Érase una vez

Kimberly Armengol

Kimberly Armengol

Rompe cabezas

Érase una vez un país que se autodenominaba el país de la libertad, el país de los derechos y el país de la democracia. Una nación que construyó su mito fundacional sobre la idea de que la ley protegía al ciudadano del poder. Un Estado que, convencido de su excepcionalísima moral, lo colocaba con la autoridad de señalar y sancionar a otros. Como toda historia, hoy ese relato se desmorona entre el miedo, la fuerza, la represión y una narrativa política interna que normaliza la violencia.

En Mineápolis, una ciudad que, por décadas, mantiene su estatus de santuario, Alex Pretti, ciudadano estadunidense y enfermero de cuidados intensivos de 37 años, murió brutalmente durante un operativo federal. ¡Un ciudadano estadunidense que muere en una operación migratoria! Pero Pretti no es un caso aislado. Semanas antes, Renée Nicole Good, también de 37 años y madre de tres hijos, falleció al recibir disparos de un agente de ICE en otra intervención federal.

El caso de Alex Pretti quedo registrado en video. Mientras Washington vendía una narrativa que justificaba el uso de la fuerza y presentaba a la víctima como una amenaza al orden público, las imágenes evidencian una detención desordenada, gas pimienta, forcejeos y, finalmente, el disparo cuando Pretti ya estaba sometido. Por supuesto, no existía tal amenaza pública.

 

¿UN MEA CULPA?

Cualquier gobierno con la mínima autocrítica y conocimientos en gestión de crisis saldría a dar explicaciones, buscar culpables y ejercer castigos ejemplares. No fue el caso. No hubo reconocimiento inmediato de errores ni rendición de cuentas, sólo estigmatización. La secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, calificó a las víctimas y a los manifestantes como “terroristas”, sin ningún matiz entre protestas civiles y amenazas extremistas. La más burda deshumanización de las víctimas. Para sorpresa de nadie, Donald Trump respaldó plenamente esa postura. Defendió a sus funcionarios, celebró la dureza de los operativos y aseguró que su política migratoria será reconocida por los siglos de los siglos. Según él, el orden justifica el costo humano y la historia lo absolverá (tremenda paradoja).

Afortunadamente, la tragedia detonó una respuesta política inusual. Expresidentes como Barack Obama, Joe Biden y Bill Clinton llamaron a la sociedad a pronunciarse y exigen una investigación a fondo sobre la muerte de Pretti. Senadores demócratas amenazan con un nuevo cierre del gobierno si no se retira el financiamiento a ICE, y legisladores republicanos influyentes exigen investigaciones transparentes sobre lo sucedido.

Pero la incomodidad también está dentro de la base republicana. Uno de cada cinco votantes que apoyaron a Trump en 2024 considera que la política migratoria es demasiado agresiva. Aunque la mayoría aún respalda estas acciones, ya hay una grieta. Los votantes que definen las elecciones no quieren elementos federales militarizando sus calles como cualquier república bananera.

Las cifras no mienten sobre la polarización que se vive en Estados Unidos. De acuerdo con Reuters, 53% de la población desaprueba el manejo de la migración por parte de la administración de Trump. El New York Times asegura que 56% de la población lo desaprueba. CNN asegura que 58% de los estadunidenses considera su primer año del segundo mandato como un fracaso rotundo. Claramente, él tiene otros datos.

Estados Unidos enfrenta hoy una crisis interna y una polarización que trascienden la migración o las posturas ideológicas. Es una crisis de legitimidad de un Estado que llama terroristas a sus ciudadanos y criminaliza la protesta. Érase una vez en el país de la libertad…