En las décadas de los ochenta y noventa hubo quienes consideraron que el mundo había encontrado la fórmula para la prosperidad de las naciones: el libre comercio multilateral.
No eran pocos los que preconizaban que el mundo había entrado en un estado superior, imaginaban, en el cual se convertiría en una suerte de cámara de compensación en la que cada nación encontraría sus vocaciones y competencias para ponerlos al servicio de los demás que, en retribución, aportarían lo propio.
Entre las premisas de este modelo se puso al precio de los productos como el principal factor en la competencia mundial. Se decía que si algún país no podía producir en condiciones de precio algún producto, pues lo compraría en el mundo.
En la ilusión se pensó que el concierto de países olvidaría sus diferencias en aras del comercio. Se crearon organizaciones multilaterales que ordenarían el comercio de una manera justa y desinteresada.
El modelo funcionó mientras las diferencias entre las naciones fueron creciendo. Naciones como China y una buena parte del continente asiático usaron el libre comercio y su capacidad para hacer manufacturas para desarrollar sus mercados internos y, como ha sucedido en los últimos tiempos, generar poderosas industrias que se han convertido en competidores directos de otros países.
El ejemplo más claro es el de la industria automotriz. China y algunas naciones asiáticas se convirtieron en maquiladores de las plantas de Estados Unidos y Europa, puesto que tenían costos sustancialmente menores; sin embargo, no sólo se quedaron en la eficiencia en la fabricación, como lo hizo México, sino que crearon sus propias compañías que hoy están desplazando en todo el mundo a las empresas de Estados Unidos y Europa.
Adicionalmente, se presentó otro fenómeno que, si bien se había venido calentando durante los últimos años, entró en punto de ebullición con la pandemia de covid: la fragilidad de las cadenas comerciales.
Gran parte de la caída de la economía mundial durante la pandemia tuvo su origen en que se fracturaron totalmente las redes comerciales, no por la incapacidad de producción, sino de distribución global, puesto que se tenía que depender de las decisiones soberanas que tomara cada una de las naciones.
Un segundo punto de quiebre se registró con la invasión de Rusia a Ucrania. Más allá de la guerra entre estas dos naciones, tuvo mucho mayor impacto el cierre del ducto de combustibles del Mar del Norte, que generó que un conflicto regional se transformara en uno global por el impacto que tuvo en el precio del petróleo.
La política comercial del gobierno de Estados Unidos no es una ocurrencia del presidente Donald Trump, sino el resumen dialéctico del cambio en la economía mundial. A este hombre sólo puede señalársele por haberlo hecho con modos abruptos, pero la situación del comercio mundial había llegado a un punto de quiebre.
Entender que el libre comercio no fue la solución definitiva permite tener mejores herramientas para entender el cambio global. La consideración de precio y de oportunidad en la entrega, que en su momento se conoció como just in time, dejó de ser el factor fundamental y ahora hay consideraciones diferentes que deben ser puestas en la balanza.
La necesidad de disminuir la dependencia de otras naciones, ya sea por cuestiones fortuitas, como pueden ser una pandemia o alguna catástrofe natural, o consideraciones de tipo político. Hoy es preferible tener cercanía política y regional que la capacidad de producción en términos de costo.
Recuperar la producción de vehículos para Estados Unidos podría parecer un capricho populista del presidente de la Unión Americana; sin embargo, en el fondo, tiene una implicación mucho más profunda.
Se trata de evitar la dependencia de países asiáticos que estarían en una mejor posición para generar presiones hacia Estados Unidos. Lo mismo sucede en otros sectores, como el de la industria médica o de tecnología.
Creer que se trata de una posición radical de un presidente populista es no comprender el trasfondo real de lo que está sucediendo en todo el mundo. Hacerlo, también impide tomar buenas decisiones, tanto de negocios como de política internacional.
Hoy es preferible ser amigo y aliado que ofrecer bienes y servicios sólo en mejores condiciones de precio/oportunidad.
Afortunadamente, el gobierno de la presidenta Claudia Sheinbaum ha entendido que, para mantener privilegios comerciales, son necesarias varias condiciones: consolidar una región de comercio en la que las partes se sientan cómodas y confiadas.
Los intereses se vuelven no sólo económicos, sino geopolíticos. Ya no son los tiempos en los que se creía que el comercio podía manejarse por un lado y los demás puntos de la relación estaban aislados. Para ser amigos hay que demostrarlo.
