¿Fama pública o marca partidista?

Sólo un par de ejemplos. Las botas vaqueras y la camisa azul de Vicente Fox; la sonrisa y atractivo físico de Enrique Peña Nieto, se convirtieron en nichos a explotar por los estrategas para ganar elecciones y lo lograron, incluso por encima de las marcas de sus partidos

Los expertos en estrategias políticas aseguran que el futuro de un político se basa en su fama pública. Es lógico. Una persona que tiene una pésima imagen pública no concita respaldos, sino rechazos.

Pero la realidad en México muestra que esa lógica básica no tiene efectos en el futuro de las mujeres y los hombres que forman parte del sector político nacional, pues ya sea en un municipio, en un estado o en una competencia por convertirse en legislador federal o estatal, la fama pública no incide para impedirles llegar al poder.

Hay expertos electorales que explican ese fenómeno como consecuencia de un eficiente aparato partidista que permite a los de fama pública negativa acceder a puestos de decisión y representación popular; por eso, viejos personajes como Rubén Figueroa Figueroa o Carlos Sansores Pérez, cuyas famas públicas no eran del todo positivas, tuvieron un poder envidiable en sus estados, Guerrero y Campeche, respectivamente, porque por encima de sus nombres estuvo siempre el del Partido Revolucionario Institucional (PRI).

Con el despertar de un país con mayor pluralidad política, hacia la segunda mitad de la década de los noventa del siglo pasado, las viejas formas de hacer política del PRI comenzaron a transformarse, porque poco a poco el dedazo para todo tipo de cargos de elección popular se debilitó, por el natural crecimiento de la oposición y la existencia de una creciente sociedad harta de la hegemonía de un partido político.

  • En la escena político electoral de México comenzaron así a usarse las encuestas, las estrategias de imagen pública, a preparar a políticos para que pudieran dirigir discursos atractivos, los spots y a usar, incluso, la propaganda negra, que introdujo el entonces principal partido de oposición, el PAN, con el nombre de “campaña de contraste”. Creció poco a poco toda la cultura de la estrategia política en las campañas políticas.

Sólo un par de ejemplos. Las botas vaqueras y la camisa azul de Vicente Fox; la sonrisa y atractivo físico de Enrique Peña Nieto, se convirtieron en nichos a explotar por los estrategas para ganar elecciones y lo lograron, incluso por encima de las marcas de sus partidos: el PAN, entonces con la fama de ser perdedor constante; el PRI, que había sido expulsado de la Presidencia de la República 12 años antes.

Pero desde 2018 México dio pasos atrás y regresó a su tradicional comportamiento electoral: apoyar la marca del partido, sin importar la fama pública de los candidatos.

Abelina López Rodríguez fue conocida en todo el país, porque desde la tribuna de la Cámara de Diputados, donde era legisladora, confesó que cometió actos de corrupción. Meses después, la población de Acapulco la eligió de manera contundente como su presidenta municipal.

Jorge Romero Vázquez fue acusado por mujeres de haberlas violado. La población de Irapuato y Silao, en Guanajuato, lo eligió su diputado federal. A Félix Salgado Macedonio lo acusaron penalmente por violación y, aunque se anuló su candidatura a la gubernatura de Guerrero, por no presentar a tiempo el informe de gastos de precampaña, su fuerza política logró que su hija se convirtiera en gobernadora.

“Robé, sí, pero poquito”, fue la frase que lanzó Hilario Ramírez el 8 de junio del 2014 y, casi un mes después, la población de San Blas lo eligió por segunda ocasión como su presidente municipal. Ganó como candidato independiente; es decir, le ganó a la estructura de los partidos políticos.

Aunque prolifera la información sobre actos de corrupción de gobiernos de Morena, las encuestas muestran que, a pesar de eso, mantiene preferencias electorales importantes para las elecciones estatales en seis entidades del país. Y no son los programas sociales, porque esos los han existido siempre y de todos los partidos.

En México, ¿qué pesa más, la fama pública o la marca partidista?

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