La derrota
En México hay mayorías, pero no unanimidades, son 16 millones de electores que necesitarán quien los represente inteligente y dignamente.
La noche del 2 de junio, el PAN, el PRI y el PRD, antes de que Guadalupe Taddei, presidenta del INE, diera a conocer los resultados del conteo rápido, insistían en que habían ganado las gubernaturas en seis estados y no habían reconocido la derrota en la elección presidencial. Las cuentas no salían, dicen que en ninguna de sus mediciones previas ni en las encuestas de salida la ventaja de más de 30 puntos y los casi 36 millones de votos con los que finalmente ganó Claudia Sheinbaum estaban proyectados.
Pero no sólo fue eso: si nada cambia tras las impugnaciones, Morena y sus aliados contarán con la mayoría calificada necesaria para reformar la Constitución en la Cámara de Diputados y estarán a sólo tres senadores de obtenerla en el Senado de la República. La petición de campaña de la candidata Sheinbaum de que “necesitamos el equipo completo” para aprobar el plan C se impuso sobre la idea de que la Presidencia necesita contrapesos en el Congreso que desde la oposición se promovió.
El PRD de Cuauhtémoc Cárdenas, Porfirio Muñoz Ledo e Ifigenia Martínez, el mismo que llevó los postulados de la izquierda mexicana al gobierno de la Ciudad de México para desde ahí promover políticas progresistas, y que fue la casa del mismo López Obrador, es muy probable que se confirme la pérdida de su registro como partido político nacional.
El PRI, el otrora partido dominante y omnipresente que gobernó ininterrumpidamente por más de siete décadas, creador de instituciones insignia como el IMSS o Pemex, será la quinta fuerza en la Cámara de Diputados y mantendrá presencia territorial en sólo dos estados.
En cuanto al PAN, previsiblemente tendrá un retroceso importante en ambas cámaras del Congreso, quedando con bancadas similares a las de 2018, además de —increíblemente— haber perdido Yucatán y municipios importantes del Valle de México, como Cuautitlán Izcalli, Naucalpan y Tlalnepantla.
Ni los partidos de oposición ni la mayoría de los analistas y, a decir de sus propios voceros, ni el oficialismo mismo esperaban tal cascada de votos, que en los primeros análisis, como el del diario El País, provinieron de todo el territorio nacional y no sólo de las clases populares, sino también de las clases medias, lo cual desmonta la idea de que la Marea Rosa es fiel representante de las clases medias, no es así.
Ni la inseguridad ni el desmantelamiento del sistema de salud ni la supresión de los fideicomisos para destinar dinero a las megaobras o la amenaza para algunos, promesa para otros, de que los ministros y jueces serán electos por voto popular o que se desaparecerán algunos organismos constitucionales autónomos con el consecuente deterioro democrático fueron suficientes siquiera para no darle a Morena y aliados el carro completo. El mensaje de la mayoría de la ciudadanía es claro: queremos que Claudia Sheinbaum continúe lo que López Obrador inició y le dieron todos los instrumentos para hacerlo.
Lo que también es cierto es que subsiste quien votó en sentido distinto. En México hay mayorías, pero no unanimidades, son 16 millones de electores que necesitarán quien los represente inteligente y dignamente. He ahí el reto de los partidos de oposición, particularmente del PAN. El PRI, desafortunadamente, es el partido con mayor rechazo en el país y tendrá que hacer su propia reflexión.
En el PAN ya ha habido varias “profundas reflexiones”: en 2012, cuando Josefina Vázquez Mota perdió frente a Enrique Peña Nieto; en 2018, cuando Ricardo Anaya lo hizo ante Andrés Manuel López Obrador, y ahora, que habría que empezar por reconocer los propios errores y carencias en vez de culpar al Presidente, a los programas sociales o a la propia ciudadanía penándola de manipulada por la derrota. Es hora de madurar y de renovarse auténticamente, so pena de seguir avanzando en la ruta de la irrelevancia política.
*Politóloga e internacionalista.
Expresidenta de la Cámara de Diputados
