La libertad del diablo

Hace un año, en el Festival de Guadalajara, el documental La libertad del diablo ganó el premio a la Mejor Película Mexicana, Mejor Documental, Mejor Fotografía y el premio Guerrero de la Prensa. Hay que enfatizar que en el rubro de películas mexicanas se impuso ...

Hace un año, en el Festival de Guadalajara, el documental La libertad del diablo ganó el premio a la Mejor Película Mexicana, Mejor Documental, Mejor Fotografía y el premio Guerrero de la Prensa. Hay que enfatizar que en el rubro de películas mexicanas se impuso sobre las de ficción. En el Festival de Berlín también se llevó el premio Amnistía Internacional.

Está dirigido por Everardo González, quien tiene una larga trayectoria en el género y es un documentalista de excepción, que tiene la virtud de saber colarse en la cotidianidad de sus protagonistas que se desempeñan con naturalidad, como si no existiera la indiscreción de una cámara en su ambiente.

Director de El cielo abierto, Cuates de Australia, Los ladrones viejos, Las leyendas del artegio y El Paso, entre otros muchos trabajos, González se ha especializado en historias con una denuncia implícita. Se acerca a personajes comunes que viven la persecución y la violencia y que no han perdido la fuerza ni la motivación para encontrarle el sentido a la vida.

En La libertad del diablo, un documental que todos debemos ver, Everardo explora el mundo de la violencia derivada de la guerra contra el narco del gobierno de Felipe Calderón. México es uno antes y después de esos años funestos en que la violencia, la brutalidad, la impunidad, la muerte, como jinetes del Apocalipsis, llegaron a instalarse en nuestra sociedad al grado que parece que hemos desarrollado una resistencia, como si se nos formara una capa de teflón que nos ha inhabilitado para sentir el dolor, la injusticia, la desolación de millones de víctimas. Las noticias son cada día más alarmantes, pero, tristemente, parece que ya nos acostumbramos.

Ése es el gran mérito de La libertad del diablo en que Everardo González explora los dos polos, el de la víctima que ha sufrido en carne propia la violencia y, por otro lado, el que secuestra, dispara, ataca, tortura con sangre fría, que queda impune ante el absoluto desinterés o la colusión de las autoridades.

Para contar estas historias hace que sus protagonistas se cubran con unas máscaras siniestras, parecidas a las que usan las personas que han sufrido quemaduras graves en el rostro. Sus identidades quedan protegidas, pero las máscaras tienen un efecto dramático en la mente del espectador. Conforme cuentan su historia, las lágrimas van humedeciendo la tela de la máscara y eso lo hace aún más estrujante.

Oímos el testimonio de una madre que ha perdido cuatro hijos; el de dos niñas que vieron cómo un comando se llevaba a su madre, a la que nunca han vuelto a ver, de un soldado que se justifica porque “somos especialistas en recibir órdenes”; de un joven sicario que habla con sangre fría de su primer muerto y el premio que recibió.

La libertad del diablo no te deja indiferente. Es un recordatorio frontal de que seguimos arrastrando una tragedia nacional en la que todos, todos, estamos metidos.

Muy recomendable.

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