¿Y las visas para los animalitos, dónde?

Da la impresión de que en la cabeza de Donald Trump sólo una idea da vueltas, cuando seguramente habrá otras cosas más urgentes e importantes. Seguro ha de ser en lo primero que piensa al levantarse y lo último cuando se va a la cama. Hasta es posible que no le deje dormir. Sólo así se entiende —o tratamos de entender— esa obcecación por construir, a la voz de ya, el muro fronterizo entre Estados Unidos y México para frenar el paso de droga y migrantes.

Tan es así que el viernes pasado el Departamento de Seguridad Interior, Aduanas y Protección Fronteriza anunció que en los primeros días de marzo inicia la convocatoria de licitación para que las empresas interesadas presenten prototipos estructurales del muro y en abril, conforme a calendario, arranque el proceso de construcción.

Trump prometió que de esta manera combatirá a los “bad hombres”. Pero en realidad, él, sus asesores y la mayoría de sus secretarios de Estado son “bad hombres”. Es más, podemos decir que conforman una especie de nuevo eje del mal, cuyas decisiones se encaminan a las ganancias a costa del medio ambiente y a terminar con toda acción contra el cambio climático.  

Ciertamente el muro podrá detener o hacer más difícil el tránsito de personas sin documentos que quieren vivir “el sueño americano”, o pondrá muchas trabas a un intercambio comercial que por décadas ha sido benéfico para ambos lados de la frontera.

Pero lo que no quiere ver la administración Trump es que la vecindad entre Estados Unidos y México hace naturalmente indivisible la biodiversidad que puebla esa franja. Los estudiosos de ambos lados señalan que ahí viven alrededor de 800 especies, pero más de cien de éstas, están amenazadas.

Sí. Los animales que habitan desde siempre en los más de tres mil kilómetros fronterizos no saben de pasaportes ni visados. Tampoco entienden de diagnósticos sicológicos ni de conflictos geopolíticos ni de promesas de campaña.

Ni los ancestros de Trump tienen tantísimos años viviendo en América como sí algunas especies. De hecho, las rutas migratorias de los animales son milenarias.

Aproximadamente tres millones de años tiene el oso negro habitando en toda Norteamérica. En México, son seis estados donde vive: Sonora, Chihuahua, Coahuila, Nuevo León, Zacatecas y Durango; podría decirse que tiene doble nacionalidad, ¿no? Pero aquí y allá, esta especie se encuentra en peligro por la reducción de su hábitat y por la caza furtiva.

El berrendo está en peligro de extinción en nuestro país. Poco más de mil ejemplares quedan entre el Desierto del Vizcaíno, Baja California; Chihuahua, Sonora y Coahuila. Pudo sobrevivir a uno de sus depredadores por excelencia: el tigre dientes de sable. Pero quién sabe si en el futuro cercano la libre en la era destructora de Trump.

Esa monumental obra, en cuanto llegue a los tramos donde actualmente no hay vallas ni cercos, bloqueará para siempre el libre paso del berrendo, así como de venados bura y cola blanca, los cuales aprendieron a adaptarse a las difíciles condiciones desérticas que ahí imperan.

Uno de los investigadores más reconocidos en el estudio del impacto ambiental que traerá el muro de Trump, Gerardo Ceballos, del Instituto de Ecología de la UNAM, ha advertido que la capacidad de desplazamiento de las especies animales entre ambos lados es clave para su supervivencia.

Pero esa pared bloqueará movimientos naturales y rutas migratorias de especies. Se fragmentarán poblaciones y no habrá intercambio genético. Sumemos que las pequeñas poblaciones de animales difícilmente resistirán las variaciones climáticas.

Aunque sabemos que los felinos por naturaleza son excelentes trepadores y que siempre caen parados, para ocelotes, pumas y jaguares será misión imposible saltar un muro de hasta 15 metros de alto.

En el sur de Estados Unidos quedan tan sólo tres jaguares. El que continúen con vida o no dependerá del poder reproducirse con ejemplares mexicanos. Pero por la obsesión de Trump, su muerte está echada, a menos que el gobierno estadunidense otorgue permisos y visas para regresar.

También están los lobos, que habitan en el sur de Nuevo México, sureste de Arizona y oeste de Texas. Los pocos que quedan han sobrevivido a la caza y a la persecución de los granjeros que temen ver atacados sus ganados. Pero que no se nos olvide, por años, el hombre invadió sus entornos naturales.

El perrito de las praderas se extinguió del lado estadunidense; mientras que en el nuestro, el perrito llanero mexicano —endémico del centro-norte del país— está en peligro de extinción. Aún viven pequeñas colonias en Coahuila, Nuevo León, Zacatecas y San Luis Potosí. La oportunidad de recolonizar se esfumará con el primer ladrillo que se ponga.

La zorra del desierto, el tejón, el borrego cimarrón, el bisonte americano y la codorniz de Moctezuma, entre otros habitantes fronterizos, también tienen los días contados. El ecocidio del eje del mal se avecina.

Otra amenaza. El muro podría desencadenar peligrosas inundaciones al bloquear el flujo natural del agua. ¿Estaremos preparados para ello en ambos lados?

Twitter: @lorerivera

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