Halley no es otra de zombies

Del director mexicano Sebastián Hoffman se estrena hoy en un pequeño circuito de distribución la película Halley, que es una muestra de cine, llamémosle diferente, hecho en México y que sí sabe alejarse de los clichés de las películas hollywoodenses de zombies ...

Del director mexicano Sebastián Hoffman se estrena hoy en un  pequeño circuito de distribución la película Halley, que es una muestra de cine, llamémosle diferente, hecho en México y que sí sabe alejarse de los clichés de las películas hollywoodenses de zombies que invaden nuestras carteleras.

No es una película para cualquier público. Si usted que me lee se incomoda con facilidad o siente rechazo por escenas muy gráficas sobre descomposición de cuerpos y cadáveres que caminan, Halley podría no ser una recomendación atinada. Pero si gusta de historias sobre flagelados, mutilados, desmembrados, despellejados, agusanados, putrefactos, malolientes, que están condenados a vagar con su miseria por este mundo eternamente, la película de Sebastian Hoffman puede resultarle atractiva y, entonces sí lo invito a que no se la pierda.

Halley es la historia de Alberto, que trabaja como encargado de la vigilancia de un gimnasio. Es un hombre solitario, deprimido, callado, delgadísimo, los huesos de la cara le acentúan un aspecto cadavérico, luce enfermo. Un día Alberto le dice a la administradora del gimnasio (Lourdes Trueba) que no puede seguir trabajando pues padece una rara enfermedad.  Esta mujer será el único personaje que parece interesado por Alberto y con la que establece algo parecido a una relación.

Uno como espectador empieza a hacer mil suposiciones en torno a lo que puede estar pasando con él: cáncer, lepra, sífilis, sida, herpes. Su aspecto da asco, incomoda, confronta.

Lo que en este género de películas es motivo de payasadas y el uso de recursos gastados para asustar con zombies que caminan como autómatas, con los brazos extendidos y las piernas rígidas,  en Halley se convierte en toda una exploración fascinante de un ser extraño, un ente vivo, pero muerto, que es y al mismo tiempo no es, que aún estando muerto parece aferrase a la vida aseando sus llagas con esmero y hasta delicadeza, pegando cintas adhesivas a una enorme herida en su costado izquierdo, lavando el cuerpo a jicarazos de agua helada, retirando los gusanos y las uñas muertas, como si ese ritual fuera el sostén del delgado y frágil hilo que todavía le permite sentir algo parecido a estar vivo. Alberto va por el mundo ocultando lo que le sucede, se cubre el rostro de un muy evidente maquillaje, le preocupa que su apariencia lo delate, se arrastra más que camina.

El guión, escrito por Hoffman y Julio Chávez Montes, revela las obsesiones de ambos y tiene varios aciertos como es el hecho de que Alberto trabaja en un gimnasio, donde la gente se contempla en un espejo esculpiendo sus cuerpos durante horas con agotadoras rutinas. También es un sitio de adicciones, a la práctica del ejercicio en exceso, a la obsesión por la perfección, al culto del aspecto físico; es un lugar lleno de vida, no sé si muy envidiable, pero vida al fin.

La metáfora del cometa Halley cuyo viaje cíclico por el Universo lo lleva a pasar cerca de la Tierra cada 75 años, nos lleva al propio ciclo de vida y muerte de todo lo que nos rodea.

Esto marca aún más la condición del protagonista que está interpretado por Alberto Trujillo, quien se pone muy bien en el decrépito cuerpo de este ser que se mueve entre los vivos y los muertos, que existe en un plano indefinible y sin que sepamos de dónde viene, qué le pasó, por qué no tiene a nadie, qué lo llevó a esta condena que arrastra con los mismos pasos lánguidos, cortos y lentos con los que se mueve.

Halley recibió muchos elogios en el pasado festival de Sundance y sin duda marca un debut muy interesante y prometedor en la carrera de Hoffman. Es una película que no hace concesiones, que hará que algunos se salgan de la sala a los pocos minutos y tiren las palomitas a la basura;  a otros los mantendrá pegados a la butaca.

El diseño de maquillaje de Adam Zodler es otro valor notable de la producción que da realismo y logra hacer a Alberto profundamente desagradable. El ritmo es hipnótico y con todo el morbo que supone nos obliga a quedarnos con él hasta el final ya que Alberto a pesar del proceso de descomposición en que está atrapado sigue siendo Alberto ¿o no?

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