Dos marchas, dos Méxicos
En respuesta a la Marcha en Defensa del INE o, mejor dicho, a las marchas que en distintas ciudades del país se llevaron a cabo el pasado 13 de noviembre, el día de ayer el presidente Andrés Manuel López Obrador encabezó su propia marcha con motivo del cuarto año de ...

Laura Rojas
Agora
En respuesta a la Marcha en Defensa del INE o, mejor dicho, a las marchas que en distintas ciudades del país se llevaron a cabo el pasado 13 de noviembre, el día de ayer el presidente Andrés Manuel López Obrador encabezó su propia marcha con motivo del cuarto año de su gobierno. Aunque la primera marcha tuvo como bandera el oponerse a la reforma electoral promovida por el Presidente, en realidad los manifestantes marcharon por más que esa razón: fue una protesta de ciudadanos que no comparten la visión y políticas del actual gobierno y, sobre todo, de las clases medias, atacadas por el propio López Obrador y su movimiento durante estos cuatro años. La marcha fue descalificada por los simpatizantes obradoristas: desde etiquetarla de clasista y racista, hasta minimizar el número de asistentes. Más allá de la guerra de cifras, lo que quedó claro es que una parte muy significativa de la población se opone a la autodenominada Cuarta Transformación y está dispuesta a movilizarse más allá del voto para expresarlo. Fueron decenas de miles de ciudadanos los que libremente, con sus propios medios y por iniciativa propia, convocaron y participaron. Pretender comparar una y otra marcha sólo por el número de sus participantes es limitado y nos aleja de un buen análisis.
La marcha de ayer fue convocada por y desde el poder, y no por y desde la ciudadanía. Fue el Presidente el convocante y los gobernadores, alcaldes, legisladores y estructuras de Morena los responsables de garantizar la asistencia de los participantes, exactamente igual que hicieron el PRI, el PAN y el PRD en su tiempo. Al ser una reacción a la marcha del 13 de noviembre, tenía que ser más numerosa. La otra diferencia es que a la marcha de ayer en la Ciudad de México acudieron contingentes de todo el país, mientras que a la primera fueron de la propia ciudad y del Área Metropolitana, en tanto que la gente de otros estados se manifestó en sus propias capitales. Así que dejar el análisis a nivel numérico ayuda poco a comprender lo que sucede en cada lado del espectro político.
Por un lado, el presidente López Obrador sostiene altos niveles de aprobación, a pesar de estar mal calificado en materias particulares como la seguridad pública y la salud. La narrativa de privilegiar a los pobres y excluidos, de combate a la corrupción y de austeridad, siguen conectando con la gran mayoría de las y los mexicanos. En su discurso de ayer, como en todos los actos en los que participa, reforzó esa narrativa y nombró a su modelo de gobierno como humanismo mexicano. Por otro lado, la estrategia de polarización y diferenciación con sus opositores sigue funcionando para cohesionar y mantener a su base. En síntesis, el obradorismo ha logrado conformarse como un movimiento con identidad y causas, además de una clara identificación de adversarios.
Por el lado de la oposición, el reto está en convertirse en auténticos vehículos para la expresión y representación de los millones de mexicanos y mexicanas que no concuerdan con el proyecto lopezobradorista, para lo cual es necesario construir una agenda alternativa de políticas inteligentes y viables que contraste con las de este gobierno, pero también buscar representar a los más desfavorecidos, quienes, con razón, se han sentido relegados y desprotegidos por décadas. La lección de las dos marchas es que los dos Méxicos en los que estamos divididos, de cara al proceso electoral de 2024, estarán cada vez más cohesionados y enfrentados, y que la oposición tiene una enorme oportunidad si logra articularse mejor. Ojalá que los abanderados de ambas posiciones dejen de atrincherarse y logren comprender y representar a todas y todos los que habitamos este país.
*Politóloga e internacionalista.
Expresidenta de la Cámara de Diputados