A mi hermano Carlos, que sean mucho más.
“Ser de la izquierda es como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”, es una de las frases que he usado más en mis columnas desde que empecé a escribir hace 12 años. Es del filósofo español José Ortega y Gasset, escrita en el prólogo de su libro La rebelión de las masas, se refería a la limitación absoluta de algo que no es absoluto como lo es la política, la economía y la vida social. Intuyó que con la creación del “hombre masa”, los políticos aprovecharían para simplificar el individualismo a buenos y malos. Evidentemente, fue un visionario.
A 80 años de la terminación de la Segunda Guerra Mundial, el mensaje político sigue simplificándose en absolutos donde unos son buenos, aunque sean ineficaces; y otros malos y eficaces. Para el votante de izquierda, serlo es como ser fanático de un partido de futbol, pase lo que pase seguirá siéndolo. Corea del Norte, Cuba o el fracaso de la Unión Soviética no son evidencias suficientes de la imposibilidad de estructurar un sistema de generación y repartición de riqueza con un Estado equilibrado. Siempre se acaba en el colectivismo con una parte importante viviendo del Estado, mientras la otra lo paga, como un vampiro bebiendo la sangre de su víctima. Para referencia rápida la Unión Europea, la diferencia de lo que fue en diseño y lo que es en realidad. Un ancla burocrática que utiliza mensajes de izquierda para mantener el poder.
Y funciona. El manual de Antonio Gramci propuso invadir las instituciones con mensajes simplistas y valores absurdos (la igualdad el más evidente); ha funcionado incluso en sociedades como Estados Unidos en las que hasta hace diez años creíamos imposible que el comunismo permeara. La simplificación de la política es un arma eficaz que parece que sólo unos pueden hacer correctamente. Es, además, a prueba de la lógica y la razón. En mi última columna escribía sobre cómo la ley y el aparato legal que es una estructura occidental de más de dos mil años, ahora se mira como un arma política de derecha.
Se politiza todo, aunque no tenga sentido. Se demoniza a algunas opciones como de “extrema” o “ultra” derecha con una facilidad que asusta. Las palabras “nazi” y “fascista” que tenían una descripción muy literal, son usadas ahora por periodistas, líderes de opinión e intelectuales arrojándolas de manera corrupta porque ya han perdido su verdadero significado. El lenguaje al servicio de la descalificación política y a costa de la historia.
Cada vez que escucho en medios mexicanos y españoles que Giorgia Meloni es de “ultraderecha”, pienso en qué momento invadirá Austria o enviará una raza a campos de exterminio, porque eso era (aunque los autores todavía no se ponen de acuerdo si el nacional socialismo era de derecha o de izquierda, convenientemente, claro). Lo último fue el triunfo de AfD en Alemania; me tocó en Europa, los medios (que ya no son independientes del poder político) se refirieron a ese partido y sus miembros como neonazis. Alice Elisabeth Weidel, líder de ese partido, es homosexual, está casada con una mujer de Sri Lanka (no parece muy aria) y es feminista; están muy raros los nazis de hoy en día, me parece.
La pregunta debería de ser ¿qué es lo que incomoda tanto de estos partidos el sistema impuesto? Para mí, pedir una emigración legal no es un asunto que deba tacharse como fascista, es un asunto de orden. Por dónde veo que va la cosa es más con los nacionalismos y con el hecho de que la Unión Europea como organismo burocrático supranacional ha crecido de manera desmedida, mermando las capacidades políticas locales, absorbiendo cantidades impresionantes de dinero y debilitando a las economías locales con una sobrerregulación excesiva. Y eso es de lo que tienen miedo, de un rompimiento tipo Brexit masivo que, por agresivo, rompa con el experimento europeo de post guerra.
Si la Unión Europea no se somete a una reestructura tomando en cuenta lo que estos partidos como Vox, AfD o FN, puede venir ese rompimiento. Hay que volver a la idea original.
