Cooperación público-privada en un mundo fragmentado
El Foro Económico Mundial, fundado en 1971 como un espacio para promover la cooperación entre el espacio público y el privado, celebró la semana pasada su reunión anual bajo el nombre Cooperación en un mundo fragmentado, el cual, en sí, dice mucho sobre la visión ...

Laura Rojas
Agora
El Foro Económico Mundial, fundado en 1971 como un espacio para promover la cooperación entre el espacio público y el privado, celebró la semana pasada su reunión anual bajo el nombre Cooperación en un mundo fragmentado, el cual, en sí, dice mucho sobre la visión que los principales líderes empresariales, políticos y de la sociedad civil del mundo capitalista, democrático y liberal tienen de la situación global por la que atravesamos hoy día.
Policrisis y desglobalización fueron los conceptos más utilizados durante los cinco días de la reunión en los que se destacaron las crisis económicas, climática, de desigualdad, las amenazas a la democracia y la guerra en Ucrania. Ésta y la pandemia por covid-19 han alertado sobre la necesidad de reducir la dependencia de cadenas de suministro y de energía entre regiones del mundo como la que existe, por ejemplo, entre Norteamérica y China, o Europa y Rusia, y se ha producido un debate sobre si la implementación de las acciones orientadas a la autosuficiencia regional e incluso nacional de algunos insumos nos han conducido a las puertas de la globalización.
Lo que es innegable es que cada año desde que inició este siglo, nuevos desafíos aparecen mientras que se profundizan los antiguos. En lo personal, no dudo que la humanidad sea capaz de adaptarse y mitigar los efectos del cambio climático; de que se logrará la transición energética y la suficiencia alimentaria; ni de que la tecnología siga avanzando para posibilitar nuevas y mejores formas en el trabajo, el aprendizaje o mejoras en el ámbito de la salud para vivir más tiempo y de forma más saludable. Sin embargo, el reto mayúsculo de nuestro tiempo es lograr todos esos beneficios para todos y cada uno de los habitantes del planeta.
Si nos remitimos a la historia, en todas las grandes transformaciones de la humanidad, los dueños de los instrumentos del desarrollo han sido los únicos beneficiados a costa del resto. La desigualdad ha existido siempre, pero ahora hay mucha más conciencia de ella, de su inmoralidad, pero también de su inconveniencia en el sentido de que dejar a muchos atrás nos retrasa a todos.
La desigualdad, junto con un panorama económico caracterizado por el deterioro masivo del poder adquisitivo debido a las altas tasas inflacionarias, bajo crecimiento y deuda alta, a punto de ser impagable por muchos países del sur global, anuncian un camino pedregoso en 2023 y, aunque el consenso de los economistas es que una recesión global ya no es inminente, los retos que persisten no son menores.
Los problemas de la economía global, al lado de la desigualdad, el desempleo, la precarización del trabajo, la inseguridad y la violencia, día con día profundizan la decepción de la democracia liberal pavimentando el camino al populismo y a regímenes autoritarios que, tarde o temprano, terminan socavando libertades y derechos.
Ante este escenario, el Foro de Davos organizó sus reflexiones con el propósito de encontrar formas para reconfigurar un modelo de globalización inclusivo y sostenible, para preservar y promover los valores de la democracia liberal y para impulsar la innovación y la tecnología como soluciones a los problemas globales. Es de celebrarse que el sector privado esté cada vez más consciente de su responsabilidad y actúe frente a la policrisis que enfrentamos, mientras que de los líderes políticos de todo el mundo se espera estén a la altura del momento crucial que vivimos.
*Politóloga e internacionalista.
Expresidenta de la Cámara de Diputados