Ring legislativo
No era posible que quedara impune en sus afanes de acusar a los morenistas de traición a la patria o de de narcos o de mafiosos y la idea fue que se debía responderle, sin caer en sus provocaciones, para evitar que se victimizara
La noche del lunes, mientras el país se colocaba en una situación peligrosa, por la decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de ordenar la aplicación de aranceles de 25% a todas las mercancías que México vende a su país, en el chat de las y los senadores de Morena el tema más importante era otro: ¿cómo contener a la panista Lilly Téllez?
El miércoles 26 de febrero, Lilly Téllez había sacado de sus casillas a los morenistas, como lo hace en el 70% de las ocasiones que habla en la tribuna, pero, en esta ocasión, la violencia física estuvo muy cerca de ser realidad en el pleno del Senado, cuando la morenista Lucía Trasviña le arrancó en dos ocasiones el megáfono con el cual interrumpía.
“¡Cállese, hocicona! ¡Cállese, orate!”, le dijo Lucía Trasviña momentos antes de arrancarle el megáfono, mientras el presidente del Senado, el morenista Gerardo Fernández expresaba desde tribuna que “el que no quiera ver visiones que no salga de noche”, para justificar la reacción de su compañera morenista.
Por eso, la noche del lunes, en el chat de las y los senadores de Morena, el interés primordial de los senadores era Lilly Téllez.
No era posible que quedara impune en sus afanes de acusar a los morenistas de traición a la patria o de narcos o de mafiosos y la idea fue que se debía responderle, sin caer en sus provocaciones, para evitar que se victimizara.
Cuando el martes 4 de marzo Lilly Téllez subió a tribuna a llamarles “narcopolíticos” a los morenistas y, tal como se acordó, de inmediato Gerardo Fernández, en su papel de presidente del Senado, dijo que “rechaza categóricamente las acusaciones irresponsables sobre quienes formamos parte del grupo parlamentario de Morena; es una falta de respeto enorme; una verdadera irresponsabilidad y un acto irresponsable”.
Luego, su compañera Julieta Ramírez llamó “cuervos carroñeros” a los panistas.
Lilly Téllez tomó una campana y la hizo sonar alrededor de la tribuna y provocó que se declarara un receso.
La estrategia de los morenistas no tuvo el éxito que buscaban.
Como no lo tuvo hace un par de años cuando la entonces senadora Rocío Abreu endilgó a Lilly Téllez una ligereza sexual que incluyó al marido de una amiga común de ambas senadoras, según Abreu. Tampoco lo logró Lucía Trasviña cuando fue hasta el atril de la tribuna a decirle a Lilly Téllez que no aceptaba que les llamara delincuentes, mientras manoteaba a una panista que no se inmutaba.
Las escenas muestran a un Senado muy alejado de la racionalidad parlamentaria que lo caracterizó por décadas. Una racionalidad de debate que, incluso lo hacía aburrido para las pocas personas que ponen atención a su vida interna. “Es mucho más divertida la Cámara de Diputados”, era el comentario frecuente.
El Senado siempre fue espacio para constitucionalistas y otro tipo de juristas y especialistas en derecho parlamentario o en economía o en hacienda en impuestos o en seguridad, que lo mismo debatían si la redacción de un artículo era correcta, que sobre las implicaciones políticas, sociales y económicas de una reforma o nueva ley.
La primera vez que la serenidad del Senado se rompió fue el 10 de abril de 2008, cuando los entonces perredistas y emecistas afines a Andrés Manuel López Obrador y liderados por Rosalinda López, Ricardo Monreal y Tomás Torres, tomaron la tribuna del Senado por primera vez en su historia.
A partir de ahí han ido en aumento las escenas de tensión y violencia verbal. Layda Sansores, única senadora de Movimiento Ciudadano en la LXII Legislatura, usó por primera vez un megáfono para hacerse escuchar e interrumpir la sesión; incluso citó a José Saramago para lanzarles una mentada a los senadores del PRI, PAN y el Partido Verde.
Pero en este 2025, la polémica, la polarización, la agresión, principalmente entre panistas y morenistas, son tan frecuentes que el otrora recinto de debates históricos en materia de leyes está convertido en un ring legislativo en el que es imposible identificar quiénes son los técnicos y quiénes son los rudos.
