Al vencedor, el botín

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe-cabezas

La escena tiene algo de ironía poética. Donald Trump sube al podio de Naciones Unidas, la institución creada hace 81 años precisamente para impedir que la ley del más fuerte gobernará las relaciones entre los países, y, desde ahí, expone una visión del mundo que recupera esa misma lógica: el poder no pide permiso. Palabras más, palabras menos, quienes tienen la fuerza dictan las reglas; quienes no, aprenden a vivir con ellas.

Eso fue lo trascendental del discurso. No Venezuela, no México, Irán o la inteligencia artificial por separado, sino la doctrina que los conecta. Trump exhibió el músculo de una potencia que conoce su superioridad militar, económica y tecnológica, y dejó muy claro que piensa utilizar esas ventajas para defender lo que sea que defina como interés nacional. La legitimidad internacional importa poco o nada en esta ecuación.

Naciones Unidas nace de la idea contraria. Tras dos guerras mundiales, en 1945 se intentó construir un orden donde poseer el ejército poderoso no otorgara más derechos y donde la fuerza deje de ser el árbitro natural entre las naciones.

Trump rompe con esa lógica y ni siquiera se molesta en disimularlo. Reivindica la operación que extrajo a Nicolás Maduro y presume el nuevo arreglo petrolero. Hasta ahí todavía podría venderse el relato de la liberación que tanto seduce al electorado estadunidense. Las grietas aparecen cuando Delcy Rodríguez, una de las figuras más poderosas y controvertidas del chavismo, llega a Nueva York a reunirse con el mismísimo Trump. Ahí mismo, la democracia venezolana se convierte en una variable pragmática y, hasta, desechable. Maduro era intolerable; Delcy, negociable y, hasta, respetable. En tanto, para millones de venezolanos que esperaban ir a las urnas, la escena tiene sabor a traición. La vieja tentación estadunidense de confundir estabilidad con democracia cuando la primera resulta más conveniente.

¡CUIDADO MÉXICO!

México debe tomar nota de lo dicho ayer por Trump. Comparar a los cárteles con ISIS después de haberlos colocado del lado del terrorismo. En ese discurso aseguró que Estados Unidos utilizaría un “poderío militar sin igual” para impedir amenazas en “su hemisferio”.

Trump no anunció una intervención militar. Afirmarlo sería falso, aunque a la oposición le fascinaría. Pero sí construye un argumento para la justificación de cualquier acción futura.

SUPERINTELIGENCIA

Importa y mucho que Trump rebautice la inteligencia artificial como “superinteligencia”. Parece otra ocurrencia, esas excentricidades de las que gusta, pero permite definirla como algo que debe conquistarse y lo tiene claro: “Quien gané la IA, gana”. Trump le habla a China, mientras ellos aceleran el paso y funciona como la nueva carrera armamentista.

LA PRUEBA DE FUEGO

Y mientras el presidente iraní, Masoud Pezeshkian, llega a Nueva York, Trump endurece sus amenazas contra los persas, mientras deja una puerta abierta para negociar. Ambos países cobijados por la institución incapaz de detener la guerra entre ellos.

Ahí está la paradoja, en Naciones Unidas que no pudo detener Ucrania, Gaza, Irán y tantas otras desgracias. Un organismo impotente, pero no inútil y lo demostró Donald Trump. Justo él que tanto desprecia el multilateralismo necesitó el escenario multilateral más importante del planeta para explicar su visión global y que no se perdiera en otro de sus grandilocuentes monólogos. Y, ahí, aún radica el valor de la ONU, ninguna otra institución cuenta con su poder de convocatoria ni la superioridad moral que otorga su podio para que poderosos y pequeños puedan hablar al tú por tú.