María Callas, 100 años

María Callas no sólo hechiza a quienes las añoranzas han herido. Su voz asombrosa, el manejo que hizo de esa voz que le obsequiaron los dioses, pone en éxtasis a cuantos la han escuchado. Al debutar en el Metropolitan de Nueva York con Norma, de Vincenzo Bellini, tuvo que salir al escenario 16 veces antes de que pudiera caer el telón...

           A Diana Bracho, quien, como advirtió Carlos Fuentes,

                en Master Class de María Callas, hizo que la diva griega            soñara que Diana la estaba interpretando.

No me es posible escucharla sin que un escalofrío me recorra el cuerpo. Su voz penetra hasta lo más profundo del alma. Es un prodigio. Inaudita. ¡Qué placer exquisito poner uno de sus discos —no soy de las generaciones del Spotify— y escucharlo en devoto silencio al tiempo que voy degustando una botella de vino!

Estoy seguro de que las sirenas mitológicas no alcanzaban esa intensidad, esa inspiración. Es verdad que producían en los marineros un estado hipnótico que los impulsaba a arrojarse al mar para acercarse a su canto. Pero ese embrujo no sólo obedecía a la dulzura de las voces y la melodía. Los embrujados eran viajeros que llevaban mucho alejados de los suyos, sus padres, sus hijos, su mujer. Y el canto de las sirenas, hijas de los dioses fluviales que les daban ese poder, les hacía una vaga promesa, exacerbaba la nostalgia, ofrecía consuelo, hacía que se olvidara todo lo demás.

María Callas no sólo hechiza a quienes las añoranzas han herido. Su voz asombrosa, el manejo que hizo de esa voz que le obsequiaron los dioses, pone en éxtasis a cuantos la han escuchado. Al debutar en el Metropolitan de Nueva York con Norma, de Vincenzo Bellini, tuvo que salir al escenario 16 veces antes de que pudiera caer el telón, pues el público quería manifestarle, con aplausos estentóreos e interminables, su adoración, su encantamiento.

Todas las óperas en que actuó las interpretó soberbiamente. Pero su representación de Norma fue la más sublime. Con el corazón escindido entre el amor a su dios y a su pueblo y el amor al procónsul romano enemigo de su pueblo, con el que ha tenido dos hijos, el alma se le despedaza a la sacerdotisa celta al enterarse de que su amado se ha enamorado de otra sacerdotisa. Sale a la noche inmensa de plenilunio y dirige una plegaria vibrante, estremecida, estremecedora, a la diosa luna: Casta diva, con la que alcanza la décima esfera de los cielos concéntricos.

María Callas sabía lo que era el dolor de las mujeres que interpretó. Sus penas no fueron menos profundas que las de Norma, Lucía o Violeta. Por eso al cantar no sólo lo hacía con su portentosa voz: cantaba con las entrañas, se desgarraba el corazón, se enfrascaba en sus vivencias más tormentosas, sacaba sus demonios.

Vaya que tuvo demonios. Pequeña a quien su madre robó la infancia desde los cuatro años para que dedicara todo el tiempo a perfeccionar su voz, niña obesa que envidiaba la belleza de su hermana, adolescente que sufrió la invasión nazi a Grecia seguida de la Guerra Civil —años de pobreza, hambre y miedo—, mujer que nunca acertó al elegir a sus parejas, madre frustrada porque perdió casi recién nacido al hijo que tanto anhelaba, hija a quien su madre jamás dejó de hostigar, la tragedia no se separó de su vida.

Con todo, llegó a ser la cantante más cotizada del mundo, triunfó en los escenarios más exigentes, conquistó a todos los públicos, logró la hazaña de bajar 35 kilos en dos años para convertirse en una mujer deslumbrante y escultural, la admiraron los críticos más severos, así como reyes, príncipes y presidentes.

Los logros no conjuran los infortunios. La peor elección de su vida fue Aristóteles Onassis, cuya afición por los lujos no era tan grande como la de colectar mujeres espectaculares y célebres. A Onassis le ayudó decisivamente para seducir a María que el cónyuge de la diva era 30 años mayor, que la había estafado colocando el dinero ganado por ella a su nombre —era la prima donna mejor pagada de la tierra—, que al matrimonio le faltaba el fuego del erotismo y, sobre todo, que ella, una mujer apasionada, sensual y sensible, había vivido casi en exclusiva para su arte.

Onassis la enloqueció de pasión, al punto de que María llegó a decir: “No quiero cantar, quiero vivir”. Su voz, aunque siguió siendo maravillosa, perdió fuerza. Onassis no abandonó su afición por coleccionar mujeres de ensueño y sorprendió a María al casarse con Jackie Onassis. María, que siempre había sostenido que una diva, además de cantar e interpretar, tiene que ser una diosa en la vida cotidiana, no sólo se aisló: se rompió. Una nube de sombra cayó sobre ella. “Pero ¿y la noche? —se preguntaba—. ¿Qué pasa cuando cierras la puerta de tu dormitorio y estás completamente sola?”.

Pasado mañana se cumplen 100 años del nacimiento de María Callas. Brindaré por ella escuchándola embelesado, con admiración y cariño.

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