Posesiones diabólicas

Un tío de Juan José Arreola estaba obsesionado con la duda de si el diablo realmente existe. En una ocasión en que lo acompañó a un viaje, éste bebió abundantemente y, al llegar al cementerio, entró con su sobrino... El hombre alzó los brazos y gritó: “¡Diablo hijo de la chingada, cabrón diablo cornudo o como sea! ¡Te conjuro, yo te conjuro a que si existes, diablo cabrón, te me aparezcas!...”.

El diablo no descansa, pero es selectivo. En la ciudad de Campeche se han registrado 38,400 posesiones diabólicas únicamente en los últimos cuatro años, nos cuenta el reportaje de Esteban David Rodríguez sobre los exorcismos en el país (Milenio, 23 de agosto). No diré, ¡para no ser acusado de violencia política de género!, que en ese récord quizás esté influyendo que la gobernadora del estado es Layda Sansores, pero no deja de ser enigmática esa preferencia.

La Iglesia católica caracteriza los tipos de ataque demoniaco de acuerdo con la índole de afectación de la víctima: obsesión diabólica, que consiste en ataques psicológicos del demonio; vejaciones, una acechanza del espíritu del mal que puede llevar al poseído a infligirse daños psicológicos y físicos, y ataduras, que son influencias demoniacas ocultas que entorpecen el desarrollo espiritual de la víctima.

Se sabe que pocos días antes del rodaje de El Exorcista se incendió el decorado de lo que sería la casa de la niña poseída y tres operarios murieron. Durante la exhibición, no fueron pocos los espectadores que se desmayaban, vomitaban o sufrían crisis de pánico. Mary Ure, la niña que personificó a la niña en la versión teatral en Londres, fue hallada muerta al día siguiente del estreno en la tina de su casa.

Un tío de Juan José Arreola estaba obsesionado con la duda de si el diablo realmente existe. Le preguntaba a Juan José, de 12 años, si creía en su existencia. En una ocasión en que el futuro escritor acompañaba a un viaje a Carmelita, Jalisco, a su tío, éste bebió abundantemente en el trayecto y al llegar al cementerio entró con su sobrino púber mientras la lluvia arreciaba y comenzaban los relámpagos. El hombre alzó los brazos y gritó: “¡Diablo hijo de la chingada, cabrón diablo cornudo o como sea! ¡Te conjuro, yo te conjuro a que si existes, diablo cabrón, te me aparezcas! ¡Aparécete ahorita mismo, para de una vez saber que existes!”. El diablo no se manifestó. El tío de Arreola siempre vivió con la duda (Memoria y olvido. Vida de Juan José Arreola (1920-1947), de Fernando del Paso, Fondo de Cultura Económica).

Giovanni Papini escribió que Satanás sustrae al hombre de Dios, Cristo se lo arrebata a Satanás, pero Satanás busca por todos los medios reconquistarlo (El diablo, Edesa). El teólogo católico Matthias Joseph Scheeben señala que es doctrina de fe que la humanidad es prisionera y esclava del demonio y que la tierra es el reino de Satanás.

“¡Pobrecito del diablo, qué lástima le tengo, porque no ha oído jamás una palabra de compasión o de cariño! Los hombres…, para la disipación, buscan vergonzosamente al diablo y se anegan en todas las delicias del pecado, sin que Satanás oiga alguna vez un ¡gracias, Diablo mío!”, meditaba Pito Pérez en la novela de José Rubén Romero.

Creí firmemente en el diablo de niño por mi formación católica. La catequista que me preparó para la primera comunión describía tan vívidamente los tormentos del infierno y las tentaciones que el diablo nos pone para que nos hagamos merecedores del castigo eterno, que decidí ser cura para librarme de tan horrible destino, pues se nos enseñó que aun con el pensamiento se peca. El lunar cercano a la rodilla de mi maestra de historia universal de secundaria me hizo cambiar de plan, pues comprendí que el voto de castidad no era para mí.

Ahora el diablo me parece una creación extraordinaria de teólogos, escritores, fabulistas y pintores. En la Divina Comedia, Dante Alighieri lo describe como una espantosa bestia gigante con tres caras —roja, negra y amarilla— y tres grandes alas de murciélago. Me simpatiza más la representación popular del diablo como la de la lotería mexicana: cuernos de cabra, pies de chivo, orejas y cola de animal, y piel roja, imagen inspirada en antiguas representaciones de sátiros y bestias de la mitología griega y del arte cristiano medieval.

Confieso que, a pesar de mi incredulidad, yo también, a veces, estando solo, siento que tengo dentro al demonio. Carl Jung lo veía en sus pacientes como un agente provocador, una fuerza intrusiva, indeseada y perturbadora que sacude al poseído, quizá destruyendo sueños muy preciados. Pero yo no acudo a un exorcista ni a un psicoanalista suplicándole que me libere. Una buena caminata, unas páginas apasionantes, Vivaldi, la voz de María Callas o ciertos recuerdos, o bien un vodka doble o media botella de vino lentamente degustados, y el demonio, muy a su pesar, se va transformando en una especie de marea interior, en una sensualidad no exenta de misterio y de nostalgia.

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