Bicentenario legislativo ¿orgullo o vergüenza?

Mantas, lonas, carteles, gritos, groserías; cadenas y candados; empujones en tribuna y el extremo de llevar a instancias judiciales las diferencias políticas. Ese es el Congreso de la Unión que tiene México a 200 años del anhelo de libertad de quienes concibieron una nación con un pueblo representado en su Poder Legislativo.

Concebido en los Sentimientos de la Nación, de José María Morelos y Pavón, como la columna vertebral de lo que debía ser la naciente nación mexicana, nuestro Poder Legislativo cumplió 200 años ayer, 24 de febrero, pero salvo una serie de discursos en la Cámara de Diputados, el aniversario, lamentablemente, no tuvo mayor trascendencia y refrendó que el interés nacional sigue centrado en la voluntad de un solo hombre y no en el peso de sus representantes populares.

“Que la soberanía dimana inmediatamente del pueblo, el que sólo quiere depositarla en sus representantes dividiendo los Poderes de ella en Legislativo, Ejecutivo y Judiciario, eligiendo las provincias sus vocales, y éstos a los demás, que deben ser sujetos sabios y de probidad” (sic), dice Morelos en sus Sentimientos de la Nación, lo que demuestra que la concepción original de él es que el verdadero poder del pueblo lo representa el Legislativo.

Sin embargo, en la génesis de la nación que se convirtió en México se decidió que si bien debía existir un Poder Legislativo, el principal poder debía descansar en Agustín de Iturbide, caudillo de la Consumación de la Independencia.

De acuerdo con documentos históricos, que se pueden consultar en la biblioteca del Senado, la Junta Provisional Gobernante, formada inmediatamente después de consumada la Independencia, el 28 de septiembre de 1821, realizó labores legislativas, aunque oficialmente no era un cuerpo legislativo.

Fue la junta la que convocó a la integración del Congreso Constituyente, que se instaló el 24 de febrero de 1822, por lo cual ésa es la fecha oficial del nacimiento del Poder Legislativo en México, que, evidentemente, viene de la influencia inglesa, con sus cámaras de los Lores y los Comunes.

Existen varios documentos que muestran los debates de los primeros legisladores mexicanos, enfrascados en definir el perfil de la nación y en la forma de ejercer el poder. Debates de conceptos y de futuro que, a pesar de registrarse en nuestro pasado bicentenario, muestran la visión de país comprometida con el lema “La patria es primero”, que diversos legisladores actuales perdieron, al grado que consideran que un solo hombre encarna a la nación y no ellos como representantes populares.

Las Cámaras del Congreso de la Unión, que registran en su historia momentos de desaparición del Senado y su reinstalación por Sebastián Lerdo de Tejada, han escuchado en sus tribunas cientos de discursos brillantes, donde la columna vertebral fue el debate de ideas, de conceptos, de implicaciones jurídicas, de beneficios o perjuicios hacia la sociedad y la conveniencia del federalismo o el centralismo para una nación como la nuestra.

Discursos como el pronunciado por Belisario Domínguez que llamó a la rebelión contra el tirano Victoriano Huerta, pero también discursos más modernos que debatieron el surgimiento de la representación proporcional, de los órganos autónomos, de la transparencia como derecho de los ciudadanos y del respeto a los derechos humanos y la búsqueda constante por una mejor justicia.

Hoy, sin embargo, la Cámara de Diputados y el Senado viven momentos que carecen de debate.

Mantas, lonas, carteles, gritos, groserías; cadenas y candados; empujones en tribuna y el extremo de llevar a instancias judiciales las diferencias políticas. Ése es el Congreso de la Unión que tiene México a 200 años del anhelo de libertad de quienes concibieron una nación con un pueblo representado en su Poder Legislativo.

Un Poder Legislativo que, a 200 años de existencia es más conocido por sus escándalos en tribuna, por sus gastos excesivos o porque su mayoría política decide acosar a los periodistas, que por su conexión real con la sociedad que debe representar.

A 200 años de existencia, para usted, ¿nuestro Poder Legislativo es motivo de orgullo o de vergüenza?

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