¿Qué habéis hecho del deporte más popular?

 ¡Tres horas de cola para entrar al estadio Azteca (me niego a llamarle Banorte), después de una hora de autobús y una caminata de tres kilómetros, en varios casos con un niño sobre los hombros! Y al llegar a la puerta de acceso tras esos 180 minutos de espera, otro problema: como había dificultades de internet no era fácil comprobar que se poseía un boleto electrónico. Muchos aficionados no pudieron ingresar sino hasta el segundo tiempo. Quienes amamos el futbol comprendemos la frustración que implica perderse la mitad del partido habiendo llegado con mucha anticipación.

Y si el aficionado tenía su lugar en una de las primeras filas —¡3,500 pesos el boleto, más de 11 días de salario mínimo!—, había un contratiempo adicional: las vallas de publicidad le impedían la visibilidad, razón por la cual, quienes habían pagado esa fortuna, tuvieron que irse al pasillo para, desde allí, de pie, presenciar el juego.

Sin embargo, la Presidenta y la jefa de Gobierno afirmaron que todo había salido bien, declaraciones negacionistas características de la 4T. Las piernas al sol en una de las ventanas de Palacio Nacional eran una imagen falsa… hasta que no se pudo seguir negando que es verdadera.

Como recuerda Pascal Beltrán del Río (“Un país no listo”, Excélsior, 30 de marzo), México fue designado una de las tres sedes del Campeonato Mundial de Futbol 2026 desde hace ocho años, un periodo más que suficiente para tener todo listo para la gran fiesta. Pero la Ciudad de México tiene más baches que granitos de arena en una playa, y en el aeropuerto, a poco más de dos meses de la inauguración, todavía se pegan pisos en los pasillos y se colocan trabes con grúas (la crisis de infraestructura se hace evidente desde la llegada a esa terminal saturada), y para tomar un taxi de aplicación hay que alejarse de los accesos, lo que supone incomodidad y riesgo. 

Los precios para el Mundial son obscenos. Hay boletos en la reventa para el partido inaugural que en portales de internet llegan a venderse en más de un millón de pesos. La FIFA ha inventado zonas exclusivas en el estadio: área VIP, Pitchside Lounge, Tropy Lounge, Champions Club y FIFA Pavilion. Antes, en las gradas se consumían papitas, cervezas y tortas. Ahora se venderán paquetes con viandas de alta cocina.

Xavier Velasco pregunta: “¿Tendríamos que asombrarnos si buena parte de esos lugares resultan ocupados por políticos corruptos y jerarcas del crimen organizado, unos y otros ávidos de darse mutuamente el relumbrón?”. Y sentencia: “…no creo que el más electrizante de los espectáculos valga siquiera la décima parte de lo que aquí se pide por un pinche boleto” (“Patadas a la pobreza”, Milenio, 28 de marzo).

Es una tristeza que la asistencia al deporte más popular del mundo se haya vuelto exclusiva para millonarios o fans dispuestos a vender su automóvil con tal de estar en un partido. El boleto más caro para el Mundial de 1970 costaba 80 pesos, el mismo precio de un balón profesional de fut, un disco de larga duración o una novela de muy buena edición.

Yo cursaba entonces la carrera de derecho y alternaba mi asistencia a la Facultad con un empleo en una imprenta corrigiendo faltas de ortografía. La mitad de mi exiguo salario se la entregaba puntualmente a mi madre. Aun así, pude comprar un abono para asistir a todos los juegos del Mundial en el Azteca (eso sí, en la parte más alta del graderío).

Años atrás, mi primo favorito, el doctor Hugo Flores, me llevaba al estadio de Ciudad Universitaria cuando jugaban las Chivas. Nos trasladábamos en camión. Aunque en esos juegos el lleno era total, nunca se restringió la circulación vehicular por el partido, y el autobús nos dejaba a unos pasos del estadio. Nunca tuvimos que hacer cola para entrar. Sólo una pésima organización explica que el sábado pasado los aficionados hayan tenido que recorrer una larguísima distancia caminando y hacer cola durante una eternidad desesperante (¿cómo estará el partido?, ¿a qué hora podremos entrar?) para arribar al escenario del juego.

Disfruté en el Estadio Olímpico de CU, en el Azteca y/o en el Jalisco a las gloriosas Chivas Rayadas y a las mejores selecciones del mundo sin soportar filas interminables ni desembolsar más de lo que cuesta una entrada a una obra de teatro. No pagaría más: conozco el valor del dinero y el esfuerzo que cuesta conseguirlo, y me rehúso a ser víctima voluntaria de cualquier clase de abuso.

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