Se acercan los meses del Niño… extremo, se enciende alerta

En las últimas semanas, climatólogos y meteorólogos han estado alertando sobre la llegada del fenómeno de El Niño... más potente, pero en la conversación pública no se le da el peso que debiera tener.

El Niño extremo durante los próximos nueve y 12 meses podría empujar las temperaturas de todo el planeta más allá del umbral de 1.5 grados centígrados, de hecho, muchos científicos hablan de alcanzar los dos grados, además de romper récords de olas de calor.

El umbral del 1.5 grados no es un número arbitrario, es el punto a partir del cual los impactos climáticos podrían volverse, en muchos casos, irreversibles.

Pero antes de llegar a eso hay que entender qué es lo que está pasando en el Pacífico.

El Niño-Oscilación del Sur (ENOS) es uno de los patrones climáticos más poderosos de la Tierra, el océano Pacífico se calienta más de lo normal cada cierto tiempo, generalmente de entre dos a siete años. 

Ese exceso de calor se transfiere a la atmósfera, altera la circulación atmosférica global y debilita los vientos alisios. Se modifican los patrones meteorológicos, algunas regiones experimentan lluvias e inundaciones intensas, mientras que otras, sequías severas. Además, contribuye a un aumento de la temperatura media global.

Cuando ese calentamiento supera los dos grados centígrados por encima de la media, el fenómeno se convierte en El Niño extremo, lo que coloquialmente llaman “súper El Niño” —aunque la Organización Meteorológica Mundial no utiliza ese término porque no forma parte de sus “clasificaciones operacionales estandarizadas”—. La OMM prefiere hablar de un evento “fuerte” o “extremo”.

La más reciente actualización climática estacional global de la OMM indica un posible retorno de condiciones de El Niño entre mayo y julio próximos.

Un dato que debe quedar muy claro. Los científicos apuntan a que no existen señales de que el cambio climático “aumente la frecuencia o la intensidad de los episodios de El Niño”, lo que sí hace es amplificar efectos asociados, esto es, fenómenos meteorológicos extremos, como olas de calor y lluvias intensas, pues disponen de más energía y humedad a raíz del aumento de las temperaturas del aire y del océano.

Lo que hace distinto este episodio no es sólo su magnitud, sino las actuales condiciones del planeta que lo recibirá. 

El Niño de 2023-2024, combinado con el calentamiento antropogénico, secó vastos territorios de la Amazonía, destruyó medios de vida, desplazó comunidades enteras y convirtió algunos bosques en emisores netos de dióxido de carbono, considerados sumideros de carbono, lo cual los científicos llamaron un “cambio de régimen” en el ciclo del carbono amazónico.

Eso pasó con un El Niño moderado. Lo que se avecina, según varios pronósticos, es cualitativamente superior.

Desde 1850 han ocurrido alrededor de seis eventos de esa magnitud. Algo que, en promedio, aparece una vez cada tres décadas. Y, sin embargo, ahora podría regresar en un planeta más caliente. Eso es un hecho de la crisis climática.

Las alertas están encendidas.

El impacto en México depende de la geografía del riesgo, pues mientras el norte —Chihuahua, Sonora y las zonas agrícolas del noroeste— podría enfrentar sequías más intensas y prolongadas, las costas del Pacífico verían incrementado el riesgo de ciclones de alta categoría, y el sur y sureste —Guerrero, Oaxaca, Chiapas— enfrentarían lluvias extremas e inundaciones. Todo eso, potencialmente, al mismo tiempo.

El Niño más extremo va a llegar y habrá que esperar a ver qué tan fuerte puede ser, mientras pasa, las recomendaciones están en fortalecer prevención y alertas tempranas.

En América Latina, la Oficina de las Naciones Unidas para la Reducción del Riesgo de Desastres ha documentado que El Niño suele manifestarse en extremos opuestos, sequías prolongadas en unas regiones, lluvias torrenciales en otras. Ambas caras del mismo fenómeno.

Del 22 al 24 de abril se realizó la Reunión Nacional de Protección Civil para la temporada de lluvias y ciclones tropicales 2026, en Boca del Río, Veracruz. Participaron representantes de las 32 entidades, la Defensa Nacional y la Secretaría de Marina, y se habló de limpieza de ríos, estabilización de laderas, capacitación comunitaria y alertamiento temprano. 

Más de mil 200 integrantes del Sistema Nacional de Protección Civil asistieron a talleres. El coordinador del SMN confirmó que existe una probabilidad de 61% y “se espera que este fenómeno persista y se fortalezca durante el pico de la temporada de ciclones tropicales (agosto a octubre). Hacia el invierno, existe una probabilidad de 25% de que evolucione a un evento de El Niño muy fuerte”.

Ojalá se entienda la diferencia entre la gestión de emergencias y la gestión del riesgo de desastres. La primera interviene tras el evento. La segunda, impulsada por el Marco de Sendai adoptado por México en 2015, actúa antes: ordena el territorio, fortalece infraestructura hidráulica y promueve sistemas agrícolas resilientes.

En esa dimensión preventiva, el país tiene brechas enormes que ninguna reunión de tres días cierra. 

Las ciudades más vulnerables siguen sin planes de ordenamiento territorial actualizados. Los sistemas de alerta temprana a nivel municipal son, en la mayoría del país, casi inexistentes. 

Y el presupuesto para prevención de desastres es marginal frente al que se destina a la respuesta reactiva.

Científicos indican la probabilidad de que la temperatura global llegue a dos grados Celsius en 2027, lo cual es alarmante y en la gestión del riesgo, eso es más que suficiente para actuar.