El maíz en tiempos de guerra
Tuve la oportunidad, o más bien el privilegio, de ver el documental El maíz en tiempos de guerra, escrito y dirigida por Alberto Cortés. En esta temporada de premios y nominaciones en que la vorágine de películas extranjeras nos arrastra a apartar la mirada y la ...
Tuve la oportunidad, o más bien el privilegio, de ver el documental El maíz en tiempos de guerra, escrito y dirigida por Alberto Cortés.
En esta temporada de premios y nominaciones en que la vorágine de películas extranjeras nos arrastra a apartar la mirada y la atención de lo que se hace en México, El maíz en tiempos de guerra es una verdadera bocanada de aire fresco que, lamentablemente y por razones económicas, tiene un muy pequeño circuito de exhibición en las siguientes salas de la Ciudad de México: Cineteca Nacional, Cine Tonalá, La Casa de Cine, Film Club Café, y Cine Morelos, en Cuernavaca.
El maíz en tiempos de guerra es un largometraje documental en el que todo funciona con particular precisión: La exquisita fotografía de Marc Bellver, una bellísima música instrumental de Steven Brown y Julio García, y la supervisión del sonido directo a cargo de Emilio Cortés, Raúl Locatelli y Enrique Ojeda.
Prescindiendo de la narración en off, Alberto Cortés nos interna en cuatro diferentes comunidades indígenas, dos en Chiapas, una en Jalisco y otra más en Oaxaca. Así, conocemos a cuatro familias que por generaciones han hecho del maíz su centro de vida, su razón de ser, su sustento y no sólo para la alimentación, sino para estar integrados con la naturaleza, la tierra, con los antepasados, con rituales, con la espiritualidad, con el centro mismo del universo.
Ellos se van convirtiendo en sus casi musicales lenguas indígenas, en los narradores de un ciclo de vida en estrecha comunión con el maíz, la tierra, la lluvia, el fuego, las cenizas, el hogar, el pasado y el presente con un muy incierto futuro; seres humanos y maíz que forman una unidad. Son una muestra pequeña de la realidad de millones de familias mexicanas que nadie sabe que existen y que a pocos les importan.
Abuelos, padres, hijos y nietos que luchan todos los días por sobrevivir, que han sido despojados de sus tierras que han vuelto a recuperar, que reciben nulo apoyo del gobierno o de empresas privadas, que se enfrentan a narcos y criminales que, como letales sirenas, buscan convencerlos de que cambien sus milpas para el cultivo de amapola. Pero la magia en El maíz en tiempos de guerra es la fortaleza de estos huicholes, mixes y tzeltales, alejados de todo lo que parece urbano, plantando buena cara y sonrisas al durísimo trabajo del campo, desde niños pequeños hasta ancianos, mujeres embarazadas o amamantado a un bebé, desde que amanece hasta el anochecer, todos se la rifan por igual, recorriendo la milpa de abajo hacia arriba, preparando la tierra amorosamente, aplicando su ancestral sensibilidad y sabiduría, deteniéndose a comer el producto de su siembra y cosecha.
Llama la atención que no hay quejas ni resentimientos ni complejos. Sólo un enorme agradecimiento por estar sanos, tener la tierra y su preciado maíz, estar juntos, estar vivos.
Qué gran lección es El maíz en tiempos de guerra.
