China se abre paso como líder de la transición energética

Lorena Rivera

Lorena Rivera

Editorial

El ritmo de calentamiento se acelera más que en cualquier otro periodo en la historia del mundo y el clima está en el punto más caluroso en, al menos, 100 mil años, alerta la ciencia.

Los límites planetarios se acercan peligrosamente a puntos de inflexión irreversibles, como lo advierte Johan Rockström, director del Instituto Potsdam para la Investigación del Impacto Climático, en investigaciones e intervenciones en foros globales.

Pese a los esfuerzos, la comunidad internacional no ha frenado los impactos devastadores de la crisis climática, y la pregunta es qué puede esperar la humanidad tras la decisión de Estados Unidos de replegarse, una vez más, del escenario multilateral.

En un movimiento sin precedentes en la historia de la diplomacia climática y del multilateralismo, el gobierno estadunidense no sólo está fuera por segunda ocasión del Acuerdo de París, sino que ahora da la espalda al trabajo colectivo internacional en diferentes trincheras como salud, derechos humanos, educación, ciencia, medio ambiente y la lucha contra el calentamiento global.

El presidente Donald Trump firmó el pasado 7 de enero una orden ejecutiva que retira a su país de 66 organizaciones internacionales, incluida la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC), el tratado fundacional firmado en 1992 que sustenta toda la arquitectura de cooperación climática mundial.

La justificación es que estos organismos “promueven agendas globalistas a expensas de las prioridades estadunidenses, o abordan cuestiones importantes de forma ineficaz o ineficiente, y los dólares de los contribuyentes estadunidenses están mejor asignados de otras formas para apoyar misiones relevantes”, por ello, anunció el cese inmediato de participación y financiamiento de 35 organizaciones y una treintena de agencias vinculadas al sistema de Naciones Unidas.   

Una medida, a simple vista, más drástica que lo hecho en la primera gestión y con implicaciones importantes no sólo para el planeta, sino también para los propios intereses estadunidenses.

Para entender la magnitud de esta decisión en el ámbito climático, conviene mirar hacia atrás, en lo que se logró, a pesar del “impulso” desde la Casa Blanca a los combustibles fósiles y el intento de socavar la acción climática.

En 2015, EU ingresó al Acuerdo de París por la vía de una orden ejecutiva de Barack Obama, bajo el argumento de que no implicaba obligaciones legales vinculantes y, por tanto, no requería aprobación del Senado. Esa misma puerta permitió a Trump salir con otra orden ejecutiva, recordó Adrián Fernández Bremauntz, director ejecutivo de Iniciativa Climática de México (ICM).

En 2017, mientras el gobierno desmontaba la política climática de Obama, una parte significativa del país decidió seguir adelante sin Washington.

Tres gobernadores —Jerry Brown (California), Jay Inslee (Washington) y Andrew Cuomo (Nueva York)— lanzaron la Alianza de Gobernadores por el Clima; el objetivo fue mantener vivos los compromisos del Acuerdo de París. Agrupó a 24 estados y dos territorios que, juntos, representaban más de la mitad del PIB estadunidense.

En junio de ese año nació We Are Still In, una coalición que reunió a mil 200 alcaldes, 18 gobernadores, más de 200 universidades y cientos de líderes empresariales para cumplir la meta que EU había presentado en París: reducir entre 26% y 28% las emisiones para 2025 respecto a los niveles de 2005.

Logró acciones concretas, como la expansión de energías renovables, programas de eficiencia energética, electrificación del transporte y políticas locales más ambiciosas que las federales, sostuvo Fernández Bremauntz.

También en 2017, el exalcalde de Nueva York Michael Bloomberg y el gobernador Jerry Brown lanzaron America’s Pledge, una iniciativa para medir y registrar las acciones climáticas de estados, ciudades, empresas y otros actores no federales. La idea, dijo el director ejecutivo de ICM, era sencilla, pero poderosa, demostrar con datos que Estados Unidos podía seguir reduciendo emisiones.

No sólo eso. Más de 800 instituciones católicas firmaron la Declaración Católica del Clima, alineándose al llamado del papa Francisco a cuidar la casa común.

Este contexto permite hacer una proyección de que no necesariamente las decisiones unilaterales van a echar por la borda lo logrado —aunque no sea del tamaño de la emergencia—, porque en este año habrá elecciones de medio mandato para renovar la Cámara de Representantes y los demócratas pueden llevársela. Entonces, con ello, habrá un dique que frene decisiones “anticlimáticas”.

Para Federico Llamas Vidales, fundador y presidente del Consejo de la Universidad del Medio Ambiente, la salida de EU de organismos y tratados climáticos tiene dos consecuencias clave. Primero, implica una pérdida de liderazgo global, porque al abandonar estos espacios queda fuera de decisiones estratégicas sobre energía, economía y medio ambiente, dejando el terreno a potencias como China y la Unión Europea. Así, pasa de impulsar agendas como la electrificación o la agricultura sostenible a priorizar intereses de corto plazo.

Segundo, el impacto climático será profundo, como uno de los mayores emisores históricos, ya que su retirada aumenta el riesgo de un calentamiento global de 2.3 a 2.5 grados centígrados, con efectos duraderos como eventos extremos, inseguridad alimentaria, desplazamientos masivos y mayores tensiones sociales y geopolíticas.

Fernández Bremauntz añadió que, mientras EU se distancia, China se consolida como el nuevo líder de la transición energética global.

Ya domina la producción de paneles solares, baterías, vehículos eléctricos… y ve cómo su principal rival económico abandona voluntariamente el campo de batalla del futuro.

Y esto va contra los intereses de las empresas estadunidenses.

Sí, hay desmantelamiento en muchas áreas, como en la diplomacia climática, pero si la filantropía climática no se dejó debilitar en el primer mandato, en éste redoblará los esfuerzos y el gobierno no tendrá voz ni voto en las decisiones cruciales sobre billones de dólares en inversiones hacia organizaciones que trabajan contra la crisis climática.

Estados Unidos es más grande que la Oficina Oval, y la acción climática no depende exclusivamente del gobierno federal.

La ciencia climática no desaparecerá porque un país abandone el IPCC. Y lo que EU pierde, otros lo ganarán. La transición energética global moverá decenas de billones de dólares en los próximos años.

Así que la historia sugiere que, eventualmente, Washington volverá a la mesa. Tres años pasarán.

Mientras tanto, el resto del planeta no puede esperar. El reloj climático sigue su cuenta regresiva, indiferente a las veleidades políticas.