Votar con el estómago o con la cabeza
Los que votaron a favor de salirse de la UE lo hicieron demandando la protección de su Estado nacional.

Leo Zuckermann
Juegos de poder
En una democracia, ¿son racionales los votantes? Cuando deciden por quién votar, ¿maximizan beneficios y minimizan costos? ¿Toman en cuenta las posibles repercusiones en su bolsillo? ¿Qué tanto pesan las emociones frente a las razones en el voto? Éste es uno de los temas —todos fascinantes— relacionados con el referéndum del jueves pasado en el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte (RU) para decidir si permanecían o no en la Unión Europea (UE). Ganó la opción de salirse y ya se está diciendo que la mayoría votó más con el estómago que con la cabeza, que ganó la emoción sobre la razón. ¿Será?
No tengo duda que los argumentos racionales estaban a favor de permanecer en la UE: el RU tenía mucho que perder si optaba por salirse. Tan sólo hay que ver la lista que publicó John Carlin en El País, en vísperas del referéndum, de los individuos e instituciones a favor de cada de uno de los bandos:
A favor de la permanencia del RU en la UE: David Cameron y los tres anteriores primeros ministros británicos (dos conservadores, dos laboristas); Jeremy Corbyn, líder del partido opositor laborista; Angela Merkel y los demás jefes de gobiernos de la UE, Barack Obama y los jefes de gobierno de China, Japón, Canadá, India, Australia; TUC, la federación sindicalista obrera más grande de RU; CBI, la principal confederación británica de empresas; el Banco de Inglaterra; nueve de cada diez economistas; las 24 principales universidades de RU; 300 historiadores; el FMI; el Banco Mundial; los dos anteriores jefes de los servicios de inteligencia de RU; ocho exsecretarios del Tesoro de Estados Unidos; la OTAN; Toyota, Audi, Ford, BMW, Nissan, Jaguar, Honda; Easyjet, Ryanair, Virgin Airways, Airbus; la Premier League; David Beckham; las actrices Emma Thompson, Keira Knightley y Kristin Scott Thomas; los escritores John le Carré y J.K. Rowling; Stephen Hawking, astrofísico; The Times, The Guardian, The Financial Times [los periódicos más serios del RU, quizá del mundo, con tendencias ideológicas muy diferentes].
A favor de salirse de la UE: Boris Johnson, quien comparó la UE con la Alemania nazi; Nigel Farage, líder del partido derechista antiinmigrante UKIP; cien pequeños y medianos empresarios británicos; Tim Martin, dueño de 920 pubs; Donald Trump, Marine Le Pen y Vladimir Putin; Michael Caine, actor; Roger Daltrey, cantante del grupo musical The Who; uno de cada diez economistas; Thomas Mair, el asesino de la diputada laborista Jo Cox; The Sun, Daily Telegraph, Daily Express [tabloides caracterizados por su cobertura sensacionalista de las noticias].
Esta lista, me parece, lo resume todo. De un lado, los que entendían el desastre que implicaría la salida del RU de la UE. Del otro lado, oportunistas, populistas, sensacionalistas, racistas y hasta un asesino. Resulta que el 52% del electorado –17 millones 410 mil 742 votantes británicos– les hicieron caso y optaron a favor del Brexit. ¿Les ganó el estómago?
El nacionalismo sigue siendo una fuerza emocional muy fuerte en el mundo, sobre todo en los “perdedores” de la globalización. Esta población es la que está más enojada y preocupada por la creciente apertura comercial. En el caso del RU, los que votaron a favor de salirse de la UE lo hicieron demandando algo que podría considerarse como bastante racional: la protección de su Estado nacional. Por un lado, no quieren que se abran las fronteras para que entren migrantes extranjeros que compitan por sus trabajos. Por el otro, si las empresas igual y van a migrar a otros países donde el costo del trabajo es más bajo, pues pretenden una red de protección social de su gobierno más cercano —el nacional— no de una autoridad lejana como es la burocracia de la UE en Bruselas.
Ésa sería una interpretación racional de lo sucedido el jueves. La otra es la que sugiere el estupendo libro sobre el mito del votante racional de Bryan Caplan. El académico estadunidense ha demostrado que los votantes de su país están llenos de prejuicios irracionales. Ejemplo: creen que se pueden bajar los impuestos y, al mismo tiempo, subir el gasto público. Otro más: quieren precios bajos, pero que se proteja la industria nacional. El votante medio no es un doctor en economía que entiende las sutilezas de la política económica. Al electorado le gustan los puntos de vista irracionales aunque estén equivocados. Total, si el país convierte estas preferencias en políticas públicas, quien paga los platos rotos es la sociedad entera y no ellos como individuos. En este sentido, el votante individual tiene incentivos para ser irracional.
En lo personal, cada vez me convence más el argumento de Caplan: los votantes tienen incentivos para ser irracionales. Ahora, con el Brexit, tenemos otro ejemplo que lo comprueba. Me temo que en noviembre podríamos tener otro en Estados Unidos. Y en México, otro más en 2018.
Twitter: @leozuckermann