Las derrotas de los candidatos de izquierda en los países de América Latina en los que recientemente se han celebrado elecciones presidenciales no se debe, por supuesto, a que los latinoamericanos se hayan “derechizado”. Los votantes, en su gran mayoría, no se inclinan por un discurso ideológico o la denominación de los partidos políticos.
Los partidos de izquierda, es cierto, cuentan con un núcleo duro, un segmento de seguidores que les otorgan su voto porque esas agrupaciones proclaman que su objetivo es la generación de una sociedad en la que hayan quedado desterradas las injusticias sociales, en las que el hombre ya no sea, por decirlo con la expresión de Thomas Hobbes, “el lobo del hombre”.
Pero lo que los habitantes de cualquier país anhelan no son discursos o programas que les prometan la utopía —ya sabemos que toda utopía degenera en un infierno—, sino comunidades en las que prevalezcan una seguridad pública aceptable —éste es el bien que más anhelan los gobernados porque es el que les permite disfrutar de los demás—, el combate a la impunidad, condiciones de vida dignas, una justicia confiable, respeto a los derechos humanos y al Estado de derecho, servicios de salud eficientes, educación de calidad, generación de empleos bien remunerados, un medio ambiente saludable y decencia de los servidores públicos, entre otras cosas.
Se desean resultados plausibles, no promesas irrealizadas; buena calidad de vida, no proclamas incendiarias; atención eficaz a los problemas de mayorías y minorías, de grupos y de individuos, no aplazamiento sine die de las soluciones; muestras inequívocas en los gobernantes de vocación de servicio y humanitarismo, no complicidad con intereses ilegítimos o incluso con pandillas criminales.
Al dar la noticia y comentar los reveses de los candidatos de izquierda, la prensa suele señalar que triunfó la derecha o, aun peor —vade retro, Satanás—, la ultraderecha, sin examinar en cada caso la situación del país en que se llevaron a cabo los sufragios y las características y propuestas del candidato ganador. Se opta por el lugar común facilón y simplista: si perdió el candidato izquierdista es que ganó el candidato derechista.
En los países de América Latina la izquierda gobernante ha renunciado a sus proyectos universalistas, herederos de la Ilustración, sustituyéndolos por políticas sectarias, discursos de odio contra quienes no son sus feligreses, tentativas de intimidar a jueces independientes y periodistas críticos, eliminación de los contrapesos, colocación en los cargos públicos de personajes mediocres cuyo único mérito es la adhesión ideológica.
Una manifestación mayúscula de indecencia de los gobiernos latinoamericanos de izquierda ha sido su silencio ante los crímenes de las dictaduras cubana, nicaragüense y venezolana, e incluso su apoyo a esos regímenes que han oprimido a sus gobernados con la cancelación de las libertades, el apaleamiento y/o asesinato de manifestantes, y las condenas a muchos años de prisión a disidentes y opositores antecedidas de juicios fársicos.
De los presidentes de izquierda latinoamericanos, sólo el chileno Gabriel Boric tuvo la decencia de desconocer el triunfo que fraudulentamente se adjudicó el gobierno de Nicolás Maduro, que tras el burdo fraude electoral reprimió con brutalidad las protestas.
En nuestro país, a las barbaridades comunes de la izquierda latinoamericana se suman agravantes ominosas, como el fraude a la Constitución para darse una mayoría calificada en el Congreso no conseguida en las urnas, el dominio de numerosas zonas de la población por parte del crimen organizado y la connivencia del partido en el poder con grupos criminales, la protección a narcopolíticos, más de 130,000 desaparecidos —caso único en el mundo—, la degradación de la educación pública básica para domesticar las mentes de los menores, la destrucción del sistema de salud pública, la captura de la defensoría pública de los derechos humanos y la demolición del poder judicial independiente.
¿Hasta qué punto los apoyos en efectivo a un sector considerable de la población inmunizan al gobierno mexicano del desgaste que ha llevado al abismo a gobernantes del mismo signo ideológico? ¿Se puede proteger a presuntos narcopolíticos sin pagar un alto precio en las urnas? ¿Tres mil pesos a cada persona de edad avanzada, madre soltera y joven que no estudia ni trabaja son suficientes para que los beneficiarios sigan apoyando a un régimen autoritario, inepto y corrupto?
