El suspenso sobre si el gobierno del presidente Joe Biden invitará a Cuba, Nicaragua y Venezuela a la próxima Cumbre de las Américas que se celebrará del 6 al 10 de junio en Los Ángeles, continúa. El pasado jueves se enviaron las primeras invitaciones sin darse a conocer la lista de invitados. Lo cierto es que este tipo de eventos normalmente pasan desapercibidos por la mayoría de las personas, más allá de los internacionalistas y del mundo diplomático. Esta vez, sin embargo, la petición del presidente López Obrador a su homólogo estadunidense de no excluir a esos tres países ha puesto el foco sobre la cumbre.
Empecemos por recordar que la Cumbre de las Américas se realizó por primera vez en 1994, con el propósito de reunir a los países del continente y el Caribe para discutir sobre los problemas comunes, encontrar soluciones conjuntas y mejorar la calidad de vida de los habitantes de la región. Los participantes, además, asumieron el compromiso de preservar y fortalecer la democracia, promover la integración económica y el libre comercio, combatir la pobreza, garantizar el desarrollo sostenible y cuidar del medio ambiente.
La novena Cumbre de las Américas, cuyo lema es Construyendo un futuro sostenible, resiliente y equitativo, no sólo convoca a jefes de Estado y de gobierno, sino también a organismos internacionales, como la OEA y la CEPAL, organizaciones de la sociedad civil y empresarios. En el marco de la actual crisis económica, se llevará a cabo la cuarta Cumbre de CEO de las Américas y se abordarán temas como la pandemia por covid-19 y las fallas en los sistemas sanitarios, económicos, educativos y sociales; las amenazas a la democracia; el cambio climático y la falta de acceso equitativo a oportunidades económicas, sociales y políticas para la mayoría de quienes habitamos la región. El reto de esta cumbre, como el de todos los foros multilaterales, es pasar de los discursos a la acción.
Para muchos, el no invitar a Cuba, Nicaragua y Venezuela a un foro en el que un pilar fundamental es el compromiso con la democracia, representa un error porque se les eximiría de cuestionamientos y críticas. En mi opinión, tendrían razón si no fuera porque que está ampliamente demostrado que a los líderes de estos países no sólo no les importa la crítica, sino que es combustible para alimentar la narrativa que, en buena parte, los mantiene en el poder. Invitarlos implica abrirles un espacio internacional y darles visibilidad para hacer algo en lo que son expertos: aprovechar cada oportunidad para hablarle a su base electoral, privilegiando la política interna.
Al final, la política interna es la base de la mayoría de las decisiones de los gobernantes y es precisamente por política interna que se antoja difícil que el presidente Biden termine por invitar al trío polémico. Particularmente, convidar a Miguel Díaz-Canel le generaría un enorme costo en Florida, en un año electoral, además de parecer débil frente al presidente López Obrador, hoy erigido en abogado de Cuba, Nicaragua y Venezuela. Él, igual que los demás, no pierde ocasión de acudir a su ideología y reforzar su posición frente a su base de apoyo, además, esto le ha generado cierto liderazgo entre algunos mandatarios de la región.
En todo caso, el presidente Biden ha enviado una buena señal al anunciar que se ampliarán los vuelos comerciales desde Estados Unidos a más ciudades de Cuba y que se eliminará el tope de mil dólares por trimestre a las remesas.
En el ajedrez de las Américas, esta cumbre está resultando todo un reto para la diplomacia norteamericana, en breve veremos si vence lo interno sobre la política exterior o si, incluso, se genera una alternativa en la que todos logren salvar cara.
*Politóloga e internacionalista.
Expresidenta de la Cámara de Diputados
