Colaboracionismo con el dictador
Las multitudinarias protestas contra el fraude electoral han sido brutalmente reprimidas: miles de detenciones, arrestados incomunicados y/o torturados, decenas de asesinados y desaparecidos, amenazas a los opositores perseguidos con detener a sus hijos si no se entregan. Es decir, el déspota ha exhibido toda su podredumbre moral
Sólo el apoyo de los altos mandos del ejército —cebados en la corrupción y vinculados al narco— mantiene a Nicolás Maduro en el poder. Lo sostienen las bayonetas. El tiranuelo no sólo no pudo demostrar su autoproclamado triunfo en la elección presidencial venezolana, misión imposible porque no hubo tal triunfo, sino que la oposición demostró, con la exhibición de las actas electorales, la innegable y amplísima victoria de su candidato, Edmundo González, quien obtuvo más del 60% de los votos.
Las multitudinarias protestas contra el fraude electoral han sido brutalmente reprimidas: miles de detenciones, arrestados incomunicados y/o torturados, decenas de asesinados y desaparecidos, amenazas a los opositores perseguidos con detener a sus hijos si no se entregan. Es decir, el déspota ha exhibido toda su podredumbre moral. Se aferra a su trono ensangrentado a pesar de que sabe muy bien que ha hundido a su país —pobreza, insalubridad, desabasto de alimentos y medicinas, encarcelamientos, asesinatos, destrucción de las instituciones democráticas—, por lo cual la cuarta parte da la población, ocho millones de venezolanos, ha optado por dejar su patria.
Es oprobioso que la presidenta Claudia Sheinbaum haya enviado a un representante a la toma de posesión del espurio presidente, lo que equivale a reconocerlo, con la excusa de que corresponde al pueblo venezolano “definir” (sic) su gobierno. El subterfugio es indefendible. Sí, claro que corresponde a los venezolanos decidir, y los ciudadanos venezolanos ya decidieron que no quieren una tercera gestión del sátrapa.
Con el reconocimiento al usurpador, la Presidenta mexicana y su canciller, Juan Ramón de la Fuente —¿quién lo hubiera imaginado del exrector de nuestra máxima casa de estudios?—, han escrito una de las páginas más ominosas en el libro de la política exterior mexicana, colocándose al lado de funestas dictaduras como la cubana y la nicaragüense, a cuyos respectivos tiranos tienen sin cuidado los principios democráticos y las decisiones de sus gobernados. Como señala Federico Reyes Heroles: “Una muestra más de que el gobierno mexicano es, en los hechos, un colaboracionista del autoritarismo” (Excélsior, 14 de enero). Lo suscribo y agrego: colaboracionista de un dictador asesino.
¿Por qué los dictadores se afanan en obtener y luego conservar el poder ad infinitum sin importarles que la mayoría de los ciudadanos no los respalda o haya dejado de respaldarlos ni que, en el caso de los que se reeligen, los resultados de su gobierno hayan sido catastróficos? La respuesta la da un personaje de 1984, de George Orwell: “… el Partido desea tener el poder por amor al poder mismo. Únicamente nos interesa el poder, no nos importa el bienestar de las demás personas… Estamos seguros de que nadie toma el mando con el propósito de dejarlo. El poder es un fin en sí mismo, no es un medio. Una dictadura no se establece para proteger una revolución, la revolución se hace para instaurar una dictadura”.
El poder es un fin en sí mismo y no se toma con el propósito de dejarlo, dice el personaje de Orwell. Respecto de la codicia obsesiva de poder, no podemos soslayar algunas similitudes entre el chavismo-madurismo y la 4T: la destrucción de las instituciones democráticas y el desprecio a las decisiones de los ciudadanos. En Venezuela, Maduro se agandalló la elección presidencial y anteriormente había desconocido a la Asamblea Nacional ganada por la oposición; en México, con apenas poco más de la mitad de los votos en la elección legislativa, Morena y sus partidos aliados se apropiaron del 73% de los escaños del Congreso, lo que les ha permitido reformar la Constitución sin consensuar las reformas con las minorías, desfigurándola, eliminando instituciones y principios democráticos.
- Quiero terminar esta nota declarando mi admiración a María Corina Machado. ¡Qué manera valiente y lúcida, conmovedora, de enfrentarse al poder de un pobre diablo sin escrúpulos, sin un ápice de decencia! ¡Qué manera de conquistar el corazón no sólo de los venezolanos, sino de todos los que detestamos las tiranías!
