Violencia contra las mujeres
Cada 25 de noviembre recordamos que todas las niñas y mujeres tenemos el derecho de vivir una vida libre de violencia. Desafortunadamente, cada 25 de noviembre también recordamos lo lejos que estamos de que esa aspiración sea una realidad. En su mensaje por el Día ...

Laura Rojas
Agora
Cada 25 de noviembre recordamos que todas las niñas y mujeres tenemos el derecho de vivir una vida libre de violencia. Desafortunadamente, cada 25 de noviembre también recordamos lo lejos que estamos de que esa aspiración sea una realidad.
En su mensaje por el Día Internacional para la Eliminación de la Violencia contra las Mujeres, el secretario general de la ONU, António Guterres, mencionó que en todo el mundo al menos una de tres mujeres ha sufrido violencia física y/o sexual durante su vida; que 750 millones de mujeres se casaron antes de los 18 años de edad y que más de 250 millones han sufrido mutilación genital.
En el marco de los esfuerzos que la comunidad internacional está haciendo por no dejar a nadie atrás a través de la implementación de la Agenda 2030, hay que subrayar que más de la mitad de la población mundial somos mujeres y que de no avanzar en el objetivo de erradicar la violencia hacia nuestro género, el ideal de desarrollo sostenible para todos no se alcanzará.
Por violencia contra la mujer se entiende todo acto violento basado en la pertenencia al sexo femenino que tenga o pueda tener como resultado un daño o sufrimiento físico, sexual o sicológico para la mujer. Así, la violencia hacia las mujeres cobra numerosas formas: desde los aparentemente inocentes “piropos” en las calles, pasando por las miradas y tocamientos en el transporte público, el sexismo y la misoginia en los chats y las redes sociales, y el acoso en el trabajo, hasta las formas más brutales como la violación, la violencia física y el feminicidio.
A estas expresiones violentas hay que agregar las que van dirigidas particularmente a las mujeres que nos dedicamos a la política. De acuerdo con la organización I Know Politics, nunca como ahora la presencia de las mujeres en política ha sido tanta. Aunque aún son minoría, hay mujeres al frente de gobiernos nacionales y locales, y ocupan carteras de primer nivel; participan como candidatas; llegan a las cortes y tribunales, así como al parlamento; y a menudo votan en mayor medida que los hombres. Sin embargo, el incremento en la participación política de las mujeres va de la mano del incremento de la violencia política, cuyo propósito es reafirmar el estereotipo de que las mujeres no estamos hechas para la política o sí, pero sólo hasta ciertos niveles.
El Senado mexicano es un claro ejemplo de esto, ya que a pesar de que presumimos a todo el mundo que más del 40% de sus integrantes actuales es mujer, durante las últimas seis legislaturas —del año 2000 a 2018—, éste sólo una vez fue presidido por una mujer; y hace unos meses, cuando por fin el Grupo Parlamentario del PAN postuló a dos senadoras para presidirlo, el argumento en contra nuestra, que en voz de uno de los coordinadores parlamentarios se nos comunicó, fue, ni más ni menos, que nos faltaba el “tamaño y la experiencia” para presidir la Cámara, cuando objetivamente, nuestra formación, capacidad probada y experiencia no dista o incluso es mayor que la de al menos un par de senadores que presidieron. Aunque todo mundo sabe que la motivación real a nuestro rechazo fue política, el uso de ese argumento fue claramente violento. Por otro lado, salvo por un breve periodo en el que una senadora coordinó el Grupo Parlamentario del PRD, sólo hombres han sido coordinadores parlamentarios, y el porcentaje de mujeres que presiden comisiones tampoco corresponde a nuestra representación.
Sin duda, una vida libre de violencia para las mujeres es una tarea en la que debemos poner más empeño. La renovación del Congreso de la Unión en 2018 representa una nueva oportunidad —como se ha hecho antes— de conformar bancadas pluripartidistas de mujeres para seguir avanzando en dicho objetivo.