, sean buenas o malas. Para los actos que son correctos, hemos diseñado muchos mecanismos de recompensa y de reconocimiento social. Para los que nos perjudican como ciudadanos, ...
Un principio de justicia es dar a cada persona lo que corresponde, de acuerdo con sus acciones, sean buenas o malas. Para los actos que son correctos, hemos diseñado muchos mecanismos de recompensa y de reconocimiento social. Para los que nos perjudican como ciudadanos, establecemos penas, castigos y formas de reparación del daño ocasionado. Como cualquier estructura humana, la de repartir justicia tiene sus errores y sus aciertos. La mayoría sustentados en la medida en que participamos como ciudadanía.
Toda ley que funciona se debe a que tiene el respaldo de la mayoría de nosotros. Es probable que no sea un apoyo manifiesto, salvo en ciertas ocasiones donde el tema es una prioridad cívica que nos afecta desde nuestro entorno inmediato, pero cuenta con nuestra participación para que sea respetada y el comportamiento nocivo a prevenir tiene nuestro rechazo social para que no suceda en comunidad, incluso pueda escalarse a una demanda colectiva, jurídica o de manifestación pública, para que se ejerzan las sanciones que se han estipulado sobre esa mala conducta o delito cometido.
Sin embargo, el problema de muchas normas y leyes es que no fueron diseñadas a partir del consenso o el acuerdo social mayoritario para que las sigamos y las apliquemos en nuestra vida cotidiana. Conocemos las reglas básicas de convivencia en diferentes ámbitos, pero le hemos puesto poca atención a las modificaciones legislativas que se aprueban (o se rechazan) y a su aplicación en los hechos. Finalmente, la pertinencia de cualquier medida de convivencia se sostiene sobre un acuerdo entre la autoridad y la ciudadanía.
Pero lo más importante es actuar con justicia entre y hacia nosotros. No como verdugos que imponen una sentencia, sino como ciudadanos conscientes de que entre más respetemos las normas, los derechos, las garantías y el orden, que nos permite cohabitar en los lugares que son nuestro hogar, construimos una sociedad pacífica y próspera.
Es deshacernos de un viejo dicho que refleja un mal hábito social: “dependiendo del sapo es la pedrada”. Una afirmación pragmática, pero que engloba muchas de las causas de nuestros problemas cotidianos. El buen funcionamiento de cualquier norma es, precisamente, la ausencia de excepciones. Claro que eso lo determina la autoridad, pero nosotros hemos desarrollado nuestro propio código para tratar y actuar respecto de la persona que comete la falta y no de la falta en sí misma.
Durante muchos años fue más sencillo emplear excepciones que reglas, porque en nuestra visión estas últimas no iban a respetarse. Cuando tratemos de explicar a los más jóvenes cómo llegamos a ciertos extremos en nuestra historia, éste es un buen principio: nos acostumbramos a tomar decisiones cívicas privilegiando las particularidades y no el beneficio general. Y eso no es actuar con justicia.
Porque ante la posibilidad de no seguir las reglas, cuando fue necesario hacerlo se buscó la excepción y ésa, si no está fundamentada por una buena causa, puede torcerse en un abrir y cerrar de ojos. No hablo de la desobediencia civil, que es un concepto social claro y que cuenta con principios, sino de la evasión de la responsabilidad cívica.
Yokoi Kenji Díaz, uno de los oradores más populares en redes sociales por sus reflexiones acerca de la diferencia entre la cultura latina y la oriental narra que se encontraba caminando con su padre una madrugada, cuando llegaron a un semáforo. No había un sólo automóvil a la vista y su padre esperaba el cambio de luz. Él, procediendo con practicidad, le pidió que cruzaran de una vez. El hombre mayor se rehusó y su hijo comenzó una discusión. Nadie te ve, le dijo el más joven. “Me veo yo”, le respondió.
Tal vez, proceder con justicia es estar dispuesto a seguir las mismas normas que exigimos que el resto asuma de manera estricta. Conducirnos, tal vez, como si nos estuvieran viendo todo el tiempo. Ajustarnos a un conjunto de valores y principios que deben estar en nosotros antes de estar en cualquier otra persona para que, a la hora de exigir, nuestra conciencia esté tranquila de que somos los primeros en cumplir. No es sólo predicar con el ejemplo, sino actuar ir un poco más allá con el principio de justicia cada que tengamos oportunidad, pensando en que la primera aduana cívica, es saber que hacemos lo correcto. Para nosotros y para los demás.
