Existen miles de poetas, y cada uno se siente el más especial de todos: un ángel de luz. Quisiera decir que lo humano es necesariamente acuoso y pegajoso. Lo de adentro del cuerpo, lo lleno de sangre y animales invisibles, está con nosotros siempre, aunque apenas lo percibimos. Y eso es mi humanidad: los fluidos; y en todo momento goteo de algún lugar del cuerpo esos aceites. Y mi boca siempre está ahí, omnipresente, con su baba y su lengua que se estira como un bebé en el vientre.
La boca es la constancia de que lo viscoso es lo esencial en mí. Yo adoro lo húmedo en la lengua y en el paladar; de hecho, las cosas muy secas no me gustan demasiado; lo muy baboso tampoco es agradable, aunque lo llenaré de baba cuando entre por mi boca; no me gusta. Mi boca, hoy muy roja, expulsa palabras que, además de sonido, son vapor de agua. Pero prefiero que mi boca no delate su condición ante los demás. Aunque ahí está la baba, no importa que trate de olvidarla, ella siempre me recuerda mi condición de caracol, de serpiente de agua.
Luego pienso de nuevo en el interior de mi cuerpo, completamente baboso y, ahora, mientras camino, la baba de mi interior se mueve y habla el idioma de las burbujas. Me siento en una silla del jardín y me como un pescado cocido en limón. La carne del animal es gelatinosa, igual que mi lengua, y aunque ella es ahora un molusco hambriento que saborea, pronto morirá, perderá todos sus jugos y se llevará con ella el resto de mi cuerpo.
¿El alma estará hecha de baba? Es posible que esa parte que tanto desprecio, en realidad sea lo más preciado, porque la baba es indispensable para la vida. La baba ocular, es fundamental para poder ver, la baba de la nariz, la de las orejas, la del sexo y los poros también. ¿Por qué conformarme con pensar que el alma es un delicado aire de luz etérea, si puede ser algo que nos hermana con lo vivo y lo muerto?
El amor surge de la mezcla de fluidos, de la baba de todo el cuerpo que arde. También la vida nueva viene envuelta en baba. La sangre bien podría ocupar el lugar del alma también, pensarán muchos: su color grita, impresiona, atrae e indica claramente de dónde vengo y cuál fue mi destino, pero la baba también puede hacerlo y es transparente, en su estado puro, es una membrana fluida más cercana a lo luminoso.
Está claro que cualquier persona cabal dirá que toda esta disertación es absurda, y tendrá razón. A mi favor diré que a los otros fluidos no puedo sentirlos como sí siento la baba en la boca, y entonces pienso si Dios siempre está conmigo, por qué no pensar, y me arriesgo mucho, lo sé; pero ¿por qué no pensar que Dios vive en la boca y que es baboso y pegajoso? Pienso que él es pura y fresca baba que en ocasiones arrojo al lavabo y a la calle, pero siempre se regenera en mí, envolviendo mi lengua; a mi hermoso bebé, que habla con las otras lenguas de las otras bocas, necesariamente llenas de baba.
Dejo de tomar agua por varios días para experimentar, la boca se me reseca y la baba desaparece, quizá pase lo mismo con las vísceras: se vuelven como una boca seca, y la presencia de Dios comenzó a menguar. Entonces tomé agua y me regresó el alma al cuerpo y la siento por la boca. He llegado incluso a pensar que la baba es la responsable de mi capacidad para olvidar. Porque para mí es muy claro que la creatividad humana reside en el olvido. Las máquinas no tienen baba y tampoco olvidan; las máquinas sí tienen claramente un alma de luz, y eso, quizá, debería preocuparnos.
