El racismo y la política

A diferencia de otros procesos electorales, hoy la raza parece tener un mayor peso.

Aunque lo ignoremos o lo neguemos, las y los mexicanos somos profundamente racistas y clasistas. Las ideas de inferioridad y superioridad y el acceso a derechos y privilegios vinculados al color de la piel nos vienen desde la Conquista, cuando se comenzó a tejer el entramado cultural y social de lo que sería la nación mexicana. Eran los fuertes y poderosos, los españoles vencedores quienes forjaron la Nueva España, contra los débiles y derrotados indígenas, quienes, a pesar de no haber sido aniquilados como en otros territorios conquistados por europeos, se quedaron atrás, relegados, despreciados y al margen de los nuevos esquemas de desarrollo y ascenso social.

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Así, los mestizos, castizos y tornaespañoles, en ese orden, eran quienes podían acceder a mejores posiciones en la sociedad. Este modelo se ha perpetuado a través de las distintas etapas posteriores a la Conquista: en la Independencia, la Revolución y la construcción del México contemporáneo, siempre, el privilegio ha estado asociado al color de la piel. Y es que, a pesar de que, en la historia y narrativa oficial, decimos estar orgullosos de nuestros orígenes indígenas, en los hechos, estos grupos, junto con los afromexicanos, siguen sufriendo de pobreza y/o discriminación.

El tema del racismo ha salido a relucir en el proceso anticipado de selección de candidatos presidenciales tanto de Morena y aliados como de los partidos de oposición. Uno de los distintivos de Xóchitl Gálvez es su identificación con su ascendencia indígena: ella no sólo ha adoptado su cultura en su indumentaria cotidiana desde hace años, sino que ha hecho del trabajo por los pueblos indígenas en México una de sus principales causas en el servicio público. Sin embargo, ha sido cuestionada por autoasignarse la identidad indígena y se ha resaltado que el color de su piel y de su pelo no corresponden con esa identidad.

Como una respuesta, vino el lamentable señalamiento del expresidente Vicente Fox a algunos de los aspirantes cuatroteístas, particularmente a Claudia Sheinbaum por su ascendencia judía y extranjera, y a Marcelo Ebrard por su apellido de origen francés. Santiago Creel, por su parte, acusó —y luego rectificó— de sufrir discriminación inversa y de ser mal tratado por su color de piel y ojos.

El hecho es que, a diferencia de otros procesos electorales, hoy la raza parece tener un mayor peso. ¿Quién es más o menos mexicano? ¿Quién tiene más sangre indígena y quién tiene menos? ¿Quién tiene el origen más humilde? ¿Quién recibió educación pública y quién privada? ¿Quién tuvo más privilegios y quién menos? ¿Quién es más o menos pueblo? Son preguntas que hoy giran en torno a las y los aspirantes presidenciales, que seguramente se trasladarán a otras precandidaturas en los estados, distritos y municipios en los meses por venir.

Está claro que, aunque la discriminación inversa no existe y que la hegemonía whitexican sigue prevaleciendo más allá del mundo político, al menos en este ámbito, por primera vez parece empezar a reconocerse como un valor el no ser blanco, sino moreno, y el no venir de un lugar de privilegio. Hoy, gracias a las cuotas, tenemos legisladores indígenas y afromexicanos, con discapacidades y miembros de la comunidad LGBTTIQ+, algunos de ellos cruzan estas distintas comunidades y, sin duda, esto ha visibilizado y dado voz a grupos en otra época totalmente excluidos de los congresos, ayuntamientos o gabinetes, pero lejos estamos aún siquiera de reconocernos como una sociedad en la que el color de nuestra piel está directamente relacionado con nuestra condición y posibilidades de una vida mejor.

Los apellidos, origen y fisonomía de las y los aspirantes presidenciales deben servir más que para ser calificados o descalificados políticamente. Ojalá que esto detone una discusión en torno al racismo y al clasismo y sobre cómo iniciar el camino hacia una sociedad que, al mismo tiempo que reconoce y valora su diversidad, es capaz de integrarse en una sola nación.

           Politóloga e internacionalista.

                Expresidenta de la Cámara de Diputados

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