El cambio climático acecha y la atención mundial está en otras cosas

El panorama global de riesgos ha dado un giro inesperado. Las problemáticas geopolíticas y económicas dominan, pero el planeta arde. Sí, la atención hacia la crisis ambiental se desdibuja.

El Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) halló que la humanidad está atrapada en una contradicción peligrosa, mientras los sistemas terrestres se acercan a puntos de no retorno, la atención de los líderes se desvía hacia otros incendios.

En 2019, el cambio climático y los impactos ambientales dominaron por primera vez el reporte del WEF.

Siete años después, la edición 21 plantea una verdad incómoda, en el corto y mediano plazos (2026-2028) los riesgos ambientales pierden prioridad, justo cuando la gobernanza climática global se fragmenta.

En contraste, estos peligros a largo plazo (2026-2036) se colocan como los más graves para la humanidad.

Basado en la Encuesta de Percepción de Riesgos Globales (GRPS), que consulta a más de “mil 300 líderes y expertos globales de la academia, empresas, gobiernos, organizaciones internacionales y sociedad civil”, el documento revela que en el horizonte a dos años el mapa de riesgos ha sido colonizado por la confrontación geoeconómica, que se posiciona como el número uno para 2026, le siguen desinformación, polarización social y conflictos armados estatales.

Los fenómenos meteorológicos extremos pasan del segundo al cuarto lugar; la contaminación cae del sexto al noveno; la pérdida de biodiversidad y los cambios críticos en los sistemas de la Tierra se deslizan hacia la mitad inferior de la tabla.

Quizá porque aún se cree que los peligros del cambio climático son a futuro, pero no es así, los impactos ya se resienten y el planeta entró a un umbral crítico.

Este desplazamiento se explica por un mundo debilitado por rivalidades sistémicas y conflictos susceptibles de contagio regional. Además, se ha exacerbado una “multipolaridad sin multilateralismo”, según los expertos.

La multipolaridad implica que el poder global está concentrado en varias potencias: Estados Unidos, China, la Unión Europea, Rusia, India, por ejemplo. Aunque EU se afana por lograr el poder unipolar, pero eso pertenece a otro análisis.

Esto significa que las potencias priorizan la soberanía y el beneficio nacional, por ello, la cooperación climática se debilita al no responder a sus intereses.

Sin embargo, el rigor de los datos científicos y la percepción experta coinciden en una advertencia sombría, en el largo plazo (2026-2036), los riesgos ambientales siguen siendo los más apremiantes para la humanidad.

Los fenómenos meteorológicos extremos mantienen su posición como el riesgo principal.

De hecho, la mitad de los 10 riesgos más graves para la próxima década son ambientales: pérdida de biodiversidad ocupa el segundo lugar, seguida por cambios críticos en los sistemas terrestres en el tercero, mientras que en el sexto sitio se ubica la escasez de recursos naturales y en el décimo la contaminación.

Cerca de tres cuartas partes de los expertos perciben el panorama ambiental para los siguientes 10 años como “turbulento” o “tormentoso”.

La realidad física del planeta no se detiene ante las agendas geopolíticas. El año 2024 fue confirmado como el más cálido registrado en la historia, mientras que 2025 ya se posicionó como el tercero más caluroso.

Un elemento tan interesante, como preocupante es que el informe del WEF identifica fuerzas estructurales que complican la respuesta climática.

La aceleración tecnológica, en especial la inteligencia artificial, se presenta como un arma de doble filo.

Si bien ofrece herramientas para la agricultura de precisión o la salud, por ejemplo, los resultados adversos de la IA son el riesgo que más rápido sube en la clasificación de gravedad para la próxima década.

Además, la IA impone una carga física masiva. Se calcula que para 2030-2035 los centros de datos podrían consumir hasta 20% de la electricidad mundial.

Por su parte, polarización social y desigualdad —identificada por segundo año como el riesgo más interconectado— erosionan la confianza necesaria para implementar políticas climáticas de largo plazo.

Y es aquí donde líderes, gobiernos, empresas y sociedad no deben perder la brújula ni dejar de lado la lucha contra la crisis climática, porque los impactos ambientales están anclados a lo económico, la desigualdad —de hecho la profundizan— y la polarización social.

Esta divergencia entre el corto y el largo plazo revela un problema de gobernanza más profundo. El cambio climático es un riesgo sistémico, multidireccional y acumulativo. Sus impactos no siempre se alinean con los ciclos políticos, financieros o mediáticos. Ni tampoco esperan a la estabilidad.

En un mundo donde las crisis suceden a gran velocidad, la atención se desplaza hacia aquello que amenaza con estallar mañana, aunque lo que se gesta en silencio tenga consecuencias más devastadoras.

A pesar del pesimismo que refleja el informe, éste no es una sentencia, sino un llamado a la acción. El énfasis debe trasladarse hacia la resiliencia y la innovación sistémica.

Los líderes eligen apagar los fuegos inmediatos de la geopolítica y la economía, pero omiten aquellos ligados a la crisis ambiental.

El desafío es no esperar a que el siguiente desastre de cientos de miles de millones de dólares obligue a actuar. La solución pasa por reconocer que seguridad nacional, estabilidad económica, salud ambiental y tecnología son imposibles en un planeta en el que sus sistemas colapsan.

La respuesta está en reconocer interconexiones y actuar en lo inmediato con visión a largo plazo.

Ya veremos cuál es la reacción a este informe en el Foro Económico Mundial de Davos que ayer inició.

Temas: