México es un país muy potente, porque a pesar de no tener un objetivo, no tener un plan estratégico de largo plazo y estar a merced de una clase política amateur, corrupta y caprichosa, el país sigue caminando. En cualquier país relevante del mundo, tener siete años de no crecimiento económico hubiera encendido las alarmas de la sociedad civil, en nuestro caso el empresariado se conforma con fotografías en Palacio.
Pero no se puede administrar el caos de manera perpetua, porque el entorno global es cambiante. Tenemos la fortuna enorme de ser vecinos de Estados Unidos, una vecindad que, como todas, ha tenido sus sinsabores históricos en los que algún día, cuando tengamos madurez, podremos asumir nuestra parte de la responsabilidad y no sólo culpar a nuestros villanos favoritos.
La inseguridad es otro ejemplo brutal en el que hemos pasado de unos niveles primarios de delincuencia organizada en los años 90 a tener las organizaciones delictivas más sofisticadas del mundo. Me apena mucho ver en series y películas lo que le pasaba a Colombia en los años 2000, nunca un mexicano en una serie internacional será un científico, un abogado o una persona de la élite. No, siempre será el narco o el político corrupto, y eso es parte de la marca país. Otra vez, no hay estrategia, por lo tanto no hay narrativa, pero más importante aún, no habría manera de soportar la otra opción.
Un país que se ha acostumbrado a las desgracias humanas, que ha ido evolucionando del “se matan entre ellos” a quedarse inmóvil e impávido ante el asesinato de niños, nunca podrá exigir cuestiones más mundanas como crecimiento económico o una inflación más baja. Mientras el gobierno dé dinero al mes, no pasa nada… hasta que pasa. El modelo de un Estado cada vez más grande, que tiene que regular más cosas para justificar su existencia y que, además, se endeuda irresponsablemente en la sombra, nunca tiene un buen resultado. No es un modelo de país viable y sostenible.
México tendría que trabajar como país, como sociedad, en tener mejores políticos. Políticos que sientan el honor de servir y no creer que sus puestos los hacen jefes de la sociedad. Pero no parece ser una prioridad. Como hemos visto en las últimas semanas, el gobierno planteó una reforma electoral que nadie pidió. Los países decentes con mejores políticos proponen en campaña los temas grandes como la reforma judicial o la reforma electoral para forzar al elector a conocer dichos temas y decidir si los quiere.
En México no, en nuestro país el gobierno hace creer que esa supermayoría robada en el Congreso es un cheque en blanco y se jacta de decir que lo que sea que hagan es porque el pueblo lo quiere y que ése fue el mandato; siempre los traductores de la voluntad popular tienen esa suerte. Demagogia pura, pero en un país donde muchos se la creen, porque la ignorancia es gran ventaja para quien la profesa. La reforma electoral sería como la judicial, aprobada por mayoría y con el voto negativo de la oposición.
Esto es muy trascendente, los cambios de régimen deben ser por unanimidad. Todos los procesos de cambio de Estado requieren el acuerdo y la voluntad general, si no, eventualmente cobrarán. Le ha pasado a este país durante el siglo XIX y parte del XX. Durante el XIX se trataron de imponer escoceses y yorkinos, centralistas y federalistas (estamos en pleno regreso del centralismo), monárquicos y republicanos, conservadores y liberales (Aurelio Nuño quiere recuperar el debate del verdadero liberalismo, creo que es un término tan manoseado que podemos aprovechar la inteligencia de Aurelio en cosas mejores).
Estamos de regreso en 1860, es la madurez democrática que tenemos, porque no entendemos que la democracia requiere de barreras de entrada. El voto universal suena bonito, pero no es garantía de beneficio. Cambiar al país sin el consenso general va a tener consecuencias, como ya las tuvo México en el siglo XIX.
