La Ciudad de México se calienta más rápido de lo que se admite en la conversación pública. No se trata de una sensación térmica amplificada por el tránsito, el pavimento, los edificios y las construcciones de acero, vidrio y cemento, sino de un fenómeno medido y documentado.
Son las islas de calor urbanas, esas zonas donde la temperatura es significativamente más alta que en otras áreas, incluso, separadas por unos cuantos metros de distancia.
Las altas temperaturas intensifican las islas de calor por una combinación de factores como pérdida de cobertura vegetal, expansión urbana desordenada y superficies que absorben y luego reemiten el calor atrapado, como el asfalto.
Ocurre porque el planeta se calienta a un ritmo alarmante y esta gran urbe lo hace de forma más feroz. Las zonas con más construcciones han registrado temperaturas entre tres y cuatro grados más altas que las áreas con mayor cobertura de árboles.
Frente a esto, las acciones de adaptación son más que urgentes, porque la mitigación de emisiones de gases de efecto invernadero son lerdas, tanto a escala global, como local.
Y existe un abanico prometedor de soluciones basadas en la naturaleza (SbN) al alcance de cualquier ciudad para reducir los efectos adversos del calor extremo en la salud pública, los sistemas eléctricos, incluso, la disponibilidad de agua.
De acuerdo con un reporte reciente del World Resources Institute (WRI), la diferencia de temperatura entre zonas arboladas y áreas densamente urbanizadas puede superar los cinco grados centígrados.
¿Parece poco? Pues no lo es. Ese margen, que en papel se ve manejable, en la práctica puede significar la diferencia entre poder o no caminar por la calle o realizar un trabajo a la intemperie. El impacto va desde golpes de calor, mayor consumo energético, deterioro de la calidad del aire, hasta presión adicional sobre sistemas de salud de por sí saturados.
El calor urbano afecta el confort y eleva los riesgos de mortalidad, especialmente entre poblaciones vulnerables, como adultos mayores, trabajadores al aire libre y comunidades con acceso limitado a servicios básicos, sobre todo, en las periferias, donde la cobertura verde es escasa.
Frente a intervenciones tecnológicas costosas o de implementación lenta, la naturaleza ofrece respuestas probadas, multifuncionales y, en muchos casos, más accesibles.
Un estudio publicado en Nature sugiere que aumentar la cobertura arbórea en 30% podría prevenir casi 40% de las muertes relacionadas con el calor en entornos urbanos.
Por su parte, el WRI asegura que “los árboles son una de las herramientas más prácticas que tienen las ciudades para combatir el calor. Al proporcionar sombra y refrigeración por evaporación —el equivalente a un sistema de aire acondicionado—, brindan alivio a las personas que se encuentran al aire libre y ayudan a reducir la temperatura ambiente”.
Esta organización analizó más de 60 ciudades y halló corredores urbanos disponibles e “infrautilizados”, lo cual abre la puerta a plantar más árboles. De hecho, algunos barrios con una buena cobertura vegetal muestran un impacto positivo, porque se sienten más frescos.
El Laboratorio de Ciudades Frescas del WRI indica que “los árboles pueden mejorar el confort térmico entre dos y ocho grados Celsius”.
Los árboles urbanos son infraestructura crítica. La capacidad refrescante proviene de la sombra directa y libera vapor de agua por transpiración, lo cual reduce la temperatura del aire circundante.
El WRI calcula que una cobertura arbórea bien distribuida a escala de barrio tiene impactos directos en la salud pública y el consumo energético.
La discusión se complica cuando se pasa de la teoría a la implementación. Debe tomarse en cuenta que no toda solución verde es automáticamente eficaz.
En el caso de la Ciudad de México la línea de defensa se desmorona, aún hay árboles viejos, con plagas y enfermos, además de falta de mantenimiento y planeación, así que apostar por reforestar sin estrategia puede ser tan ineficiente como no hacer nada.
Durante el último medio siglo, el crecimiento exponencial de la mancha urbana sustituyó el suelo natural. A esto se suma la herencia de haber desecado la naturaleza lacustre del valle, eliminando los cuerpos de agua que antes regulaban el aire.
Reforestar una ciudad como la capital mexicana implica tomar decisiones técnicas que no siempre son evidentes en política pública. ¿Qué especies plantar? ¿Dónde? ¿Con qué mantenimiento? ¿Qué disponibilidad hídrica? Son preguntas que definen el éxito o fracaso de cualquier programa.
La reforestación urbana ha arrastrado un problema estructural, la selección inadecuada de especies. En muchos casos, se han plantado árboles exóticos o no adaptados a las condiciones locales, ya sea por disponibilidad comercial o por desconocimiento. El resultado, árboles que requieren más agua de la que se tiene, no sobreviven a largo plazo o generan conflictos con la infraestructura urbana, como raíces que levantan banquetas o copas que interfieren con el cableado.
Expertos han insistido en la necesidad de priorizar especies nativas o endémicas. No es por capricho estético, como en el caso de las jacarandas, que si bien hermosean calles y avenidas emblemáticas, es una especie invasora que desplaza la vegetación nativa, siendo un riesgo para los ecosistemas urbanos.
Así que, reforestar es una decisión basada en eficiencia. Árboles como liquidámbar, fresno y trueno, además de refrescar, ofrecen servicios ecosistémicos robustos y son especies adaptadas a las condiciones climáticas y del suelo, lo cual reduce el riego intensivo en esta ciudad que enfrenta estrés hídrico.
Las SbN también son parte de la infraestructura de salud pública y, los árboles, además de mitigar el calor, tienen un beneficio psicológico, pues una caminata en medio de éstos puede ayudar a reducir estrés, presión arterial y depresión.
