La resiliencia climática no debe esperar
Frente al riesgo es urgente construir resiliencia climática, la cual no es más que la capacidad de ver y evaluar los hechos y así poder anticiparse, prepararse, responder y adaptarse a eventos peligrosos o perturbaciones relacionados con el clima, como lo indica el IPCC.
El mundo está en medio de una lucha sin precedentes por contener la pandemia de la covid-19 e intenta minimizar los costos de las afectaciones en materia económica, social y política de manera simultánea.
Pero, en medio de esta histórica crisis de salud global, los impactos climáticos no se detienen ni se frenarán, al contrario, se exacerban conforme pasan los meses y los años.
El Ártico se calienta el doble de lo previsto, de hecho, en estos momentos se incendia y derrite irremediablemente el hielo marino. En contraste, Hanna, primer huracán en el Atlántico, al tocar tierra dejó destrucción en el sur de Texas, (Estados Unidos) y bajo el agua a municipios de Nuevo León, Tamaulipas y Coahuila.
Los climatólogos no se han equivocado al señalar que el cambio climático, de origen antropogénico, es multiplicador de amenazas y pone a prueba los límites de cada nación. Las imágenes de estos hechos son testimonio de ello.
Las pérdidas humanas y económicas causadas por huracanes, incendios, inundaciones y sequías, entre otras amenazas, ponen en tela de juicio si los gobiernos nacionales y subnacionales están invirtiendo los suficientes esfuerzos para prevenir y adaptarse a las nuevas condiciones generadas por la crisis climática, resultado de la quema de combustibles fósiles por más de 150 años.
Comunidades globales enteras están vinculadas por una vulnerabilidad cada vez mayor al riesgo que representan futuras pandemias y los golpes del cambio climático.
El sociólogo británico Anthony Giddens puso de manifiesto que el riesgo no es sólo el peligro y la destrucción, sino también el cálculo y la responsabilidad.
No sólo es dejar de levantar asentamientos humanos en las riberas o alertas tempranas, por supuesto son importantes para evitar catástrofes, se trata de ir más allá de eso, además de vencer resistencias.
Porque la emergencia climática no es abstracta.
Por ello, frente al riesgo es urgente construir resiliencia climática, la cual no es más que la capacidad de ver y evaluar los hechos y así poder anticiparse, prepararse, responder y adaptarse a eventos peligrosos o perturbaciones relacionados con el clima, como lo indica el Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático.
La resiliencia climática conlleva evaluaciones sobre cómo el cambio climático irá provocando nuevos peligros y cómo se modificarán los ya existentes para así diseñar políticas públicas que ayuden a instrumentar medidas para afrontar con menores pérdidas los riesgos. Y más cuando la dramática degradación del medio ambiente no para.
Mientras las emisiones de gases de efecto invernadero continúen aumentando, el cambio climático seguirá exacerbándose. Los científicos aseguran que, aun cuando la humanidad cortara de tajo las emisiones, el clima seguiría cambiando durante algunos años en lo que los sistemas del planeta se adaptan al calentamiento en curso.
Por ello, tener una hoja de ruta de prevención es más que urgente, porque así podrían minimizarse los riesgos en materias económica y social.
Por ejemplo, para asegurar los sistemas alimentarios en el mundo se requiere de una agricultura más productiva y resiliente y ello significa, de acuerdo con la FAO, cambiar de manera importante “la forma de gestionar la tierra, el agua, los nutrientes del suelo y los recursos genéticos para garantizar que todos se usen de forma más eficiente y sostenible”.
Fuertes aguaceros, huracanes o incendios forestales afectan las tierras de cultivo, lo cual merma la producción para alimentar a miles de millones de personas.
Una buena planificación en materia de resiliencia debe asegurar el alimento no sólo para el presente, sino también para el futuro.
La adaptación al cambio climático requiere ajustes en todos los sistemas, como lo son los ecológicos, sociales y económicos para responder a los impactos que ya ocurren y los que están por venir. El reto es mayúsculo, pues los países, derivado de la pandemia del covid-19, están trazando los procesos de recuperación, por lo cual los gobiernos junto con los sectores productivos deben hacerlo sin incrementar la quema de combustibles fósiles. Al contrario, las acciones deben estar engarzadas al cuidado del medio ambiente.
La construcción de resiliencia es vital para disminuir la vulnerabilidad y así impulsar el desarrollo y crecimiento bajos en carbono, sobre todo cuando la desigualdad socioeconómica se ha acrecentado con la covid-19.
La crisis climática y la pérdida de biodiversidad hace que las poblaciones sean aún más vulnerables. El tiempo juega en contra. Los gobiernos tienen la obligación de crear sociedades más resistentes y para ello, las personas deben estar en el centro de atención.
¿Cómo hacerlo? Dándole prioridad a la resiliencia climática, de salud y desarrollo.
