España es un gran país en la historia de este planeta. Es un país guerrero, pero civilizador. La hispanidad es uno de los fenómenos civilizatorios más complejos de la historia universal y cuyas virtudes persisten hasta hoy en día. A pesar de la propaganda en contra, España no fue colonialista, lo que encontró lo absorbió como propio y lo hizo suyo.
El famoso robo del oro y otras fantasías inventadas por el mundo anglo y repetidas por los españoles que se independizaron de la península (porque eran eso, españoles), no se sostiene por sí mismo. Sólo hay que ver las maravillas de las ciudades “coloniales” alrededor de Hispanoamérica para ver que España quiso asemejar la imagen de la España peninsular.
Habiendo dicho esto, regreso a la característica guerrera de España, un país conocido por siglos por su ferocidad y bravura. Roma tardó dos siglos en dominar Hispania y todos los enemigos históricos de España la recuerdan por su ferocidad y por su voluntad de pelear hasta la muerte. El único problema real y vigente que tiene España es que cuando no tiene un enemigo externo, siempre lo busca dentro. Sólo hay que ver la composición del Congreso español hoy para entenderlo. Es la España pre Guerra Civil por completo. Mismas fobias, mismos vicios, aunque quizá sin dogmatismo de extrema derecha (ya sé que usted ha escuchado que VOX es extrema derecha, no lo es), no es inexistente pero no está representado formalmente en el Parlamento (me refiero al falangismo puro y duro, busque Núcleo Nacional).
España como sociedad ha tenido una tendencia hacia el progresismo desde la muerte de Franco, porque así es y ha sido. El problema de siempre es que el progresismo puede funcionar bajo ciertas premisas, que estaban presentes cuando Felipe González fue presidente. Esas premisas eran: instituciones fuertes, balances y contrapesos, economía de mercado y orden. La presidencia de Felipe González fue modernizadora e internacionalista, incluyendo a España de lleno en la Unión Europea y en la OTAN. Ambas membresías le hicieron muy bien a España.
La de la OTAN era muy importante, porque le dio asiento en un club donde estaban sentados parte de sus enemigos históricos y donde podía ventilar problemas con otros enemigos más nuevos en la larga historia de España. Ese nuevo adversario, enemigo o amenaza se llama Marruecos. España siempre mantuvo la fuerza suficiente para contener a Marruecos y también para garantizar que las armas que Estados Unidos proporcionaba a Marruecos no fueran utilizadas contra las ciudades autonómicas españolas en el norte de África.
Marruecos, que no existía antes de que Ceuta, Melilla y el Sáhara español fueran españoles, ha venido buscando una integración de esas ciudades por estar en el norte de África. Esto no es nuevo. El 6 de noviembre de 1975, ya con Franco en el lecho de muerte, tomaron el Sáhara español con la llamada Marcha Verde, en una especie de guerra híbrida donde la población civil invade un territorio. Fue pensado por el rey Hasán para que sucediera en la inconsciencia de Franco y en medio de una transición. España cedió, no había cómo controlarlo.
Con Aznar, Marruecos tomó el Islote Perejil, pero Aznar envió a las fuerzas especiales para recuperarlo por la fuerza y con apoyo de la OTAN. Con Zapatero, el buenondismo tuvo su mayor momento. Zapatero inició ayudas e intentó hacer una Alianza de Civilizaciones (como si los 10 mil años anteriores no fueran nada).
El problema es que teniendo esta amenaza desde hace tiempo, Pedro Sánchez ha decidido por pura supervivencia política y por quedar bien con las tribunas de izquierda, pelearse con sus socios de la OTAN, al no pagar las obligaciones acordadas, pelearse con Estados Unidos para que no usen las bases que hay en España y pelearse con media Europa por su política migratoria, que incluyó legalizar más de un millón de personas que pueden moverse dentro de Schengen.
¿Usted cree que la invasión de Ceuta de la semana pasada fue casualidad? ¿Qué está viendo el rey Mohamed?
Qué mal momento de estar tan débil gracias a Sánchez.
