La bandera es sólo para el pueblo bueno
Lo explica Raúl Trejo Delarbre: “Para el líder populista su verdad es la única. Como representa al pueblo, y el pueblo en esa concepción siempre tiene la razón, se considera infalible. Por eso no delibera con otras posiciones, rehúye el debate y promueve, así, la ya señalada concepción polarizada de la realidad. El populismo no reconoce interlocutores”.
…el sello distintivo de los populistas es la afirmación
de que ellos, y sólo ellos, representan a los ciudadanos.
Jan-Werner Müller (El auge ¿imparable? del populismo).
Ante una manifestación que reunió a cientos de miles de personas —el Zócalo fue insuficiente: muchos manifestantes no pudieron entrar a la plaza porque estaba totalmente llena y tuvieron que quedarse en las calles aledañas— y ante el magistral discurso de Lorenzo Córdova con argumentos sólidos contra el proyecto de regresión autoritaria, el Presidente de la República no ha tenido otra reacción que la injuria, la calumnia, la descalificación —a la que se sumó sin dilación la candidata oficial— contra los manifestantes.
El Presidente no ofrece diálogo, discusión civilizada sobre su paquete de 20 iniciativas presentado el pasado 5 de febrero. En vez de eso, el agravio vulgar: acusa que quienes nos manifestamos contra esas iniciativas somos los que nos beneficiábamos con la corrupción y queremos regresar. Presidente, en serio: ¿los cientos de miles de manifestantes nos beneficiábamos con la corrupción —que, por cierto, ahora en su gobierno es escandalosa— y queremos regresar?
No me sorprende a estas alturas la majadería, la intolerancia y el autoritarismo del Presidente, pero no dejan de inquietarme. Dice Héctor Aguilar Camín, en un ensayo memorable, que López Obrador quiere ser Juárez, pero es López Obrador, quiere ser el jefe del Partido Liberal, pero es el dirigente de Morena (“El otoño del presidente”, Nexos, junio de 2022). Tiene razón Aguilar Camín, pero también, con expresiones como las que aquí refiero, parece que López Obrador quisiera ser Castro, Díaz-Canel, Chávez, Maduro, Ortega… lo que ya no sucederá, creo, pues afortunadamente se está acabando su periodo.
Acusa igualmente el Presidente que los que nos manifestamos queremos la democracia de la oligarquía, no la del pueblo. Con esa expresión el Presidente muestra que no solamente no es un demócrata, lo que ya todos sabíamos, sino que no entiende lo que son los principios democráticos: no lo aprendió, por lo visto, en sus 14 años como alumno de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM.
No hay tal cosa como una democracia de la oligarquía y una democracia del pueblo. Octavio Paz: “Ante todo debe aceptarse que la democracia no es un absoluto ni un proyecto sobre el futuro: es un método de convivencia civilizada. No se propone cambiarnos ni llevarnos a ninguna parte; pide que cada uno sea capaz de convivir con su vecino, que la minoría acepte la voluntad de la mayoría, que la mayoría respete a la minoría y que todos preserven y defiendan los derechos de los individuos”.
En la visión sectaria y fanática del Presidente, los señalamientos críticos contra su proyecto no merecen siquiera considerarse, pues provienen de los enemigos del pueblo, es decir, del antipueblo, constituido por todos los sectores de la sociedad que no lo apoyan incondicionalmente o, al menos, que no guardan silencio ante sus políticas. Él es, como lo han calificado los legisladores de su partido, la encarnación de la patria, de la nación y del pueblo. Por tanto, disentir de sus decisiones o sus objetivos es estar en contra de la patria, la nación y el pueblo.
Lo explica Raúl Trejo Delarbre: “Para el líder populista su verdad es la única. Como representa al pueblo, y el pueblo en esa concepción siempre tiene la razón, se considera infalible. Por eso no delibera con otras posiciones, rehúye el debate y promueve, así, la ya señalada concepción polarizada de la realidad. El populismo no reconoce interlocutores (Posverdad, populismo, pandemia, Cal y Arena)”.
Por eso no hay que analizar una sola de las argumentaciones contra las iniciativas del Presidente. Por eso los disidentes merecemos ser ofendidos en cadena nacional desde el púlpito de las mañaneras. Por eso se nos quita la bandera del asta del Zócalo cuando nos reunimos allí. El mensaje es claro: somos los indeseables, no formamos parte de su pueblo bueno, para el que exclusivamente gobierna López Obrador, no para nosotros.
El Presidente jamás ha utilizado contra los criminales denuestos semejantes como los que nos dedica a quienes nos manifestamos contra su proyecto de país. Para el Presidente, los criminales sí son parte del pueblo. Abrazos, lamentación cuando se dictó en Estados Unidos condena contra el Chapo Guzmán. En cambio, desprecio, anatemas e infundios para quienes disentimos de sus designios. ¿Le irritan más la disidencia, la crítica y los cuestionamientos que los brutales crímenes que en cantidad estratosférica padece el país?
