¿No responder es ganar?
Lo que hizo la candidata oficial fue, sencillamente, no responder a las recriminacionesde la aspirante opositora, pero no cayó al suelo ni se derritió, lo cual jamás ha ocurridoen debate o polémica alguna. ¿Pero no responder a ninguno de los graves señalamientosde su adversaria fue una victoria?
¿Qué diablos significa eso que tanto han dicho y escrito los comentaristas de que Xóchitl Gálvez no logró noquear a Claudia Sheinbaum y, por tanto, la candidata del Presidente, al no ser noqueada, ganó el debate, que la candidata de la oposición sólo podía ganar por nocaut, no por decisión?
Sabemos que el nocaut, lo más emocionante y contundente del boxeo, consiste en que un boxeador o boxeadora derribe a su rival y éste o ésta permanezca en la lona sin poder ponerse de pie durante los diez segundos que cuenta el réferi.
El boxeador o boxeadora que noquea a su rival no corre el riesgo de que al terminar la pelea los jueces lo o la despojen de la victoria adjudicándosela injustamente a su adversario o adversaria. El nocaut es en todos los casos el triunfo indiscutible.
¿Esperaban los comentaristas que Claudia Sheinbaum, al escuchar los cuestionamientos de Xóchitl Gálvez, cayera de su asiento y quedara postrada en el piso mientras los moderadores le contaban hasta diez? ¿O que, ante los ojos de la nación, ante las durísimas acusaciones de su oponente, se derritiese la dama de hielo y quedara al descubierto que, tal como lo señaló Xóchitl, carece de corazón?
Lo que hizo la candidata oficial fue, sencillamente, no responder a las recriminaciones de la aspirante opositora, pero no cayó al suelo ni se derritió, lo cual jamás ha ocurrido en debate o polémica alguna. ¿Pero no responder a ninguno de los graves señalamientos de su adversaria fue una victoria?
En su estupendo artículo del martes pasado (“El fondo del debate”, El Financiero, 9 de abril), Pablo Hiriart, nadando contra la corriente como los salmones, manifiesta su estupefacción ante el hecho de que mentes brillantes vieron ganar a la elegida del caudillo porque no cayó en provocaciones.
¿Provocación pedirle cuentas por no haber clausurado cuando debió hacerlo como jefa delegacional de Tlalpan el colegio Rébsamen, cuyo colapso en el sismo del 19 de septiembre de 2017 causó que 19 niños y siete adultos perdieran la vida?
¿Provocación por recriminarle no haber procedido al adecuado mantenimiento del Metro, omisión que, junto con las fallas de construcción, ocasionó el derrumbe de la Línea 12 y la muerte de 21 personas y lesiones a más de un centenar?
¿Provocación reclamarle por desconocer el dictamen sobre esa tragedia de la Línea 12 elaborado por la empresa de prestigio mundial que su propio gobierno contrató y en virtud de ese desconocimiento dejar en la impunidad esas muertes y esas lesiones?
¿Provocación preguntarle por qué tomó a los habitantes de la ciudad como conejillos de indias durante la pandemia de covid-19 al distribuir ivermectina, un medicamento no aprobado y sin eficacia terapéutica, desaconsejado por la misma compañía que lo produce?
Las respuestas de Sheinbaum fueron las no respuestas: no contestó a ninguno de esos cuestionamientos. Volvamos al símil del boxeo. En un debate como el del domingo pasado no puede haber nocaut: se requeriría que uno de los debatientes cayera y no se levantara. Sheinbaum no cayó, siguió perorando, pero sin responder a lo que Xóchitl le cuestionaba.
Es como si un boxeador o boxeadora fuera declarado triunfador o triunfadora por decisión al término del match porque recibió todos los golpes de su adversario sin atajar ni esquivar ninguno. El público armaría un gran escándalo.
Es verdad, el domingo no vimos a la mejor Xóchitl. Parecía incómoda. Extrañamos esa chispa que a muchos nos ha seducido. Extrañamos que descalificara con mayor énfasis la catástrofe desencadenada por el gobierno en salud y educación, para lo cual tenía suficientes elementos. Y aunque no eran los temas específicos acotados para el primer debate, no hubiera estado nada mal que desde ese encuentro planteara el dilema: la opción es dictadura o democracia, y para evitar la dictadura hay que vencer al oficialismo. Pero, aun así, fue muy superior a la candidata oficial, cuyas abundantes mentiras durante toda la disputa la muestran como una política demagoga, falsaria.
