Democracia o dictadura

Ningún aspirante a gobernar ha declarado jamás, en ningún país, que su objetivo sea el de instaurar un régimen dictatorial. En cambio, la palabra democracia está revestida de un gran prestigio. No hay candidato a un cargo de elección popular que no se diga demócrata. Pero solamente lo es aquel que se propone conservar y consolidar las instituciones democráticas y cerrar todos los resquicios por los que se puedan colar aspectos autocráticos.

                La democracia es el peor sistema de gobierno diseñado             por el hombre. Con excepción de todos los demás.

           Winston Churchill

Nadie podrá decir que no sabía. Claudia Sheinbaum, al asumir totalmente, sin salvedades ni matices, el paquete de iniciativas presentadas por el presidente Andrés Manuel López Obrador el pasado 5 de febrero, está anunciando su propósito de destruir todos los contrapesos al poder presidencial, tener un Poder Judicial y unos organismos electorales sin autonomía, sojuzgados, y un Congreso en el que ya no esté representada la pluralidad política del país, en una palabra: está anunciando una dictadura.

La palabra dictadura no podría ser más antipática. Ningún aspirante a gobernar ha declarado jamás, en ningún país, que su objetivo sea el de instaurar un régimen dictatorial. En cambio, la palabra democracia está revestida de un gran prestigio. No hay candidato a un cargo de elección popular que no se diga demócrata. Pero solamente lo es aquel que se propone conservar y consolidar las instituciones democráticas y cerrar todos los resquicios por los que se puedan colar aspectos autocráticos.

A dos meses y medio de la jornada electoral, las opciones para el país son claras: la implantación de una dictadura o la conservación de nuestra democracia. Por eso mismo es que la del 2 de junio podría ser la última vez que los ciudadanos mexicanos tengamos unas elecciones verdaderas, es decir, imparciales, confiables, transparentes, en las que se cuenten todos los votos sin prestidigitación, trampa o truco alguno. Nuestro país enfrenta una coyuntura dramática.

Claudia Sheinbaum no sólo ofrece aniquilar nuestra democracia, sino también construir el segundo piso de lo que el Presidente y sus acólitos denominan la Cuarta Transformación. Es decir, si esa candidata triunfa continuaría creciendo la incidencia de homicidios dolosos, secuestros y extorsiones; las policías del país no recibirían la capacitación, los salarios y los elementos materiales y tecnológicos indispensables para realizar adecuadamente su importantísima labor; se seguiría deteriorando el sistema de salud, deterioro que ha cobrado cientos de miles de vidas; aumentaría la militarización del país; proseguiría el desastre en la educación básica; habría más recortes a los recursos de las universidades, la ciencia, la tecnología, las artes, los derechos humanos, las víctimas de delitos, las mujeres violentadas, etcétera.

La Comisión Nacional de los Derechos Humanos, rompiendo la respetable tradición de permanecer ajena a las contiendas políticas, ha expresado su simpatía por el proyecto de la candidata oficialista. No es de extrañar. Desde que ese otrora honorable organismo es presidido por Rosario Piedra, quien llegó a la presidencia en virtud de un burdo fraude sin precedente en el Senado, su abyección no ha tenido límite. Lejos de ser un ente protector de los derechos humanos, se ha convertido en un rastrero porrista del Presidente y su partido.

La del 2 de junio no es una jornada electoral más. Lo que entonces se estará jugando será la pervivencia de las instituciones democráticas que con tanto esfuerzo hemos logrado erigir varias generaciones de mexicanos, instituciones imperfectas, como suele ser toda obra humana, pero que nos han permitido disfrutar de la democracia, que es, por decirlo con palabras de Fernando Savater, “la verdadera y decisiva revolución política acaecida en la trayectoria humana” (Diccionario filosófico, Planeta).

Lo que la candidata del Presidente se propone, como asimismo se lo propuso el Presidente, es demoler esas instituciones para actuar sin contrapesos y para que su partido, como los partidos gubernamentales de Venezuela y Nicaragua, pueda permanecer en el poder indefinidamente sin obstáculos, apoyado retóricamente en la majadería de que es el único partido que representa los intereses del pueblo.

Creo que para votar por abolir nuestra democracia se requiere tener alma de dictador o de siervo. Espero que quienes, en cambio, compartimos el ideal democrático seamos más y logremos, a pesar de que enfrentaremos unas elecciones de Estado, derrotar la tentativa dictatorial.

Temas: