Pérdida de confianza: la caída de Johnson
En México nunca hemos visto la renuncia de un presidente, ni siquiera hemos visto la renuncia de un miembro del gabinete, de un gobernador, de un juez o un legislador por perdida de confianza, ya no digamos de las y los ciudadanos, sino de los propios miembros de su ...

Laura Rojas
Agora
En México nunca hemos visto la renuncia de un presidente, ni siquiera hemos visto la renuncia de un miembro del gabinete, de un gobernador, de un juez o un legislador por perdida de confianza, ya no digamos de las y los ciudadanos, sino de los propios miembros de su partido.
En México, políticos de todos los colores se aferran al cargo hasta que no haya una orden judicial o una sentencia definitiva y, aun así, vemos a sus correligionarios defenderlos, aplazar desafueros, acusar persecuciones políticas, lo que sea, con tal de no dejar arrebatarse ese manto de impunidad que es el poder y de evitar rendir cuentas.
En el Reino Unido, un primer ministro, el jefe del gobierno, fue multado por la policía por haber violado las reglas de confinamiento en plena crisis sanitaria por el covid -19 en el año 2020.
Junto con la de él, más de cien multas fueron enviadas a funcionarios por el llamado Partygate, que involucró a decenas de servidores públicos. Ese primer ministro es Boris Johnson, el carismático líder conservador que, siendo alcalde de Londres, supo ser la voz de millones de británicos que, decepcionados, vieron en la salida del Reino Unido de la Unión Europea una ruta para alcanzar un mejor nivel de vida y de futuro, y que ni a tres años de haber asumido el cargo se vio forzado a renunciar debido a la pérdida de confianza de su propio partido expresada en renuncias de más cincuenta miembros de su gobierno en menos de un día, y una lluvia de críticas públicas de parlamentarios de su mismo color. Lo dejaron solo.
La credibilidad del primer ministro ya se había visto afectada no sólo por haberse reunido con personas en distintas sedes del gobierno y por haber festejado su cumpleaños con un buen número de invitados, cuando estaba prohibido, sino por haber mentido al sostener que había cumplido con todas las reglas del confinamiento, versión que fue luego desmentida por las autoridades. Esto generó que su propio partido presentara en el parlamento una moción de confianza que logró salvar apenas en junio pasado.
Sin embargo, la gota que derramó el vaso fue el escándalo en torno a Chris Pincher, un parlamentario a quien Johnson nombró vicecoordinador de su bancada en febrero pasado y quien habría sido acusado de acoso sexual el pasado 30 junio. Pincher renunció inmediatamente, pero nueva información sobre otras denuncias del pasado apareció y las versiones sobre si el primer ministro conocía sobre dichas denuncias al momento de su nombramiento de nuevo fueron contrastadas con el testimonio de un exfuncionario del gobierno que afirmó que Johnson fue informado oportunamente.
La reputación del jefe del gobierno terminó de desmoronarse y la frase de uno de sus excompañeros sobre que no podía pertenecer a un gobierno que miente y no tiene integridad fue lapidaria.
No es la primera vez que un primer ministro renuncia en el Reino Unido ni mucho menos el caso de Johnson es el único de un político al que se le descubre mintiendo, hasta cierto punto es de naturaleza humana, de ahí que en ciencia política se ponga tanto énfasis en el fortalecimiento de las instituciones, de los mecanismos de control, de rendición de cuentas y de los contrapesos que, en este último episodio de la historia política del Reino Unido, han funcionado una vez más.
Esa es la diferencia entre democracias consolidadas y democracias aun en desarrollo como la nuestra. Si queremos ver algún día a los políticos que pierden la confianza de la gente renunciar y rendir cuentas sobre sus actos, tenemos que seguir trabajando por una democracia fuerte.
*Politóloga e internacionalista.
Expresidenta de la Cámara de Diputados