Cambio climático: ¿qué esperamos del futuro gobierno?

En medio de altas temperaturas, incendios, sequías prolongadas y escasez de agua en el campo y zonas urbanas, apagones, así como la muerte de fauna silvestre, el domingo pasado se llevó a cabo el último debate entre las candidatas y el candidato que aspiran a llegar a ...

En medio de altas temperaturas, incendios, sequías prolongadas y escasez de agua en el campo y zonas urbanas, apagones, así como la muerte de fauna silvestre, el domingo pasado se llevó a cabo el último debate entre las candidatas y el candidato que aspiran a llegar a la silla presidencial de México, sin que el cambio climático figurara como el eje transversal en sus agendas. Más, si una de las promesas de campaña en la que coinciden es sacar de la pobreza extrema a entre siete y nueve millones de personas.

No es suficiente ofrecer más inversión en energías limpias, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero o cuidar el medio ambiente si sólo es de dientes para afuera. Paradójicamente, prometer no empobrece.

Quien llegue a la Presidencia deberá reconocer el debilitamiento de las instituciones y las políticas ambientales y climáticas, así como el socavamiento de la ruta para cumplir con los 17 Objetivos de Desarrollo Sostenible, por lo tanto, será obligación revertir, en calidad de urgente, esa tendencia, porque los impactos del cambio climático se resienten más fuertes.

Ojalá que el futuro gobierno en sus primeros cien días ejecute acciones para la reducción de las emisiones de todos los sectores, reconozca lo incosteable que resulta continuar con los rescates de la CFE y de Pemex y, en lugar de ello, facilite las condiciones para dar paso a una transición energética justa, colectiva, inclusiva y equitativa con participación privada.

Las medidas tomadas en esta administración han sido, por decir lo menos, insuficientes para abordar la crisis climática.

México es un país de contrastes. Con una de las economías más grandes de América Latina, también alberga altos índices de pobreza, especialmente en sus zonas rurales e indígenas. Según datos de 2023 del Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval), 46.8 millones de personas viven en condiciones de pobreza.

La pobreza no sólo se limita a la falta de ingresos, incluye el acceso limitado a servicios básicos como educación, salud, agua limpia y saneamiento, vivienda digna y falta de electricidad, entre otros factores, lo cual lo hace un fenómeno social multidimensional.

Y el cambio climático pone muchísimo más presión.

De acuerdo con el Banco Mundial, el cambio climático aumentará hasta 300% la pobreza extrema en América Latina y el Caribe para el año 2030.

En Chiapas, los agricultores enfrentan no sólo la pobreza, sino también los efectos palpables del cambio climático.

La agricultura es una de las principales actividades económicas de ese estado, sin embargo, los cambios en los patrones de lluvia y temperatura están afectando severamente los cultivos de café. Muchos agricultores viven en condiciones precarias y ven cómo sus cosechas se reducen año tras año, incrementando su vulnerabilidad económica.

Pero el impacto climático no se limita al sector agrícola. Las comunidades costeras, como las de la Península de Yucatán, enfrentan la amenaza de la elevación del nivel del mar y la erosión costera.

Proyecciones del Panel Intergubernamental de Expertos sobre el Cambio Climático indican que para 2100 el nivel del mar en las costas mexicanas podría aumentar hasta un metro, lo cual tendría consecuencias devastadoras para las comunidades pesqueras y turísticas.

Los fenómenos meteorológicos extremos y el aumento del nivel del mar han demostrado ser especialmente devastadores y afectan desproporcionadamente a los más pobres.

Ahí está la comunidad de El Bosque, en Tabasco, donde la subida del mar orilló al desplazamiento de alrededor de 200 personas. Familias sometidas a una larga espera para ser reubicadas, ahora son acechadas por la pérdida de su identidad.

La crisis climática también exacerba los problemas de salud pública.

Ayer dio inicio la tercera ola de calor en el país —de cinco previstas por el Sistema Meteorológico Nacional—, con altas temperaturas de entre 40 y 45 grados centígrados y sensaciones térmicas de hasta 50 grados.

Las olas de calor no sólo producen golpes de calor, sino también generan estrés térmico por calor, sobre todo en bebés, niños, adultos mayores y personas con enfermedades crónicas.

Las casas de las familias que viven en situación de pobreza generalmente están hechas de lámina, cartón y otros materiales de desecho, lo cual hace que en el interior las temperaturas muy calientes se sientan aún más extremas.

Un estudio del Centro para el Desarrollo del Niño de la Universidad de Harvard halló que las mujeres embarazadas y los niños son más vulnerables al calor extremo.

En mujeres embarazadas, la exposición al calor sofocante puede reducir el flujo sanguíneo a la placenta y aumentar el riesgo de deshidratación, lo que incrementa la probabilidad de muerte fetal, nacimientos prematuros y niños con bajo peso.

En los niños, el calor extremo eleva rápidamente su temperatura corporal y, como no pueden regularla ni procurarse agua o condiciones más frescas, dependen de sus cuidadores. Al aumentar su vulnerabilidad al sobrecalentamiento, puede llevar a graves problemas de salud, como insuficiencia renal, convulsiones, coma o muerte.

Ahora bien, mujeres embarazadas y niños en situación de pobreza suelen tener niveles bajos de salud y, si están expuestos al calor extremo, los peligros crecen.

La lucha contra la pobreza y el cambio climático en México es una lucha por la justicia social y ambiental, por garantizar que todos los mexicanos puedan vivir en un entorno seguro y saludable. Esperemos que el próximo gobierno entienda y atienda.

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