Oh Boy

Por Alonso Díaz de la Vega Oh Boy 2012 está en algún punto entre la maduración de un individuo y la épica nacional; entre la paranoia personal del adolescente que, como un neurótico enano, ve en el mundo alrededor suyo, más que una grandeza, una enormidad ...

Por Alonso Díaz de la Vega

Oh Boy (2012) está en algún punto entre la maduración de un individuo y la épica nacional; entre la paranoia personal del adolescente que, como un neurótico enano, ve en el mundo alrededor suyo, más que una grandeza, una enormidad inabarcable, insoportable, y por otro lado los complejos de un país urgido por deshabitar el angustioso pasado. Estéticamente hablando, la cinta de Jan Ole Gerster está entre el crecimiento del propio director, enamorado de Woody Allen, Jim Jarmusch y acaso James Joyce, así como de su protagonista, encantado por el dolce far niente, y el sublime desenlace, donde Gerster logra encontrar una voz propia, descendiente del Nuevo Cine Alemán de Fassbinder y Schlöndorff, y trata de reconciliar la juventud con el pasado trágico de Alemania. El tiempo en pantalla durante el que Gerster logra conectar ambas necesidades transcurre como una contradicción, una incoherencia, que justo al final adquiere un sentido trascendente.

Pareciera que Gerster ha creado, en vez de la tragicomedia que se proponía, dos películas que difieren y se complementan. Sin embargo, el error del director se encuentra no en el tono tan polarizado de su cinta, que oscila como péndulo entre el ridículo y la introspección, sino en la falta de identidad que exhibe durante dos terceras partes del filme y, sobre todo, en la carencia de significado de ciertas escenas, que oculta las intenciones de su creador. Es prácticamente imposible prever la dirección final a la que llega Gerster con los encuentros de su protagonista, Niko Fischer (Tom Schilling). Al principio no se percibe esa búsqueda de lo alemán, sino de la personalidad estrictamente individual de un joven indeciso y confundido, incluso paranoico ante un mundo que percibe como amenazador. Este delirio nos presenta el retrato del neurótico adolescente en toda su magnífica ridiculez. El símbolo buñueliano del joven incapaz de obtener lo que quiere durante todo el día, un café, refleja la impotencia de un hombre incapacitado para actuar por su carácter pasivo que al final se transforma, para él y para su país, en el hallazgo de una oportunidad: la de despertar en otro día.

El nuevo amanecer alemán llega de manera súbita, pero es el momento en que Gerster y Niko superan, el primero, sus influencias y su indecisión temática, y el segundo, su pueril concepción del mundo. Maduran. Ello provee a la conclusión de una fuerza inesperada, resonante, que no cancela las fallas de las escenas anteriores pero sí las redime. Oh Boy es en sí un proceso de maduración, una épica en dos niveles que se expresa de manera ambigua y a la vez contundente y que se lanza en una odisea joyceana para encontrar la esperanzadora belleza de un día moribundo.

Dirige:

  • Jan Ole Gerster.

Actúan:

  • Tom Schilling.
  • Katharina Schüttler.

@diazdelavega1

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