La caverna de Platón

Vemos lo que nos gusta, ignoramos lo que nos incomoda y convencemos a nuestro cerebro de eso.Lo que vimos con la marcha de sábado pasado de la Generación Z o como cada quien quiera bautizarla, da igual, las encuestas de aprobación de la presidenta Sheinbaum o las ...

  • Vemos lo que nos gusta, ignoramos lo que nos incomoda y convencemos a nuestro cerebro de eso.

Lo que vimos con la marcha de sábado pasado de la Generación Z —o como cada quien quiera bautizarla, da igual—, las encuestas de aprobación de la presidenta Sheinbaum o las propias elecciones de 2024 debería preocuparnos. Todo vuelve a exhibir cómo estamos atrapados dentro de la versión moderna de la caverna de Platón: observando sombras, no realidades; interpretando reflejos, no hechos.

En este texto no vamos a ahondar en si la marcha fue legítima o de acarreados, si los jóvenes estaban atemorizados o indignados ni quiénes formaron parte de ella, ese pleito que lo tengan otros. Algunos con fundamentos y, otros, jugando a ser analistas y encuestadores desde su cuenta de X. El tema que nos interesa en estos momentos es qué tan distorsionada puede estar la realidad cuando sólo la vemos a través de nuestra pantalla.

Si usted se da un clavado en los diferentes medios, líderes de opinión e influencers, encontrará aquellos que mostraban un Zócalo vacío cual ciudad zombi. Había otros que, con un encuadre ajustado milimétricamente, producían la sensación de que el país está al borde de una guerra civil. Mientras unos narraban represión policiaca, otros exhibían a las fuerzas del orden siendo atacados por vándalos. Dos narrativas opuestas, incompatibles y, ambas, falsas.

  • ALGORITMO

Este mismo escenario lo tuvimos cuando Claudia

Sheinbaum arrasó en las elecciones. Durante semanas, gran parte de la oposición repetía, con total convicción, que toda la gente estaba en contra de Morena. ¿Quién es toda la gente? La de sus cenas, sus chats y sus cuentas de X. Vaya, su burbuja. ¿El resto del país? Invisible. No existe. Y aquellos portadores de la verdad que se atreven a reconocer la existencia “del otro”, aseguran que está manipulado, comprado o idiota.

Si sólo escuchamos ecos, creemos que son voces. Si sólo seguimos a quienes piensan como nosotros, creemos que eso representa todo el país. Lo mismo sucede con las encuestas que dan una aprobación de casi 80% a la Presidenta. Una ceguera selectiva que nos impide ver los matices.

Mismo fenómeno sucede con los seguidores de Donald Trump en Estados Unidos, parece que viven en una producción de teorías de la conspiración y sus pantallas les repiten al infinito que están al borde del apocalipsis por múltiples frentes y enemigos. Hasta que llega una elección en Nueva York o una de las protestas de No Kings y descubren que “su mayoría” son canales de Telegram y cuentas de X.

En una época en la que tenemos acceso inmediato y gratuito a prácticamente toda la información del mundo en tiempo real, quedamos atrapados en la realidad digital que nos enseña y confirma lo que ya creemos. Obviamente, así cualquiera vive feliz, cómodo y triunfalista. Vemos lo que nos gusta, ignoramos lo que nos incomoda y convencemos a nuestro cerebro de que eso es “el mundo entero”: un reflejo fidedigno de nuestras creencias.

Por supuesto, el problema radica en que el mundo y la realidad no funcionan así. Nunca es blanco y negro, casi siempre es una colección interminable de grises. Grises llenos de matices que exigen analizar en lugar de reaccionar. Esos grises no generan likes, no alimentan narrativas y no validan identidades políticas. Por ello, el suceso del sábado no puede reducirse a versiones polarizadas, casi caricaturescas: blanco o negro; conmigo o contra mí; multitud o desierto; revolución o apatía; hartazgo o conspiración. Nos guste o no, el mundo no funciona con fórmulas tan simplonas e infantiles.

Es urgente que cada uno, desde su trinchera, deje de confundir afinidad con realidad. Los líderes de opinión y los medios de comunicación tenemos la obligación de presentar y aceptar las contradicciones, matices y tonos intermedios. La realidad no es un universo editado por filtros que me confirman y me indignan.

Reconozcamos, por nuestra propia independencia de pensamiento, que la realidad es compleja, es un gris incómodo y no cabe en un tuit, en un encuadre y no se acomoda a nuestra ideología, credos o afiliaciones políticas.

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