Ciudades que vivan en paz con la naturaleza, el reto

Lorena Rivera

Lorena Rivera

Editorial

Las ciudades están en el centro del progreso al concentrar empleos, servicios, innovación, educación y un abanico amplio de oportunidades, así, producen alrededor de 80% del PIB global, pero ello conlleva un altísimo consumo de energía y presión sobre los recursos naturales, de ahí que sean la principal causa de la crisis climática al ser responsables de 70% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero.

 El impacto en la vida urbana es profundo, sobre todo si se considera que las metrópolis son el hogar de más de la mitad de la población del mundo y todo apunta que hacia 2030 albergarán a dos terceras partes. Sí, son causa, pero también solución al jugar un papel importante en la acción climática y ambiental.

Eso sí, debe quedar muy claro que no sólo se trata de mitigar, es decir, reducir emisiones contaminantes, el esfuerzo debe ser aún mayor en adaptación y construcción de resiliencia, partiendo de la premisa de qué tan sostenible puede ser una ciudad para sus habitantes.

Para lograrlo es fundamental involucrar a todos los sectores de la sociedad, no dejar ningún espacio sin mejorar, poner límites a la expansión metropolitana, así como analizar las desigualdades territoriales, dónde es mayor y menor el estrés hídrico y cómo se manifiesta el calor extremo, por ejemplo.

El presente y el futuro en las ciudades se determina por las condiciones de la vida cotidiana de millones de personas.

Y la Ciudad de México, que será anfitriona del Foro Urbano Mundial de ONU-Hábitat 2028 (WUF14), tendrá la oportunidad de discutir frente a otras ciudades del mundo estas condiciones como el futuro de la urbanización sostenible, vivienda social, derechos, inclusión, movilidad, cambio climático y justicia territorial.

El preámbulo de la discusión global se dio en el foro Ciudades y Comunidades hacia el Foro Urbano Mundial, uno de los espacios de diálogo de la Semana de Acción por el Clima y la Naturaleza 2026, llevado a cabo del 5 al 9 de octubre pasados.

Ahí, Fernanda Lonardoni, jefa del Programa para México, Cuba y Centroamérica de ONU-Habitat, indicó que, si no hay planificación urbana, la promesa de desarrollo y prosperidad no llegará; además, cuando una ciudad está bien planificada y gestionada se reducen desigualdades, existen más oportunidades y se mejora la calidad de vida de las personas.

Para ello se requiere la participación de todos los sectores a través de alianzas entre los gobiernos, las empresas y la sociedad civil para, así, lograr ciudades más justas, inclusivas, sostenibles y resilientes.

Las personas con menos recursos suelen tener menos alternativas para enfrentar temperaturas extremas, sufren dificultades para el abastecimiento de agua o pasan cuatro o más horas al día en el transporte público para poder llegar a sus centros de trabajo, por ello, una política urbana integral que garantice agua, movilidad y vivienda asequible exige la coordinación entre gobiernos y los distintos sectores de la sociedad con una mirada metropolitana de largo plazo. 

Un punto que resaltó Lanardoni fue que el planeta requiere ciudades que vivan en paz con la naturaleza, sin duda, todo un desafío, puesto que la visión del progreso ha sido desmontar bosques para poner cemento y expandir las construcciones y vialidades, cuando es vital protegerlos y conservarlos, porque son los principales aliados para mitigar los efectos del calor extremo al enfriar el aire, capturan carbono, filtran los contaminantes urbanos, son fábricas de agua y también proporcionan alimentos para la ciudad y sus localidades.

La Ciudad de México, por ejemplo, convive con la naturaleza, ahí están los bosques de Chapultepec y de San Juan de Aragón, los parques nacionales Los Dinamos, Desierto de los Leones y el Ajusco, no sólo eso, como recordó Erica Valencia, fundadora y directora general de México por el Clima, 60% del territorio de la capital del país es suelo de conservación y 40% restante es suelo urbano.

Proteger esa riqueza que aún queda de 60% de suelo de conservación no se logrará sólo con la recuperación de áreas invadidas o la siembra de árboles, pasa también por reducir emisiones, transformar la movilidad, cambiar materiales y métodos de construcción, reducir el consumo de energía y gestionar los recursos de manera sostenible, condiciones para que la ciudad sea viable.

En cuanto a la adaptación, ésta obliga a planear los barrios desde la gente. Requiere que las voces de los territorios tengan un lugar en la toma de decisiones públicas. Es decir, quienes habitan la colonia conocen sus problemáticas y posibilidades. Incorporar ese conocimiento puede mejorar las intervenciones y evitar que los proyectos urbanos se diseñen y levanten al margen de las necesidades locales.

Esta visión abre espacio para la innovación y la economía solidaria. Las comunidades pueden contribuir a la gestión de los recursos, la recuperación de los espacios públicos, así como el diseño e implementación de las soluciones locales, siempre y cuando existan las condiciones para sostenerlas.

La CDMX, así como muchas otras ciudades del país, incluso de América Latina, sí o sí requieren fortalecer la planeación urbana, impulsar vivienda asequible, mejorar el transporte y lograr una movilidad sostenible, integral y segura; proteger los ecosistemas y preparar a la población frente a los riesgos climáticos.

Alcanzar esto exige una agenda de intercambio, cooperación y construcción de proyectos que sí se lleven a cabo en los territorios para poder garantizar vida digna, reducir las desigualdades y proteger la naturaleza, porque esto hace posible el futuro de las ciudades.