Carne y arena

Para el público que tiene la oportunidad de sumergirse en la instalación Carne y arena, de Alejandro González Iñárritu, con fotografía de Emmanuel Lubezki, la experiencia dura seis minutos y medio. En los primeros segundos, cierta angustia se apodera de nosotros y ...

Para el público que tiene la oportunidad de sumergirse en la instalación Carne y arena, de Alejandro González Iñárritu, con fotografía de Emmanuel Lubezki, la experiencia dura seis minutos y medio. En los primeros segundos, cierta angustia se apodera de nosotros y hacia la mitad ya queremos que se acabe. Y es apenas una muestra de seis minutos y medio.

González Iñárritu recrea, en ese breve espacio de tiempo, el infierno que viven los migrantes en su cruce hacia la frontera con Estados Unidos. Lo que para ellos pueden llegar a seis horas, seis semanas, después de vivir esta experiencia de poco más de seis minutos se antoja una insoportable eternidad. Aprendes a valorar su esfuerzo, su sacrificio, su valor. Yo le agradezco a González Iñárritu y a Lubezki su enorme creatividad y sensibilidad puestas al servicio del grito desesperado de millones de mexicanos y sudamericanos que rompen con todo, su pasado, su patria, su familia, su biografía, para enfrascarse en una aventura dolorosa, muchas veces atropellada por frustrantes deportaciones y, en el peor de los casos, en muertes lentas, largas agonías en la mitad de la nada devoradora del desierto.

Actualmente se presenta en el Centro Cultural Universitario Tlatelolco. Con todo y el tránsito denso propio de estos días, vale la pena que te des un espacio para verlo, ya sea si vives en la Ciudad de México o si vienes de visita por las vacaciones. Es una experiencia individual y única. Te sugiero que te dirijas a boletoscultura@unam.mx o en la página oficial Carneyarenatlatelolco.com, ahí te explican las condiciones, cómo prepararte y qué fechas están disponibles para los boletos.

Ahora bien, entrando en materia, esto es un “espectáculo” que no se parece a nada que hayas visto, por lo tanto, tampoco has sentido algo semejante. De pronto te ves en la inmensidad de un desierto oscuro, con algunas rocas, matorrales, piedras. Estás en medio de los gritos de migrantes que huyen desesperados de las autoridades que los han descubierto: hombres, mujeres, niños; heridos, cansados, aterrados. Un helicóptero con un enceguecedor reflector ilumina la escena, te ciega a ti también, quieres tocar a alguien, tratas de alejarte del guardia que apunta, inflexible, con su arma, les habla en inglés, no le entienden, no hay compasión, no hay empatía. Son tratados como animales del desierto, a los que hay que arrastrar bruscamente a sus camionetas. Tú también tienes miedo, te sientes acosado, puedes girar 360 grados y sólo hay desolación y la nada.

Te invito a que en ese momento pienses: “Yo saldré en seis minutos”, pero los cientos de miles de familias que se la juegan diario saldrán en seis días o seis semanas o nunca.

De nuevo, gracias por esta imprescindible sacudida que invita a dejar la apatía y la costumbre, para ponernos unos minutos en los pies descalzos y sangrantes de los que no tienen voz.

Aprovecho para comentarte que tomaré unos días de descanso y me reincorporo el lunes 8 de enero.

Gracias por estar aquí y MUY FELICES FIESTAS, CON LO MEJOR PARA 2018.

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