Poder Legislativo: regresión a la intrascendencia

Desde que Morena tiene la mayoría calificada en ambas Cámaras hemos presenciado la regresión a los tiempos de los legisladores “levantadedos”, que se limitan a levantar la mano para votar en favor de las propuestas presidenciales y, si hay que hacerles cambios, es el propio gobierno el que los hace; es decir, los legisladores federales perdieron, de facto, su capacidad de legislar.

Quienes nacimos el siglo pasado sabemos que el Poder Legislativo en México pocas veces ha gozado de buena fama, incluso durante décadas su trabajo fue totalmente intrascendente para la mayoría de los mexicanos, porque la Cámara de Diputados y el Senado sólo eran unos legitimadores de las decisiones del Ejecutivo federal.

Ésta es la tercera vez que hago referencia al magnífico libro de Jorge Carpizo: El Presidencialismo Mexicano, porque hace una descripción brutalmente exacta de lo que fue la época del dominio priista, en el que la división de Poderes era clara y perfecta en la letra constitucional, pero no existía en la realidad.

El doctor Carpizo explica que en el viejo presidencialismo mexicano había “un debilitamiento del Poder Legislativo, ya que la gran mayoría de los legisladores son miembros del partido predominante y saben que si se oponen al presidente, las posibilidades de éxito que tienen son casi nulas y que seguramente están así frustrando su carrera política”.

Es decir, cuando el presidencialismo priista existía, el Poder Legislativo jamás se oponía a las decisiones de un mandatario federal, porque eso implicaba el fin de su carrera política; sin embargo, el mismo sistema presidencial priista permitía que sus legisladores jugaran a ser oposición interna, críticos y hasta rebeldes para simular que había una división de Poderes.

“Levantadedos” era el apodo que millones de mexicanos le pusieron a los legisladores federales, principalmente a los diputados federales, porque el Senado era escasamente conocido por los ciudadanos.

Recuerdo que hace unos 35 años estalló un escándalo, cuando se conoció que un grupo de diputados se había llevado el escaño a su casa, cuando terminó su Legislatura; luego otro, cuando se descubrió que el servicio de edecanes en San Lázaro era también un servicio sexual para algunos diputados y, por supuesto, de regalos que Elba Esther Gordillo dio a sus diputados cercanos, cuando fue coordinadora de los diputados federales del PRI, fueron un escándalo, porque se trataba de relojes y fistoles de lujo.

Hubo un periodo, desde el año 2000 hasta 2018 en que las derrotas electorales del PRI convirtieron al Congreso de la Unión en un espacio donde ya no se aprobaba en automático lo que pedía el Presidente de la República, aunque el tema de los escándalos se mantuvo.

Durante los primeros seis años de Morena como fuerza política dominante, el Congreso de la Unión mantuvo un bajo perfil en materia de escándalos, aunque en el Senado se criticó que el entonces máximo líder, el morenista Ricardo Monreal, había utilizado los recursos del propio Senado para editar sus libros.

Y como Morena no tenía mayoría calificada en el Senado, el trabajo legislativo era, digamos, más normal en materia de debates, diálogo, acuerdos y contrapesos en materia de reformas constitucionales y resurgió la orden de no cambiarle ni una coma a las reformas secundarias.

Pero a partir de que Morena tiene la mayoría calificada en ambas Cámaras hemos presenciado la regresión a los tiempos de los legisladores “levantadedos”, que se limitan a levantar la mano o activar el tablero electrónico para votar en favor de las propuestas presidenciales y, si hay que hacerles cambios, es el propio gobierno el que los hace; es decir, los legisladores federales perdieron, de facto, su capacidad de legislar.

A diferencia de lo que ocurría el siglo pasado, ahora vemos que los diputados federales y los senadores ya ni siquiera quieren ir a trabajar a las Cámaras y prefieren hacerlo mientras comen tacos, juegan pádel, van en sus coches o en cualquier otra actividad que no es la legislativa, por la que ganan más de cien mil pesos mensuales.

Los vemos trasladarse en helicópteros, viajar a todo lujo al extranjero, llenarse de joyas y ropa de marca; incurrir en conflicto de intereses al aceptar regalos del sector privado o incluso de gobiernos extranjeros; pelearse por estar cerca de un funcionario público, usar los salones de sesiones como salones de baile y reírse de quienes los critican, sin el menor asomo de sentirse avergonzados por su comportamiento.

Lamentable.

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