La liturgia UNAM, a fase de finales
En este año sí han existido golpes bajos, pero nada que ponga en peligro real a alguno de los aspirantes. Al menos, hasta el momento, que es el inicio de la etapa más interesante, porque se trata de la decantación más importante en un proceso de sucesión.
El lunes, el proceso de sucesión en la rectoría de la UNAM entra a su última semana de auscultación y se conocerán los nombres de las mujeres y hombres que serán llamados por la Junta de Gobierno, porque la revisión los convierte en los mejores perfiles para suceder al rector Enrique Graue.
Hasta el momento, el proceso se ha desarrollado con tranquilidad, aunque hace dos semanas esa paz se alteró por las descalificaciones que hizo Ricardo Rojas Arévalo, ahora exsecretario general de la Facultad de Derecho, a la doctora Zoraida García Castillo por acudir a la Junta a promover a los cinco candidatos que consideraba mejores. La actitud del funcionario despertó el enojo de la Junta, porque hasta sus integrantes llegó el famoso video que reveló la forma en que se refirió a ella.
Sabemos el desenlace. Él ya no está y el proceso de sucesión mantuvo su ritmo de tranquilidad, en apego a la liturgia universitaria, que tiene sus propias reglas de la grilla, en muchos aspectos muy diferentes a lo que observamos en la política de partidos políticos, legisladores y servidores públicos.
La primera gran diferencia es que no se trata de un proceso donde cada universitario es un voto, dado que son los 15 integrantes de la Junta quienes toman la decisión de quién debe ser el jefe nato de la universidad, donde habitan académicos, que es dirigida por académicos y donde se desarrollan miles de jóvenes de bachillerato, licenciatura y posgrado.
Las valoraciones de los 15 integrantes de la Junta no son meramente cuantitativas, es decir, no se rigen por cuántos universitarios apoyan a uno u otro aspirante a la Rectoría, sino que se basan en la calidad del trabajo que han desarrollado como académicos, los resultados que han obtenido como directores de escuelas, facultades, centros o institutos de investigación y en el proyecto de universidad que tienen, aunque no necesariamente el que tiene el mejor proyecto es el favorecido por la Junta.
Por ejemplo, en 1996, Salvador Malo presentó el mejor proyecto de la UNAM, como dijeron después en corto los integrantes de la Junta que lo evaluó para suceder a José Sarukhán Kermez, pero la decisión de la Junta fue por Francisco Barnés de Castro.
Y precisamente ese proceso de no votos, sino de respaldos y conocimiento de la universidad ha generado que la grilla interna tenga métodos que han probado ser eficientes en diferentes momentos, como en 1984, cuando un grupo de directores de escuelas y facultades mandó una carta a la Junta de Gobierno para vetar a Octavio Rivero Serrano y evitar su reelección.
También ocurrió en 1996, cuando una carta vetó a Miguel José Yacamán y otra más a Gerardo Suárez Reynoso, cuando ya estaban en la recta final para llegar a la Rectoría.
En este año sí han existido golpes bajos, pero nada que ponga en peligro real a alguno de los aspirantes. Al menos, hasta el momento, que es el inicio de la etapa más interesante, porque se trata de la decantación más importante en un proceso de sucesión.
No se trata de adivinar, pero en la liturgia de la Junta de Gobierno hay parámetros que se han mantenido intactos durante décadas. En esa primera decantación, la Junta va a excluir a quienes se hayan visto más interesados en promocionarse públicamente que en continuar en su trabajo académico.
De cajón estarán los directores de las escuelas más antiguas de la UNAM, como son Derecho y Medicina, y también los responsables de las áreas del conocimiento, como la investigación científica y las humanidades, por ejemplo.
Va a ser muy interesante escucharlos a todos en los medios de comunicación interna de la UNAM y sobre todo observar si alguno de ellos implica un riesgo de desestabilización institucional, como ocurrió en 2015, cuando ese fantasma dejó a un virtual rector en el umbral del sexto piso.
