Hipócrates, el valor de una promesa
Otra cinta francesa que pasó con éxito por las salas de ese país después de Intocables, o Dios mío ¿qué te hemos hecho?, es un estreno de este viernes, Hipócrates, el valor de una promesa Hippocrate, 2014. Con más de un millón de espectadores en Francia, ...
Otra cinta francesa que pasó con éxito por las salas de ese país después de Intocables, o Dios mío ¿qué te hemos hecho?, es un estreno de este viernes, Hipócrates, el valor de una promesa (Hippocrate, 2014). Con más de un millón de espectadores en Francia, seguramente se ubicará también en el gusto de cierto sector del público mexicano.
Está dirigida por Thomas Lilti, quien colabora también en el guión. Lilti es, además de cineasta, un reconocido médico general que plasma en esta historia sus experiencias personales en hospitales públicos, y repasa también el compromiso emocional y afectivo que los médicos establecen con sus pacientes, y que en ocasiones entra en conflicto con su ética y su juramento hipocrático.
Precisamente de este personaje, Hipócrates, toma su título la película. Aunque no se desglosa el famoso juramento, la figura de este famoso médico griego, padre de la medicina, está presente en las disyuntivas que enfrentan los médicos de la trama.
Mal definida como “comedia”, género del que, salvo contados momentos de humor, no tiene nada, en Hipócrates el protagonista es Benjamin (Vincent Lacoste), un interno de apenas 23 años que llega lleno de ilusiones y optimismo a trabajar en un hospital público con un castigado presupuesto y que es dirigido por su padre.
El hospital no tiene dinero ni para darles batas presentables al personal, al grado de que a Benjamin le dan una bata con una gran mancha verde, “pero es una mancha limpia” le dice la encargada.
La propia personalidad de Lilti se proyecta en el personaje de Benjamin y en el de Abdel, un médico argelino, muy joven también pero con más experiencia.
Ambos tienen que lidiar con órdenes de niveles superiores, no siempre las más atinadas ni lo mejor para el bienestar del paciente (así implique guiarlo a una muerte liberadora tras años de sufrimiento).
Benjamín es el médico de turno cuando llega Tsunami, un alcohólico con avanzada cirrosis que casi ha roto su contacto con la realidad.
Un dolor agudo en el abdomen hace pensar en un problema cardíaco, pero el aparato para hacer un electrocardiograma está descompuesto.
El hombre muere al día siguiente y la omisión de la prueba pone en problemas a Benjamin ante un comité de médicos.
Thomas Lilti toma el camino de la exposición de los problemas de todos conocidos en los hospitales públicos: la falta de personal, los turnos dobles trabajando en condiciones muy precarias, falta de camas, salarios muy bajos, la reducción de los presupuestos, el distanciamiento de un comité de administradores que se aleja de los verdaderos conflictos que enfrentan los hombres y mujeres entregados a su vocación, sin reconocimiento y con bajísimos salarios.
Con su evidente crítica, es una película que se pudo haber filmado en México, en donde quienes trabajan en el sector de la salud pública enfrentan innumerables obstáculos.
En algún momento, Benjamin se refiere a la medicina como “su trabajo”, a lo que Abdel responde con sarcasmo: “No es un trabajo, es una maldición”.
Aun así, ninguno de los dos está dispuesto a darse por vencido, de la misma manera que tantos héroes y heroínas anónimos siguen entregados a su vocación.
Involucrados afectivamente con los pacientes y sufriendo con su dolor, se ven orillados a acatar órdenes arbitrarias e inhumanas, o proceder como su buen juicio les dicte enfrentando serias consecuencias.
